Noches blancas

“Les van a tocar noches blancas”, había dicho Sophie, la esposa de Jakob. Y lo dijo con una sonrisa radiante, como si fuera lo más bonito del viaje que nos habían regalado.
Noches blancas.
Noches blancas.

Hace años que no dormía con Jakob en una habitación. Es algo tan familiar estar acostado aquí con él y, al mismo tiempo, me resulta imposible conciliar el sueño. A él, no. Está profundamente dormido en la cama debajo de mí. El tren va traqueteando mientras atravesamos un vacío paisaje polaco. La última luz alumbra los amplios campos y granjas, que rara vez se agrupan en un pueblo. Ya son casi las 11 de la noche. Tomo despacio la cerveza que me vendió el revisor.

“Les van a tocar noches blancas”, había dicho Sophie, la esposa de Jakob. Y lo dijo con una sonrisa radiante, como si fuera lo más bonito del viaje que nos habían regalado. Jakob y yo celebramos juntos nuestro cumpleaños número 40 en Berlín, y ahí estábamos, sosteniendo el vale hecho a mano: por un viaje en velero de Gdynia a San Petersburgo. Jakob se veía sorprendido y apenado, supongo que yo también.

Ahora está acostado debajo de mí en este coche-cama, con una expresión relajada. Tiene las manos cruzadas sobre el pecho. Su cara es chata sin ser burda y trae el cabello muy corto, como en realidad desde hace 20 años. En algunas partes resalta un brillo gris, como en el mío.

Conozco a Jakob desde hace media vida. Empezamos a estudiar juntos en 1990, en septiembre. Algunos meses antes Jakob había logrado salir del Ejército Popular Nacional cuando éste se estaba disolviendo, y es de suponerse que yo nunca habría obtenido un lugar para estudiar Medicina si la RDA no hubiera dejado de existir. Tres años había yo trabajado como enfermero auxiliar en el hospital psiquiátrico de mi ciudad natal, Nuevo Brandeburgo, creyendo que quería ser médico.

En ese entonces, en septiembre de 1990, entré en el cuarto del albergue para estudiantes en Berlín-Lichtenberg, y Jakob estaba sentado en su mesa, hojeando un atlas de anatomía. Llevaba puesta una camisa beige y me miró sin expectativa alguna. Como alguien a cuya oficina acaba uno de entrar. Después se levantó y me saludó con gran amabilidad.

La habitación era un chorizo largo. Frente a la ventana estaban juntas dos mesas con sus sillas, y tenía vista a un prado y, más allá, al siguiente bloque de concreto del albergue para estudiantes. Cuarto 32, bloque B. Frente a la puerta había un lavabo y junto a nuestras mesas se apretujaba una litera contra la pared. Él abajo, yo arriba. Un año entero, igual que ahora, en este tren.

Me resulta fácil encontrar de nuevo la cara del veinteañero. Entonces no usaba lentes, igual que ahora que duerme; sus orejas están ligeramente despegadas de su cabeza y ahora sus cejas están tan pobladas que se las tiene que cortar.

Cuando despierto, la cama debajo de mí está vacía. El tren está parado en Gdańsk, y es una mañana clara. Me despertó un anuncio chirriante e ininteligible en la estación. Jakob está parado afuera en el pasillo, fumando y mirando por la ventana.

—Buenos días, viejo —dice, y yo lo saludo con la cabeza y me paro junto a él. El tren pasa frente a casas grises en dirección a Gdynia y metemos nuestras cosas en los sacos de marinero verdes que nos regaló Sophie en nuestro cumpleaños, hace algunas semanas.

Caminamos juntos en dirección al puerto. Jakob le preguntó por el camino a un polaco en la estación, y ahora caminamos sobre las burdas placas de las banquetas grises y cruzamos calles cuyo pavimento me parece más agrietado que el que había en la RDA hace 20 años. Guardamos silencio. Eso siempre nos salió bien. A Jakob y a mí.

En el puerto reina un ambiente de fiesta popular y los mástiles sin velas de los veleros se balancean ligeramente. Avanzamos poco a poco a empellones entre la multitud. Jakob descubre el Boltenhagen. Un angosto casco negro, cruzado por los redondos agujeros de los ojos de buey. Al lado están amarrados otros barcos, y reconozco a otros viajeros del tren que, como Jakob y yo, suben al Boltenhagen. Pasamos por el pequeño puente levadizo, abrimos el cordón del que cuelga un letrero con la inscripción Crew only. En el malecón hay dos rascacielos, grises y con picos que se ven chuecos, como si los hubiera diseñado un niño. Un póster ofrece departamentos en venta. Los barcos de enfrente parecen un plató fílmico.

Un hombre con una playera azul claro, en la que se lee Crew, viene hacia nosotros. Es pequeño y calvo, y quizá diez años mayor que nosotros.

—Qué tal, soy Bernd —dice con un fuerte acento bávaro y después nos conduce bajo cubierta. En la parte de atrás hay una especie de comedor con varias mesas. Todo está revestido de madera; las bancas están forradas de piel artificial, y en las paredes cuelgan cuadros de barcos y diplomas, como en el local de una asociación. Seguimos a Bernd a través de un pasaje angosto en cuyas paredes están colgadas ropas impermeables, y debajo de éstas, botas de goma. Por lo menos 30 pares. Después viene un pasillo más ancho, del que salen los camarotes. Bernd se adelanta y nos enseña los baños, las regaderas y después dice:

—Escojan una cama, aquéllas en las que no hay cosas encima están libres —y nos deja ahí parados.

Jakob y yo entramos a cada uno de los pequeños camarotes, todos equipados con cuatro literas y un armario que más bien parece una estantería.

—¿Aquí? —pregunta Jakob cuando estamos en el camarote 8, en el que todavía hay tres camas libres. Yo me encojo de hombros y asiento.

—Todos son iguales —respondo y echo mi saco de marinero en la cama de arriba, frente al ojo de buey. “Les van a tocar noches blancas”, escucho decir a Sophie. Me acuesto en la cama y me alegro cuando Jakob dice:

—Voy a echar un vistazo.

Miro a través de ese recorte circular hacia la nada de una luz difusa. Voces apagadas llegan hasta mí desde la cubierta. El barco casi no se balancea y yo ni siquiera sé si sufro de mareos. Nunca había deseado un viaje así. Atravesar el mar navegando yo mismo. Tampoco sabía que Jakob hubiera soñado con un viaje así. Arriba estará ahora presentándose con los otros viajeros, con la tripulación de profesionales y principiantes; les dará la mano y les contará de dónde venimos, quiénes somos. Será el centro de atención cuando yo suba más tarde y lo busque, el centro de atención de algún grupo.

Alguien entra al pequeño camarote. Yo finjo estar dormido y escucho cómo ordenan cosas en uno de los compartimentos de la estantería, de madera oscura y vieja. En la pared hay un gancho para cada uno de los turistas marineros. En realidad, me gusta que todo se reduzca a lo básico, que sea sencillo, concentrado. Pero esto más bien me da miedo. Es sofocante aquí abajo, y huele a toallas húmedas y a sudor.

En los últimos años he visto con menos frecuencia a Jakob. Compré con mi esposa una casa en la Bahía de Rummelsburg, un brazo del Spree tan grande como un lago. Un inversionista construyó casas de cuatro pisos de planta cuadrada aquí, en la tierra de nadie, entre la ex prisión, las ruinas industriales y el barrio de Friedrichshain. Surgió un barrio residencial sin estructura alguna: no hay tiendas, escuelas, ningún cine, pero, a cambio de eso, estamos a cinco minutos en bicicleta de la estación de trenes de Ostkreuz y a diez minutos de cualquiera de los bares alrededor del parque de Boxhagen.

—Un suburbio casi en pleno Centro —había dicho Jakob una vez.

A mí la estructura de la casa me da sustento. Una cocina-comedor en la planta baja, en el primer piso las dos niñas tienen sus recámaras, después vienen el baño y nuestra recámara, y hasta arriba, debajo de la azotea, tengo mi estudio. En las mañanas, una vez que todas salieron de la casa, yo subo allá y lentamente la tranquilidad se extiende dentro de mí, y puedo empezar a trabajar.

Pasé todos los años noventa con Jakob. Él también es de Mecklemburgo, y a veces me pregunté si esa patria en común, esas dos ciudades, Nuevo Brandeburgo y Anklam, a pocos kilómetros de distancia una de la otra, promovieron nuestra amistad. En realidad no nos elegimos mutuamente, sino algún empleado de la administración de la universidad, que hizo un plan para repartir las habitaciones en el albergue para estudiantes en Berlín-Lichtenberg.

Los dos nos equivocamos de carrera. Yo seguía las huellas de mis padres, quienes trabajaban como otorrinolaringólogos en Nuevo Brandeburgo, y Jakob trataba de cumplir el sueño de su madre. Ella era enfermera en Anklam y su padre, electricista. Querían que su hijo fuera médico. La sala de disección y los cadáveres que teníamos que cortar en el curso de Anatomía no eran lo peor. Aunque todavía hoy veo cómo uno de los compañeros de estudio le pone a “nuestra” muerta, una mujer gorda de edad indefinible, los pezones cortados sobre los ojos cerrados y todos los que están alrededor de la mesa de disección se ríen. Todavía no tengo ninguna emoción relacionada con esa imagen.