Humanidad en fuga

'Camino a Fort Collins' es una puesta en escena que contiene la nostalgia de una época inundada de piezas del cancionero estadunidense.
La obra dirigida por Martín Zapata se presenta de jueves a domingo en el Teatro Santa Catarina.
La obra dirigida por Martín Zapata se presenta de jueves a domingo en el Teatro Santa Catarina.

Ciudad de México

Una sacudida de altas dimensiones impactaría al universo si el acto sexual trocara su devenir. Los personajes de Camino a Fort Collins son poseedores quizá de esa cualidad, sin  prescindir del enamoramiento. La joven y hermosa Zoe y el hosco David se comunican a nivel sobrenatural. Su predestinado encuentro tiene un objetivo cuyos signos se abrirán paulatinamente frente a un espectador que encontrará el motivo de un comportamiento poco habitual.

La obra de Martín Zapata se nutre del mito griego y la ciencia ficción para plantear la historia de dos personajes que padecen una gran pérdida y comparten un súper objetivo. Propone una simultaneidad de tiempos que mezclan un futuro ubicado en el pasado en torno a dos personajes que se conocen en la década de 1950 en Colorado, poseedores de una inteligencia artificial fuertemente asida a la esencia humana.

El depurado diseño escenográfico y de iluminación de Alejandro Luna provee el ámbito idóneo para esta obra en la que se combinan metal y madera, como al interior de los personajes, que se abre a pausas, como pétalos de un capullo electrónico. Luna le otorga un lugar central a una corpulenta consola cuya radio transmite música e interferencias, avisos, alertas de sucesos que revelan hechos fuera de lo común, canciones evocadoras de un romanticismo que se fractura al choque de la azucarera contra la superficie de la mesa, del cenicero, de cada utensilio puesto sobre la brillante aleación que conforma parte del mobiliario, en una cafetería que acopla modernidad y herencia.

El espacio contiene a los personajes, los revela, como el instante en que una breve apertura rectangular en la parte alta deja ver al espectador la parte inferior de la habitación de David, de su buró, de la cama y de sus pasos firmes rumbo a su última botella de brandy.

El  montaje es un universo de acercamientos al misterio de lo que ocultan los personajes hasta antes de exponerse ante el otro. Es una sucesión de acciones pormenorizadas que agigantan la caricia de sus manos, como si éstas hicieran el amor: la reacción casi eléctrica a partir del acto sexual o de un beso. Es el baile seductor de Zoe bajo una luz que la baña al ritmo de su cadera, guía del hechizo que se prolonga más allá del serpenteo de su vestido verde.

Diana Sedano elabora un complejo personaje que camina ligero bajo la densa carga de lo que ya no tiene y de lo que debe conseguir. Genera una capacidad androide y felina que lleva a su personaje a estar presente y ausentarse, a mirar de frente todos los planos, a ver lo que otros no pueden y a fugarse, sin dar un paso, hacia otra capa de una dimensión lejana.

Por su parte, Manuel Domínguez desarrolla un personaje sin fisuras que mantiene ocultas sus facultades, que emite señales hasta transformarse en alguien más allá de lo mostrado hasta constatar la veracidad de su hallazgo.

Camino a Fort Collins es una propuesta que retoma la utopía desde la oportunidad lúdica de lo fantástico, reveladora de ese anhelo por cumplir una misión urgente, por escuchar un sí a lo que se intuye, por coincidir sin rodeos.

La evolución de Zapata como dramaturgo es patente en esta obra de género difícil de verificar en la escena, que en su montaje pondera también el detalle, la sincronía, el diálogo abierto, la palabra directa, la aceptación de lo que se siente y su dicho.

El fundamental diseño sonoro de Joaquín López Chas, el buen diseño y la realización de vestido de Sophie Masson, el entrenamiento corporal de Rodrigo Anotia y el equipo completo dan cuerpo al complejo reto que se planteó Zapata.

Camino a Fort Collins contiene toda la nostalgia por una época inundada de piezas del cancionero estadunidense, la década en que Truman ordenó la caída de Little Boy sobre Hiroshima. Sus personajes, francos y directos, templados a sorbos de brandy, revelan una humanidad que nos ha evadido.