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Los días de la Constitución

Mañana conmemoramos 100 años de la Carta que sanciona la vida económica, social, cultural y política de México

El 29 de enero de 1917, el Congreso Constituyente sesionó a oscuras en el Teatro Iturbide de Querétaro. El esplendor del recinto, del que hablaba Guillermo Prieto en sus Viajes de orden suprema (“Las plateas y los palcos son elegantes. El cielo del teatro, coronado por la linternilla que llena el candil, es muy hermoso”), se desvaneció entre las tinieblas.

En la madrugada se encendieron dos candelabros de cinco velas de parafina, que iluminaron la mesa del presidente de la Cámara. La discusión legislativa, que duró cerca de doce horas envuelta en un hálito misterioso, adquirió tintes fúnebres.

Ironía de la historia: el recinto que en 1901 se convirtió en el primer edificio del Centro Histórico de Querétaro iluminado con energía eléctrica —producida por compañías extranjeras—, se quedó a ciegas. En el salón de sesiones, mientras tanto, los constituyentes aprobaban por unanimidad el artículo 27, el cual decretaba que “la propiedad de las tierras y aguas comprendidas dentro de los límites del territorio nacional corresponde originariamente a la Nación”.

Tras 66 reuniones ordinarias, además de la sesión permanente en curso, los diputados avanzaban a tientas, hacia la promulgación de una nueva ley.

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El sosiego de la ciudad de Querétaro, por la que transitaban los estudiantes y las “mozas asustadizas”, se trastocó con la instalación del Congreso Constituyente. Los parques, flanqueados por árboles de fresno de copas frondosas, antes sitios tranquilos que invitaban al paseo circular, íntimo, se convirtieron en punto de reunión. Corrían los últimos días de enero de 1917. Y los constituyentes habían tomado la ciudad dos meses atrás. Juan de Dios Bojórquez León, diputado por el distrito de Sonora y quien firmaba sus textos con el anagrama Djed Bórquez, escribió al respecto en su Crónica del Constituyente (1938):

El tráfico, triplicado, y los habitantes, duplicados. Ya no cabían los fuereños en los pocos hoteles. Se alquilaban cuartos en todas las casas particulares. El comercio estaba en auge y los camoteros hacían su agosto.

Venustiano Carranza, “Primer Jefe”, había convocado —el 14 de septiembre de 1916— a la redacción de una nueva Constitución. Y estableció, en el decreto, una fecha límite: 31 de enero de 1917. “El Varón de Cuatro Ciénegas” eligió la ciudad de Querétaro por ser un sitio histórico “para las gestas nacionales” y porque —como explica el historiador Javier Garciadiego— “estaba bien comunicada y los precios de hospedaje y alimentación eran menores que los de la ciudad de México, lo mismo que sus sitios de distracción, tanto nocturna como diurna”. Bórquez corre la cortina y devela detalles de los ingresos de los asambleístas:

El compañero Antonio Madrazo se encarga de pagarnos a razón de quince pesos diarios, ¡pero en oro nuevo, inesperado y deslumbrante! Pero éramos muy jóvenes y había mucho en qué gastar. A los tres o cuatro días me quedaba sin un centavo, de la “decena”. Tenía pagado el alojamiento, pero no guardaba para las comidas. Todo podía arreglarse. […] Eran épocas en que se gastaba cuanto se tenía. ¿Quién iba a guardarlo? Dilapidábamos nuestra juventud y con ella hasta el último centavo.

En el Congreso, integrado por hombres de entre 25 y 49 años, había 62 abogados, 18 profesores, 16 médicos, 16 ingenieros, 22 militares, 5 líderes sindicales, 4 mineros y 3 ferrocarrileros. No tenían —la mayoría— experiencia legislativa. Era un grupo de hombres con aire marcial, ataviados en traje y corbata, algunos con bigotes oscuros, abundantes y retorcidos en las puntas que —es posible— se encrespaban con el dedo índice y pulgar.

Integrado por un diputado por cada 60 mil habitantes, el Congreso representaba a todas las regiones del país (excepto Campeche y Quintana Roo) y, por la diversidad de sus orígenes, se abría entre ellos una brecha ideológica: coincidían los partidarios del magonismo con ex reyistas y algunos maderistas. De ahí sus profundas diferencias.

De aquella comida de campo en la Cañada, que reunió a los asambleístas e inauguró los trabajos del Constituyente, en la que comieron carnitas y “se libó pulque”, solo quedaba el recuerdo. Bórquez confiesa:

Para ganar tiempo, durante las últimas sesiones no se leían los dictámenes. La Asamblea era informada solo de los puntos resolutivos. […] De otra manera no hubiera sido posible acabar nuestro trabajo; se nos hubiera echado encima el 31 de enero sin esperanzas de terminar.

El 30 de enero de 1917, a las 3:30 de la tarde, se hizo un receso. Cuando la sesión se reabrió no había quórum. A Emiliano P. Nafarrete y Jorge Von Versen se les asignó la tarea de corretear a los dispersos, de interrumpir las conversaciones de los más parlanchines y llevarlos de vuelta al salón de sesiones. Urgía despachar los asuntos pendientes. “¡A votar! ¡A votar!”, apremiaba uno de los asambleístas.

Y las horas, a los constituyentes, se les escurrían como agua entre las manos.

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El 15 de septiembre de 1915, Virginia Fábregas actuó en el mismo teatro que, menos de un año y medio después, sería habilitado como recinto parlamentario: el Teatro Iturbide. Para ello, en la remodelación se instaló una tribuna de madera, con dos escaleras a los lados que, para Djed Bórquez, estaba “hecha a la carrera”:

La tribuna era de ocote corriente y su pintura era más corriente aún. El estrado de la presidencia se formaba con tablas usadas y los sillones se llevaron de la Cámara de Diputados de la capital. Algunas de las sillas de los secretarios también fueron traídas de la ciudad.

En las sesiones previas, efectuadas entre el 27 y el 30 de noviembre de 1916, el barniz de la madera todavía estaba fresco, al grado que algunos legisladores quedaron con las manos embadurnadas después de hablar en tribuna.

Detrás del estrado se apreciaban dos murales: en el primero sobresalía el Zócalo de la ciudad de México; en el segundo, pintado “en hoscas letras rojas”, figuraban los nombres de los constituyentes de 1857.

Bórquez también se lamentaba de lo poco cómoda que era la sede legislativa, en la que las curules eran sillas apretujadas, en las que apenas “cabían sus cuerpos”. Y afirma, no sin un dejo de malicia: “Algunas se rompieron, humilladas bajo los pesos completos de Juan Aguirre Escobar o José J. Reynoso”.

El teatro, al que durante la intervención francesa le fue retirado el techo de plomo, “debido a una necesidad bélica (el abasto de municiones)”, era ahora el escenario de una guerra fría, un choque de visiones, una conflagración apretujada. Los debates que se llevaban a cabo, debido a su naturaleza escénica, tenían un aura involuntariamente histriónica. El público en los palcos, que también atiborraba los pasillos, intervenía en la discusión legislativa con aplausos o siseos, con los que trataba de inclinar la votación a favor o en contra. Era la vox populi personificada. Estudiantes, profesionistas, campesinos y obreros de las fábricas de hilados y tejidos se involucraban en las discusiones, atentos sobre todo a los temas agrarios y laborales.

Los diputados denominados radicales, izquierdistas o “jacobinos”, como algunos de ellos pedían que los llamaran, acusaban a los contrarios, los derechistas, liberales o “ex renovadores” (que incluía al “apostolado”: los hombres cercanos a Carranza), de corregir las versiones de sus discursos. La parcialidad del jefe de los taquígrafos, Joaquín Z. Valadez, cuya labor nutría el Diario de los Debates, publicado en dos tomos que conforman alrededor de 2 mil 365 páginas, se ponía en entredicho.

El jueves 25 de enero, el poeta Marcelino Dávalos, diputado por el II Distrito de Guadalajara, a nombre de la Comisión de Estilo, informó a los Constituyentes: “Por regla general, ninguna corrección deja de tener importancia, aun las que nos imaginábamos más pequeñas; una coma, un punto, una conjunción. […] Artículo segundo, decía: ‘Está prohibida la esclavitud en los Estados Unidos Mexicanos; los esclavos de otros países’, etc.; no siendo esclavos de otros países sino tratándose de personas que hayan tenido esa condición, encontramos mejor poner: ‘Está prohibida la esclavitud en los Estados Unidos Mexicanos y los extranjeros que entren al territorio nacional’… ”.

Si bien había resquicios para el sentido del humor, otros temas delicados, como los límites territoriales de las entidades, provocaban que los legisladores sacaran a “relucir sus pistolas”. El asambleísta José María Truchuelo, a la postre gobernador del estado, exigió que se devolviesen a Querétaro los municipios guanajuatenses de San José Iturbide y San Luis de la Paz, que durante el Virreinato pertenecieron al Corregimiento de Letras de Querétaro. La discusión fue álgida, pero en esa ocasión no pasó a mayores.

En otro momento, Crisóforo Rivera Cabrera y José F. Gómez propusieron que se constituyera el estado del Istmo de Tehuantepec, lo cual, como señala el cronista Andrés Garrido del Toral, “significaba mutilar Oaxaca”. En esta ocasión, los ánimos se caldearon.

El voto femenino fue otra cuestión que encendió los ánimos en tribuna. Palavicini, tras la lectura de los dictámenes sobre los artículos 34 y 35, pidió a la comisión que aclarara si, de acuerdo a la redacción, las mujeres tenían derecho al voto. Alertó sobre una ambigüedad: “El dictamen dice que tienen votos todos los ciudadanos; está el nombre genérico, esta misma redacción tenía la adición que existe en la Constitución del 57 y que se conserva hoy, y yo deseo que aclare la comisión en qué condiciones quedan las mujeres y si no estamos en peligro de que se organicen para votar y ser votadas”.

El diputado Luis G. Monzón respondió evasivo, como consta en el Diario de los Debates. Las modificaciones al artículo 35, fracción primera, tuvieron cinco votos en contra. “Y [Palavicini] tenía razón, porque justo de esto se valió Hermila Galindo para postularse como candidata a diputada en 1918, y a pesar de que se dijo que había obtenido la mayoría de los votos, el Colegio Electoral no se lo reconoció”, escribió Enriqueta Tuñón Pablos, en su ensayo “El Estado mexicano y el sufragio femenino”, publicado en 2002 en la revista académica Dimensión antropológica del INAH.

Djed Bórquez se justifica diciendo que, al aprobar el artículo 35, “muchos pensamos que sería conveniente dejar la puerta abierta a las mujeres para cuando se organizaran y exigiesen su derecho al voto”. No obstante, la puerta permanecería cerrada durante 38 años más. Los diarios de la época no le dieron mayor importancia al asunto.

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31 de enero de 1917. Las banderas tricolores, empujadas por el aire frío de la mañana, ondeaban en lo alto de los edificios de las calles principales del centro de Querétaro, como Madero, Juárez y 5 de Mayo. Adornos de filigrana y papel de china colgaban de los techos, serpenteando entre las columnas.

En la portada de El Universal de ese día, se leía: “Hoy a las 11 A.M. Se firmará Solemnemente la Constitución”. Las buenas noticias convivían, en las páginas de los diarios, con desgracias en minúsculas: El Nacional informaba sobre la muerte de un hombre, atropellado por un tranvía en Puente de Alvarado. La nota detallaba que el motorista imprimió velocidad y, en consecuencia, arrolló a un transeúnte, quien se estrelló contra “las baldosas de las banquetas cercanas”. Una columna de texto separaba la referida nota del aviso de la Compañía de Tranvías de México, S.A., que solicitaba “Choferes, Inspectores y Motoristas que sean mecánicos”. Ironía involuntaria, quizá.

Eso ocurría en la capital mientras Querétaro era una fiesta. Uno a uno, los diputados, en orden alfabético por estado, estampaban sus firmas en la nueva Constitución con la famosa pluma carrancista que signó el Plan de Guadalupe aunque, desafortunadamente, la pluma se quedó sin tinta cuando pasó al estrado Gaspar Bolaños: “entonces el resto de los diputados constituyentes firmaron con la pluma del propio Bolaños”.

Los constituyentes se llevaron vasos, tintero, botellas para el agua, platillos y la campanilla como recuerdo de aquellos días.

Venustiano Carranza llegó al recinto a las 6 de la tarde, acompañado de sus familiares y fue recibido en el pódium, en donde el presidente del Congreso, Luis Manuel Rojas, le entregó el ejemplar original —firmado— de la Constitución.

La Asamblea Constituyente, incluido el público, se puso de pie para tomar protesta al “Encargado del Ejecutivo”, quien la firmaría hasta el 5 de febrero. Ese día, en desfile multitudinario, tras el toque de las bandas de guerra y la entonación del himno nacional, se leería en voz alta el texto íntegro. Y un cartel con la nueva Constitución, que se había editado en la imprenta del gobierno, se estamparía en los muros de la ciudad.

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El jueves 1 de febrero de 1917, El Universal cabeceó así su nota de portada: “En la C. De Querétaro se Dio Glorioso Término a la Obra Revolucionaria”. Y el balazo agregaba: “Ayer se firmó y Protestó Solemnemente la Constitución de 1917”. El país se regodeaba.

Ese mismo día, el Cine Royal, ubicado en la colonia Roma, estrenó la película silente Mi vida por la tuya. Y anunciaba su proyección en “7 partes, por la eminente trágica María Carmí. Pasará a las 6 y 8:30”. En el “Aviso Oportuno”, página 8, en la sección de empleos, una persona publicaba: “Se hacen toda clase de escritos en máquina. Av. Niños Héroes. 43–20”.

En la nota principal, el tercer párrafo, consigna lo siguiente: “Desgraciadamente, el alumbrado público no dio a la última sesión el lucimiento que era de esperarse, antes de la clausura del Constituyente, debido a los desperfectos que han sufrido las bombas de las plantas de energía eléctrica”.

Se infiere que la noche anterior, a pesar del júbilo, la oscuridad se adueñó de las calles.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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