La conquista de los sones

Vibraciones
La voz de Adelaida Isabel Coronel, del ensamble Tembembe, existe en y para el mundo de los sones
La voz de Adelaida Isabel Coronel, del ensamble Tembembe, existe en y para el mundo de los sones (Especial)

—Tixtla, Guerrero, es mi tierra. Tierra vibrante de son y de mezcal.

Adelaida Isabel Coronel, del ensamble Tembembe, fue la única cantante mexicana en el Festival de Música de Cartagena 2016. Su voz —timbre agudo, estilo intenso, expresión traviesa— existe en y para el mundo de los sones: picante y astuto, abierto hacia el baile, la tragedia, el desamor y la improvisación.

—Fui la única intérprete en todo el festival que no sabe leer una partitura.

Hace ocho años, Jordi Savall estaba en Guanajuato con motivo de un concierto sobre la agonía medieval. Durante un desayuno en su hotel, escuchó a un grupo popular ensayar una sorprendente variación a un villancico anónimo, de finales del siglo XVI, que formaba parte del repertorio que él estaba preparando con Hespérion XXI, su agrupación especializada en música antigua.

—Jordi Savall volteó mi mundo de cabeza. Todo aquello que creía contrario, antagónico, a mi formación, a mi canto, resultó ser la misma cosa exacta, solo que presentada bajo una apariencia nueva.

En España, Jordi Savall revolvió bibliotecas y recorrió archivos de conservatorio y de musicólogos. Extrajo las más viejas folías —fórmulas melódicas simples utilizadas para componer canciones y danzas que requerían palmas y zapateado en posible relación con bailes primitivos alusivos a la fertilidad— que pudo encontrar, escritas a finales del siglo XV y principios del XVI: el exacto momento histórico en que la música —guiada por los madrigales del príncipe asesino Carlo Gesualdo de Venosa— comenzó a deshacerse de sus colores renacentistas —regidos por orden, serenidad y pureza— para adquirir apasionados, sanguíneos y angustiantes tintes barrocos.

En México, Adelaida creció cantando sones en una tarima. Debía cantar y patalear. Cantar y agitar sonajas. Cantar y extender con su cuerpo el significado de las palabras. Cantar convencida de que la actuación es parte inherente de la música. Y en ese mundo teatral, de movimiento y pantomima, su voz debía ser la protagonista. Un protagonismo expresivo, no técnico; de exigencias sensuales, nunca académicas. Su canto creció libre e incierto. Una incertidumbre llena de jocosidad y atrevimiento.

Al no cantar leyendo notas, la voz de Adelaida responde a sus cambiantes humores (a veces honda, a veces áspera, a veces más perfumada); por lo tanto, la misma pieza suena distinta de una noche a otra. Y esa naturaleza impredecible, en el son —género abierto hacia la improvisación— es una exigencia. La idea está ahí, por ejemplo: un hombre en altamar le pregunta al viento “¿qué es el enamoramiento?” y cada cantante toma esa pregunta, la repite una y otra vez, imprimiendo sutiles variaciones expresivas y luego debe inventar, sobre la marcha, un verso nuevo. Así que si se trata de un cantante con el corazón caliente, hará que el viento le responda con pasión encendida, algo como: “¿qué es el enamoramiento? Y me dijo al resoplar: cuando te quema el aliento y también el respirar”.

—Nunca he leído impreso un son. Ni la letra ni la música. Los aprendí porque mi abuela los cantaba, porque mis tías los cantaban, y ellas, a su vez, los aprendieron porque se los escucharon cantar a sus abuelas y a sus tías.

Y así, rodando hacia atrás en el tiempo, a través de la ascendencia de Adelaida, a través de las generaciones que han poblado América Latina, el origen de estas canciones se remonta al descubrimiento del Nuevo Mundo. Y la música permite imaginar una historia distinta: algunos conquistadores cantaban. Estaban aterrados y cantar los consolaba. Contra el terror a un mundo desconocido y a una barbarie de la que —casi sin quererlo— formaban parte, acudían a melodías de su infancia. Y los sometidos escuchaban el miedo y la nostalgia de esos españoles que cantaban un canto suave y nocturno, de expresión muy triste, que les permitía identificar en los conquistadores formas humanas. Y tras muchas noches de escuchar la misma canción triste de un religioso, marinero o soldado barbado, una joven guaraní adoptó la misma melodía para cantar sus propias cuitas.

—Me fascina imaginar cómo es que, a través de la música, muchos pueblos masacrados supieron que sus conquistadores no eran diablos, que en sus voces pudieron identificar sentimientos comunes. ¡El canto pudo haber sido el primer paso para que fuera posible el mestizaje!