Julia Pastrana o el mito del salvaje

Merde!
La belleza
La belleza

La reportera cultural Silvia Isabel Gámez te destapó del olvido al despuntar el siglo XX, cuando desde el XIX fuiste prejuicio: una mujer, especie de eslabón perdido entre el simio y el hombre. Anduviste en los teatros cantando ópera y bailando valses por toda Europa: fuiste más espectáculo para incivilizados por tu pelaje sobre una piel de hembra extraña, esclava del morbo.

Ser rara te convirtió en monstruo. Naciste y creciste leyenda, Julia Pastrana: indígena cáhita de Sinaloa que tus familiares vendieron a un circo. Ahí empezó tu periplo racista en un mundo donde lo salvaje atrae por su diferencia ante lo “humano”. Eres un filme de Marco Ferreri (La donna scimmia), una obra de teatro; arte contemporáneo de Laura Anderson —que logró traer tu cuerpo embalsamado para enterrarte con honores en tu tierra, en 2013—. Hoy todos queremos reivindicarte.

Dice Roger Bartra que no debimos llevarte al panteón. Que tendríamos que exhibirte en el Museo Nacional de Antropología para vergüenza de machistas y racistas; para que no se repita aquel oprobio a gente como tú, diferente por padecer hipertricosis generalizada, congénita y terminal, que te hacía tener pelambre en todo tu cuerpo. Bartra quiere hacerte “campo de concentración”: una memoria contra esos hombres que viven en la obsesión con la idea de la belleza. Para romper la idea del mito del salvaje, cuando los bárbaros son los que te contemplamos… Ay, Julia: desde que supe de ti te traigo clavada como la espina del lacandón en el pie izquierdo, aquel óleo de Raúl Anguiano.

Fuiste motivo de estudios científicos —viva y muerta—. Nadie descubrió tu ADN, tu origen ni tu familia. Naciste al parecer en 1834 entre los ríos Yaqui y Mocorito, y moriste en Moscú, en 1860. Tu esposo y capataz —explotador—Theodore Lent vivió de ti aun con tu cuerpo momificado junto al hijo que perdiste recién nacido hasta que, loco, Theodore falleció en un hospital de San Petersburgo. Nadie supo si realmente tenías una hermosa voz de mezzosoprano porque lo que te consagró frente a la ignorancia fue tu aspecto físico, no tu arte.

Ahora regresas al teatro, tu casa. David Olguín te escribió La belleza, una metáfora. Mauricio Pimentel te interpreta como si fueras la diosa que fuiste: femenina, tímida, carismática, arrolladoramente mujer de sentidos hipersensibles, como pocos que viven el dolor de ser esa otredad frente a los comunes y corrientes, los iguales, no diferentes como tú. El actor nos hace admirarte, amarte, lamentar contigo tu pesar. Ver el deseo atrapado en tus quijadas producto de otra enfermedad: hiperplasia gingival. ¿Cómo va a existir Dios con ejemplos como tú?

Theodore Lent es Laura Almela, que en la voz lleva el calvario estridente de haber sido el malvado que te hizo pedazos en cada uno de tus pasos, una tragedia moderna. No sé si descansas en paz. Pero entiendo que el arte te reivindica más que estar enterrada en Sinaloa. Que hagan caso a Bartra y tu cuerpo embalsamado quede en un museo donde la gente piense: “ojalá no se repita, ojalá sea la última vez”.