Dirigir o escribir teatro

Merde!
Hay quien cree que cualquiera puede dirigir.
Hay quien cree que cualquiera puede dirigir.

No soy como Ionesco, que prefería entenderse primero con los actores antes que con directores. No. Los dramaturgos no terminan por aceptar el funcionamiento del director teatral. Es así. Y es comprensible. Traicionar un texto es como un cuchillo en las entrañas. El arte no es un juego. Dirigir teatro exige el rigor de la escena, de partirle la madre a los actores para que logren la tragedia, ahí donde las palabras lleven el eco de la verdad, con tono, ritmo, feeling… Para eso se necesita un director de escena, no un texto bien escrito que apenas tiene indicaciones generales. La dramaturgia como final del teatro pasó a la historia. Hoy es el momento de los directores a cargo del teatro total.

Hay quien cree que cualquiera puede dirigir.  Como si fuera sencillo elegir reparto, escoger escenógrafo, buscar la música, dar iluminación a la escena, encontrar la sala de teatro adecuada, seleccionar el vestuario. Sobre todo analizar un texto para que los actores asimilen el “detrás de las palabras”: significado e intenciones. Llenar momentos donde las emociones y razones son dichas como en la vida, eso: dirigir, llegar al estreno de un montaje con las piezas entrelazadas exige un rigor que no puede, bajo ningún aspecto, cubrir un dramaturgo.

Un director sin oído no es un buen director. Un director sin conocimiento de la sicología–y la vida–, menos: sin sustento para trabajar con esas almas locas que son los actores. Lo mismo para el dramaturgo y sus personajes. Un dramaturgo de hoy que no entiende el engranaje de la escena, escribe un texto muerto. Por eso muchos directores prefieren recurrir a los clásicos y adaptarlos. Sí, hay abuso. Sí, muchos son malísimos. Pero no más que textos dramáticos que andan por ahí presumiendo de creatividad posmoderna. La discusión entre dramaturgos y directores no es nueva. Sí, hay buenos dramaturgos, como hay pésimos directores. Eso es algo que el público debe aprender para no errar a la hora de elegir qué obra ver.

Sin estilo no hay director creativo. Sin actores la puesta en escena es un caos. Pero sin texto teatral el resultado es la mediocridad misma. Los clásicos siguen funcionando porque ellos –como Sófocles, como Shakespeare–, dirigían sus obras, corregían sus errores por escrito, lo sometían al montaje. Un dramaturgo dispuesto a la prueba escénica merece mis respetos. Un dramaturgo que se pelea con la escena, pierde sus propias posibilidades. Los directores son necesarios, sí, pero con talento. Igual que un dramaturgo. Igual que un actor. Parece simple pero no todos entienden cuando van al teatro y quieren reír un rato.

El buen teatro está lejos del esparcimiento. El buen teatro reclama conocimiento del espectador. Como aquél que lee por gusto y termina como un gran lector que analiza y critica una buena de una mala obra.

(Escribí esto porque preferí no hacerlo con esa cartelera teatral que despierta cada inicio de año, sin grandes propuestas.)