Claus

Los  paisajes invisibles
(Especial)
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Santa Claus es un símbolo del Planeta Americano igual de poderoso y autoparódico que el Tío Sam, ese vejete con barba de chivo y sombrero de copa decorado con barras y estrellas, que en el legendario póster de la Primera Guerra Mundial exigía que sus espectadores se enrolaran en la U.S. Army con la consigna I Want You. Santa Claus es un emblema de la ficción colectiva como también lo son la imagen de Superman con su overol azul y el calzoncillo rojo, el logotipo de Batman trazado con alas y orejas puntiagudas o la M de la cadena de hamburguesas más populares y nocivas que del Planeta Americano se propagaron a todo el globo. Santa Claus, con su atuendo blanco y rojo que algunos relacionan con los colores de la Coca Cola (otro producto también popular y muy nocivo que se volvió la bebida oficial del Tercer Mundo y en el que, por cierto, México ocupa el primer lugar entre sus consumidores), es lo mismo el icono de la “alegría” cristalizada en obsequios navideños que la representación más agria de la decadencia y la ilusión perdida. Y es que si Santa Claus representó alguna vez a un sacerdote bienhechor, a un santo o un duende de origen nebuloso (las versiones de su estirpe difieren según la región de la que provengan, sea Turquía, Italia o los migrantes holandeses que colonizaron Nueva York), hoy es más la alegoría del perdedor, la insignia del caído.

En los últimos días he escuchado varias historias con Santa Claus como protagonista principal, pero no el personaje mítico sino el que está debajo de él, el individuo dentro de la botarga: desempleados, ebrios, buscavidas, holgazanes. Seres que ya no pueden (o no quieren) levantarse, oportunistas de temporada y hasta truhanes quizá porque, irónicamente, Santa Claus es de antaño el paradigma de la burla o el complejo de culpa como, digamos, ese Claus que encarnó Carlos Monsiváis en Los Caifanes (1967), dirigida por Juan Ibáñez y coescrita con Carlos Fuentes, un Santa de lo más patético y pedestre no por beodo sino por lloricón y al que en el colmo de la ignominia, un taquero le quema las barbas, o el Santa tambaleante por Manhattan con su botella en bolsa de papel (Dan Aykroyd en De mendigo a millonario, dirigida por John Landis en 1983) o tal vez ese individuo violento y patibulario que se echa copa tras copa de bourbon en bares de mala muerte sin siquiera quitarse el traje rojo (Billy Bob Thornton en Bad Santa, realizada en 2003 por Terry Zwigoff, y tan exitosa que creó su propia franquicia).

En los últimos días he escuchado historias con Santa Claus como protagonista principal. Son relatos verdaderos de la Ciudad de México, uno de Madrid, otro de Barcelona, y uno más, de Santiago de Chile, que coinciden en la genealogía de los seres debajo de la botarga. Quizá por eso sigo pensando que como creatura germinal de la publicidad y la cultura del consumo, ese viejo panzón es el gran decadente del Planeta Americano y sus alrededores, o sea, casi el mundo entero.

@IvanRiosGascon