Entre la gracia y la naturaleza

Hombre de celuloide
La bruja está dirigida por Robert Eggers.
La bruja está dirigida por Robert Eggers. (Especial)

Desde los primeros minutos de La bruja, tal vez incluso desde la primera imagen (una niña rubia con cofia en el siglo XVII), se desvanece el prejuicio: lo que estamos por ver no es una película de horror, de esas que gustan por el placer de la adrenalina. De hecho los amantes del terror corren el riesgo de decepcionarse con esta obra que tiene más estilo que sustos. Lo interesante aquí son las imágenes y la actuación. Cuando ambas confluyen la película llega a sus mejores momentos. Desde el inicio el director se cura en salud y anuncia que está por contar “una historia folclórica inglesa–americana”. Es cierto, narrativamente la película es poco más que el cuentito de una familia puritana que se va a las afueras de un bosque habitado por brujas, pero la fotografía tiene una virtud: es consonante con el arte puritano. Los horrores de La bruja no son los del cine de miedo sino los de pintores como Grünewald. No se trata, claro, de decir que esta peliculita tiene el valor de Grünewald. La comparación se limita a la visión de las obras con respecto a lo que es la divinidad: una entidad veleidosa e incognoscible. Salva a quien se le da la gana. Ha sacrificado a su hijo para pagarse a sí misma y más: lo ha hecho pecado para que los pecados mueran con él. Solo un dios de este calado puede condenar a una familia tan fervorosa, porque al interior de La bruja, en efecto, el mal existe. No sucede como en El listón blanco, en que el director ofrece el retrato antropológico de un grupo social que cree en un dios frívolo e insensible para explicar los males que surgen de dicha sociedad. En el bosque de esta América habitan las brujas y hay posesiones. Y si hay brujas y hay posesiones, hay diablo. Y si hay diablo, en alguna parte debe haber dios, pero ¿dónde está Dios en esta película? Durante una secuencia, el niño que ha sido tocado por la magia negra despierta y mira extasiado el rostro de Cristo. Nosotros no lo vemos, pero el niño parece tener un éxtasis místico, un encuentro que solo puede consumirlo. El otro personaje, el que no se encuentra con Dios, es todavía más interesante y es en éste en quien la estética puritana parece más presente. La de Thomasin es una belleza manchada. Es una gran actriz, tanto que consigue introducirnos en este mundo en el que es difícil amar a un Salvador que está tan lejano. Detrás de esta fábula están los intereses de grandes películas o, al menos, los de El árbol de la vida y El Anticristo. En ambas se ofrece al espectador una alegoría de la paradoja que presenta un universo que aparece indudablemente malévolo y un dios que, para serlo, tendría que ser bueno. La dicotomía en ambas películas (aunque de manera distinta) se disuelve con la distinción entre gracia y naturaleza. El discurso de Job en El árbol de la vida y la entrega a la naturaleza humana en El Anticristo son elementos que reaparecen en La bruja, que en efecto habla de unos puritanos incapaces de domar la naturaleza de América porque no pueden ni siquiera domarse a sí mismos.

La bruja (The Witch). Dirección: Robert Eggers. Guión: Robert Eggers. Con Anya Taylor–Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie, Harvey Scrimshaw. Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Brasil, 2015.