Carita mata todo

Toscanadas
Carita mata todo
Carita mata todo

A mediados de Cien años de soledad, Amaranta le dice a Fernanda: “Tú eres de las que confunden el culo con las témporas”. Es lenguaje figurativo, por supuesto, pues quizá nadie haya literalmente caído en tal confusión, mucho menos cuando poca gente sabe lo que son las témporas; pero la frase vale para hablar de quien no distingue entre dos cosas muy distintas, como la gimnasia y la magnesia, como la fama y la grandeza.

En cierta ocasión que cenaba en un restaurante con escritores, llegó a la mesa un actor famoso y comenzó a decir simplezas con la suficiencia de un Arquímedes resucitado. Pronto se acercó un grupo de jóvenes a pedirle un autógrafo. “¿Qué están haciendo?”, los amonesté. “Él es solo una cara bonita. En cambio aquí hay un puñado de genios que serán recordados por la posteridad”. Fui señalando a mis compañeros al tiempo que mencionaba sus nombres. Los fans del actor hicieron gestos de desinterés; y el actor, muy en su papel de estrella, firmó los autógrafos.

Ninguno de los escritores en la mesa era lo que hoy se llama “celebridad”, pues aunque hayan publicado excelentes libros y sepan hablar interesantísimamente sobre historia, política, filosofía, literatura y ciencia, no sabrían chacotear en cadena nacional sobre su último romance con la escritora fulana ni se armaría una polémica porque subieron diez kilos.

Esos mismos actores borrachos de admiración se sienten más atraídos por la fama que por la grandeza y llegan a realizar absurdos viajes para sacarle tres monosílabos a un famoso con poco qué decir. Y el generoso público se deja seducir por la vacuidad.

Hace algunas décadas Winston Churchill se erigió como el líder del mundo libre haciendo uso de su elocuencia, al punto de que ganó el Premio Nobel de Literatura “por su dominio de la descripción histórica y biográfica así como por su brillante oratoria al defender los más exaltados valores humanos”. Sus discursos se siguen estudiando por quienes se interesan en las artes retóricas. Pero resulta que ya no son el modelo a seguir. “No”, dicen los asesores en las campañas políticas, “ahora el liderazgo no se aprecia en un ser superior, sino en alguien que sea o se finja más bajo; no se aprecia en un discurso inteligente, sino en un lenguaje banal y dicharachero”.

La otrora admirada inteligencia hoy le asusta al ciudadano común. Por eso gente con la cabeza semivacía llega a ocupar la jefatura de Estado en muchos países. Con un exceso de gastos de campaña se gana esa fama que la gente confunde con grandeza.

Me preocupa que el asunto del culo y las témporas también se dé entre los escritores. Luego de que el famoso actorzuelo firmó los autógrafos, le pregunté si le gustaba más la primera o la segunda parte del Quijote. Ante su mirada cuadrada, una colega me regañó, me dijo que era un impertinente. Y entonces dejamos que ese hombre de pocas luces monopolizara la conversación, pues aunque en mis años mozos se decía que verbo mata carita, hoy parece que carita mata todo.