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China llegó a Mazatlán

Reseña

Es difícil contar la historia de otro sin involucrar nuestra propia historia
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Aleyda Rojo 

Mientras leí la novela Tu nombre chino (Nitro/ Press, México, 2018), no dejé de pensar que las escenas del joven León Chucuan en las playas mazatlecas eran las mismas vividas por Juan Esmerio, allá en su juventud, cuando, fusionado al paisaje que le viera nacer, reconocía sus propias huellas de la tarde anterior, porque día a día recolectaba moluscos y escribía con la mirada la poesía que llegaría 30 años después.

El acierto de Juan Esmerio consiste en crear escenas muy bellas a través de un lenguaje poético, muy controlado, porque no se excede en ningún sentido, y conoce la medida y el peso exacto de cada palabra. Es un poder desarrollado en tres décadas de editor del Instituto Sinaloense de Cultura, donde, de tanto leer libros buenos y malos, terminó por afilar un talento que ya había logrado exponer en Patasaladas (2004), su primera novela; y vuelve a repetir, aunque con mejores resultados, en esta historia.

Los personajes, la trama, el engranaje de Tu nombre chino están al servicio de una atmósfera deliciosa con sabores exóticos, de un mestizaje oriental–porteño, donde tocar, oler y degustar son comunes en cada página. No en vano Juan Esmerio es un autor gourmet, apasionado de recetarios y procesos culinarios, cualidad demostrada en Toma mi pan. Tentaciones de la comida sinaloense (2013), libro del que fuera editor y coautor. 

No puedo asegurar que Tu nombre chino se trate en sentido estricto de una novela histórica, a pesar de ser uno de los objetivos que se trazó el autor al realizar la investigación documental que fluye a través de la trama y encuentra su justificante en el Tratado de amistad, comercio y navegación entre los Estados Unidos Mexicanos y el Imperio de China, creado bajo el porfiriato y que es brevemente explicado en el prólogo.

Y no se percibe como novela histórica porque toda esa información y esos datos fueron dosificados de forma discreta, sin alterar para nada la atmósfera mágica, tersa, donde los personajes parecen flotar, atenuados por las peripecias ficticias y amables de un autor acostumbrado más al ritmo del verso que a las desgracias reales vividas por los asiáticos que buscaron refugio en Mazatlán desde fines del siglo XIX. Los periódicos locales dieron noticias puntuales del rechazo sufrido por los emigrantes chinos, consignado a través de grafitis que circulaban en los muros de la pequeña ciudad.

Mazatlán fue una puerta muy generosa para muchos extranjeros que deseaban inventarse un futuro próspero. Por eso, en la ficción como en la realidad, abundan los personajes que llegaron, hicieron fortuna y se marcharon. El caso de León Chucuan, figura central de la novela, es diferente, porque es chino y los orientales no eran bien vistos, como se dijo, en contrapartida con los alemanes y españoles, que obtenían rápido reconocimiento social. Los orientales eran tomados como una cultura menor y ningún padre de familia mazatleca de clase media hubiese deseado establecer parentela con sangre del viejo imperio. Sin embargo, a él, León Chucuan, su creador, en un acceso de romanticismo, le facilita todo: muy rápido le encuentra posada, muy pronto lo enamora de una obrera, torcedora de habanos, Hortensia Nava, y al arribar a la página 50 ya lo tiene atrapado en sus garras. 

Quiere la mente poética del novelista que esas mismas manos que forjan puros todos los días se lleven el honor de cortar la coleta del chino, un sello distintivo para los de su raza. Pero ese no es el único gesto atrevido de Hortensia Nava: la mujer demuestra la casta propia de las nacidas en el Trópico de Cáncer, un linaje de seres extraordinarios por cuyas venas corre lava y son famosos por establecer relaciones amistosas y románticas en menos de media hora. Los mazatlecos tienen la sonrisa espontánea y el corazón más grande que el puño de sus manos. Para cualquier chino, español, filipino o alemán, debió ser un alivio tocar tierra en esta parte del Pacífico mexicano, tras varios meses de navegación, como bien lo relata Esmerio.

Página a página, el también autor de Mantarraya (2010) se rinde ante lo oriental como quien hubiese deseado fusionar una novela con el Libro de las Mutaciones, que nos enseña a interpretar, así como repasa, revisa y honra aquellos elementos distintivos de la cultura asiática que son conocidos en el resto del mundo como partes indispensables del retrato, del rostro chino.

Los esfuerzos de Juan Esmerio terminan por rendir las flores más bellas cuando habla de lo que le resulta familiar: del trópico y el mapa mazatleco, que maneja con holgura porque allí creció, y los años transcurridos tras un escritorio de funcionario no borraron ni borrarán su verdadera naturaleza de hombre de mar. 

Su aportación, por otro lado, es interesante, al seguir la huella de los apellidos Chang, Chen, Yuen, Chong y de otros tantos que vinieron a ver crecer las ramas latinas de sus árboles genealógicos. En Sinaloa aún quedan diseminados varios descendientes de ellos, unos tan integrados que no se distinguen más que por sus ojos rasgados, y otros tan cerrados a la cultura local que hablan castellano con acento mandarín. 

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