Humor, horror, amor

La poesía de Carol Ann Duffy no solo le habla al lector “refinado”, también puede comunicarse con el lector ocasional
Carol Ann Duffy
Carol Ann Duffy (Especial)

Tal vez podríamos decir, no sin riesgo, que a diferencia de lo que ha ocurrido en la poesía francesa y en la poesía norteamericana, en la lírica del Reino Unido podemos observar cómo los poetas más importantes asimilaron las lecciones de Stéphane Mallarmé, Ezra Pound y T.S. Eliot y, en esa medida, transformaron su lenguaje dentro de una nueva visión y una nueva libertad, pero conservaron una fuerte relación con aspectos fundamentales de su propia tradición. Muchos no dejaron de pensar en el universo de Geoffrey Chaucer, William Shakespeare y John Milton ni abandonaron las figuras de John Keats, William Wordsworth y William Butler Yeats. Tampoco hicieron a un lado esa peculiar forma de expresar en un mismo acto, humor, horror, amor. La “desorganización” característica de la poesía moderna —“la rebelión de los sentidos”—  en la poesía del Reino Unido tiene un carácter más esencial y, lo que es muy atractivo, mucho menos “desorganizado” y, sobre todo, mucho menos rendido a un “cambio” exagerado. Basta con pensar en Gerard Manley Hopkins, Virginia Woolf, D.H. Lawrence, Ted Hughes, Charles Tomlinson o Seamus Heaney. Ninguno de estos poetas se lanzó a una gran divagación sin término ni renunció a la aguda capacidad de la poesía para representar la realidad de los conflictos humanos ni prescindió del carácter cómico que hay en toda tragedia. A pesar de todas las innovaciones y de la conciencia del mundo fracturado donde vivimos, continuaron considerando la representación como un camino verdadero y una metáfora insoslayable. En este sentido, los poetas ingleses nos pueden parecer menos radicales que los poetas franceses o que los poetas norteamericanos.

En las lecturas de poesía, cuando unos y otros comparten el acto de leer en público, los escritores de “la isla” siempre parecen más mesurados y concretos frente al vértigo experimental de los franceses y a la exigencia de desabrigar las palabras en coloquios y confesiones de los americanos. Esto es una “verdad”, pero también es una “apariencia”, porque si pensamos en las poderosas imágenes de la poesía de Hughes (“Halcón dormido” o “Primera lección del cuervo”) nos damos cuenta de que en la poesía inglesa lo concreto, lo inmediato, la certeza sensible, saltan brutalmente al símbolo, a la fábula, a la alegoría. Es como si en esta corriente, la escritura tuviera la certidumbre de que los hechos del mundo son una narración, un cuento, una ficción inevitable.

Lo increíble de la poesía de Carol Ann Duffy radica precisamente en esto. Con la conciencia enorme de lo que es la poesía moderna y del papel fundamental que en ella juega la poesía de las mujeres y, al mismo tiempo, con el recuerdo de historias fundamentales de la literatura universal, Carol Ann Duffy, ha creado una poesía tan auténtica, tan vigorosa, tan vital, que ha llegado a toda clase de lectores, desde luego a las mujeres (a quienes un crítico ingenuo podría considerar el público natural de esta poeta), pero también a los hombres (quienes no pueden dejar de asombrarse ante la verdadera originalidad).

La poesía de Duffy no solo le habla al lector “refinado”. También puede comunicarse con el lector ocasional. Su lenguaje rico, sustancioso, juguetón, pleno de significaciones sonoras, nos entrega escenas esenciales de nuestro presente y, a la vez, de todos los tiempos. En el centro está el amor, pero el amor transita del abrazo pleno o del miedo a la pérdida del ser amado a la comprensión honda y socarrona de las pasiones. Son emblemáticos sus poemas sobre el rey Midas, Sherezada, Circe o Caperucita Roja. En todas estas composiciones nos vuelve a contar la historia que todos conocemos, pero también nos cuenta la historia de ella misma y la historia de nosotros. En estos textos hay algo de la “Leda y el cisne” de W.B. Yeats y de “Edipo y el enigma” de Jorge Luis Borges, es decir que Duffy, al recrear un viejo drama ensaya un pensamiento y crea una nueva música y, a la vez, se ríe de nosotros y de sí misma. Desde luego, un elemento característico de esta poeta escocesa es la muda, el trastrocamiento y la iluminación de los personajes femeninos. Ella, más que poner al revés los mitos masculinos, los transfigura en una honda comprensión humana, de tal forma que los héroes son el escenario de la mujer. En esta visión, Penélope no está esperando a Ulises y Penélope no hace y deshace su tejido para engañar a los pretendientes. Penélope ama a su doble. Ella desea a la mujer y ella se espera a sí misma. En la línea de Elizabeth Bishop, Anne Sexton, Eavan Boland y Adrienne Rich o de poetas más jóvenes como Pascale Petit y Ruth Padel, la poesía de Duffy no entraña una negación simplista. Su visión del amor cuestiona al hombre, pero lo comprende y —aquí está un giro mucho más rico— lo incluye.

La singularidad de sus textos suena a todas las épocas y a todos los lugares. Quizá por esta razón, Carol Ann Duffy tiene esa facultad de volver a leer los mitos milenarios y los viejos cuentos y devolvérnoslos como si fueran las palabras de una conversación realizada a la orilla de nuestra mesa, en una casa cualquiera, en una enorme ciudad o en una urbe pequeña o en la noche aislada y oscura dentro de un bosque. Ahí donde la imaginación, “el más allá”, estaba en los encuentros del trabajo, de las ceremonias públicas y de la vida familiar. Y en sentido contrario, quizá por esta razón, ella puede transformar los hechos vanos o repetidos del amor en las escenas fundamentales de la obra del tiempo. Es asombroso cómo reactualiza la sed, el hambre, la codicia del hombre rapaz y utilitario y nos muestra cómo el deseo de posesión trastoca no solo el uso y el valor de las cosas, sino la vida erótica y la vida amorosa. En un cuestionamiento del anhelo de propiedad y acumulación del contrato patriarcal, en el poema “La señora Midas”, el personaje femenino rehúye el contacto con el esposo avaricioso. Si la toca, ella puede trocarse en una cosa; si la acaricia, puede convertirse en oro:

 

Camas separadas. De hecho, puse una silla contra mi puerta,

casi petrificada. Él estaba abajo, convirtiendo el cuarto de visitas

en la tumba de Tutankamon. Verán, éramos apasionados entonces,

en esos días felices; nos desenvolvíamos el uno al otro, rápido,

como regalos, comida rápida. Pero ahora temía su abrazo de miel,

el beso que haría de mis labios una obra de arte.

 

¿Y quién, llegado el momento, puede vivir

con un corazón de oro?...

 

Comedia y tragedia se abrazan para entregarnos el diario de nuestra vida y la memoria de nuestros antepasados. En ella sentimos de manera permanente los ecos de la gran poesía en lengua inglesa y, a la vez, la fuerza poderosa de quienes pueden hablar más allá de la moral y crear una moral nueva y verdadera. Duffy es una poeta notable porque en ella encontramos, como casi siempre hallamos en los magníficos poetas, humor, horror, amor.

Traducción de Marina Fe.