El supersticioso

Caracteres
Pero no todos sus ritos son de dimensiones cósmicas
Pero no todos sus ritos son de dimensiones cósmicas

Se califica de ateo riguroso, pues piensa que Dios, cualquier dios, constituye una hipótesis prescindible para dar cuenta del cosmos. Se jacta, además, de ser racional a ultranza, ya que está seguro, sin necesidad de pruebas empíricas, de que no hay en el universo ningún fenómeno que la razón no sea capaz, en potencia o en acto, de explicar. Solo que a veces actúa como si no todo en la vida fuera fenoménico en sentido estricto. Como si hubiera percepciones o, mejor dicho, intuiciones de origen sobrenatural.

De niño, cuando lo dejaban salir a la calle sin la tutela de un adulto, evitaba posar sus pies sobre las rayas que dividían (y aún dividen) los bloques de pavimento en las banquetas, con base en la certidumbre, nunca cuestionada ni compartida con nadie, de que era de mala suerte pisarlas. Años después leyó Retrato del artista adolescente, de James Joyce, cuyo héroe hace lo mismo al caminar por Dublín, y se convenció de que su manía infantil no era indicio de un carácter supersticioso, sino de un temperamento artístico.

Se engañaba. Ahora que va para sexagenario y no ha hecho nada susceptible de considerarse como obra de arte, Reynoso sigue practicando con ahínco (y casi siempre a hurtadillas) los rituales ridículos, aunque por lo general inofensivos, de la superstición.

Al levantarse de la cama (cosa que últimamente, urgido por la debilidad de su próstata, hace varias veces cada noche) pone primero el pie derecho en el suelo. Y si por estar adormilado se confunde y toca el tapete antes con el otro pie, invariablemente se acuesta de nuevo y vuelve a empezar.

Un procedimiento análogo corresponde a los calcetines y a los zapatos, salvo que en estos casos comienza por el lado izquierdo.

Luego están, por supuesto, las escaleras, muy difíciles de esquivar en una ciudad en perpetua reparación como la de México. Reynoso, según te consta, da rodeos inverosímiles y llega incluso a modificar su itinerario por completo con tal de no atraerse una temida, si bien indefinible, calamidad.

Y tiene días peores. Días en que le da por cancelar sus citas y quedarse encerrado en su casa. Días en que el pesaroso Reynoso intuye que, si uno lo contempla sin prejuicios, todo el espacio urbano, todo el país, todo el planeta, todo, se encuentra bajo la hipotenusa de una escalera virtual.

Pero no todos sus ritos son de dimensiones cósmicas. Hace poco, alguien le regaló una botella de champán por su cumpleaños. Y él, que acababa de mandar uno de sus torpes libros a un concurso literario, decidió que el vino era un amuleto y que solo se lo tomaría cuando ganara el premio.

Horas más tarde estaba tan borracho de otras bebidas que te confió su absurda cábala. Y, como siempre, te burlaste de las nimiedades de Reynoso el supersticioso. Pero no le dijiste que tú también habías mandado un libro al mismo concurso. Ni que al día siguiente, por si las dudas, ibas a comprar (no para beberla de inmediato, sino para guardarla hasta la ocasión propicia) una botella de champán.