El canto del pavorreal

Hombre de celuloide
Puede que Marguerite valga la pena de verse por la actriz Catherine Frot.
Puede que Marguerite valga la pena de verse por la actriz Catherine Frot.

Estamos en los años veinte. Acaba de terminar la Gran Guerra y hay en Francia un palacio en que vive una mujer tan loca como los años que le tocó vivir. La baronesa Dumont enloquece, de manera textual, con la ópera: esas tablas en que los payasos lloran y las mujeres se suicidan por falta de amor. Y es que en Marguerite, de Xavier Giannoli, todo lo causa y todo lo resuelve el amor.

Marguerite es una nueva comedia en que Francia apuesta por reconquistar el mercado del mundo, ese que después de la Segunda Guerra Mundial le arrebató la industria de Estados Unidos. Lo primero que llama la atención en la película es el diseño de producción: la ambientación, el decorado. La baronesa pasea por París y uno sabe que los productores se han gastado en esta toma el presupuesto de diez dramas mexicanos. Así pues, el inicio está muy bien logrado. Uno se cree entonces que lo que está por ver es la historia de una gran cantante de ópera, pero nuestra heroína abre la boca y emerge de su garganta un sonido tan espantoso como el canto de un pavorreal. ¿Cómo llegó a volverse famosa esta mujer? La premisa suena bien, pero el resultado se hunde tanto que al final solo quedan promesas sin cumplir.

El problema de Marguerite es que el director no encuentra la forma de narrar creíblemente esta historia. ¿Solo por complacer al amigo poeta y loco el famoso crítico musical va a elogiar a una viejita gagá? Es cierto que en los años veinte estuvo de moda contrariar a la burguesía; es cierto que la película se vende (con falta de originalidad) como “basada en un hecho real”, pero lo dicho: el tono no está suficientemente trabajado como para que creamos éste y otros giros de la trama.

Puede que Marguerite valga la pena de verse por la actriz Catherine Frot. Ella es la baronesa que puede comprarlo todo, con excepción del amor y el talento. Aun así, si uno lo piensa, Frot también es un problema: su personaje termina por devorar por completo a todos sus compañeros. Junto a ella nadie puede brillar. Vale la pena comparar por eso Marguerite con esa joya del cine británico, La reina, dirigida en 2006 por Stephen Frears. Helen Mirren consiguió hacer un personaje realmente adorable que, lejos de opacar a sus compañeros, los enaltecía. Frears conseguía, además, un tono perfecto para burlarse de su protagonista sin que nosotros como público dejásemos de quererla. La reina Isabel de Helen Mirren es tan encantadora como la cantante que grazna de Catherine Frot pero la diferencia está en el trabajo de un realizador que ha sabido ser como un buen director de orquesta. No uno que solo trabaja con el primer violín, no. Uno que escucha a cada uno de los instrumentistas.

Aun así, Marguerite comienza tan bien que la caída del guión no es demasiado estrepitosa. Las promesas que no se cumplen apenas dejan un sabor amargo. Y aun así, no hay peor elogio que se pueda hacer a una película que decir que “pudo haber sido peor”. Y esto es lo que sucede con Marguerite: para ser una comedia que termina volviéndose tragedia, la cosa siempre pudo ser peor.


Marguerite (Marguerite). Dirección: Xavier Giannoli. Guión: Xavier Giannoli, Marcia Romano. Fotografía, Glynn Speeckaert. Con Catherine Frot, Christa Théret, André Marcon. Francia, 2015.