Camus y el buen periodismo

Poco después del término de la Segunda Guerra Mundial, Albert Camus (1913–1960) salió de París con destino a su natal Argelia.
Camus
Camus (Rene Saint P)

Habían pasado cinco años desde el día en que publicó una serie de reportajes sobre las estrecheces cotidianas de la población árabe en ese país del norte de África y decidió recorrer de nuevo las calles de Cabilia, el sur de Constantina y Argel, para ver si después de ese tiempo la situación había cambiado. En la primavera de 1939, cuando tenía 26 años y la tuberculosis ya era la enfermedad crónica que lo acompañaría hasta su muerte, había viajado durante diez días por esa zona con el objetivo de retratar la miseria de los habitantes. Argelia seguía siendo una colonia de Francia “abandonada por la administración de la metrópoli”, y el periodista quiso poner énfasis en las injusticias que muy pocos conocían. En las páginas del periódico Alger Républicain, Camus contó “con precisión, rigor, datos, análisis y una impecable técnica narrativa” la falta de escuelas, carreteras, comida y salarios dignos en un lugar “en el que el día a día transcurre, más bien, bajo un régimen de esclavitud”. En cada entrega de ese trabajo quedó manifiesta su intención de que Francia no desdeñara a ese pueblo y tomara las medidas necesarias para darle una emancipación intelectual, moral y financiera.

Un lustro después, lejos de mejorar, todo había empeorado. El escritor, que para entonces ya había publicado El extranjero y El mito de Sísifo en la prestigiada editorial Gallimard, se encontró además con el aumento de las protestas contra la colonización francesa, muchas de ellas reprimidas con violencia. En esa ocasión no recurrió al reportaje para abordar el tema sino a los artículos, el género que lo consolidó como un intelectual comprometido que pretendía influir en la vida pública a través de la prensa. Gracias a esos textos, publicados en el diario Combat, consiguió sensibilizar a sus lectores sobre la situación que imperaba en esa región, pero nada cambió. ¿Para qué Camus seguía haciendo periodismo? “Para defender la libertad, la dignidad humana, la justicia, la verdad, el progreso y, de paso, para pulir su estilo literario”, dice María Santos–Sainz, autora de Albert Camus, periodista, recién editado en España por Libros.com, una editorial independiente que publica cada uno de sus libros después de hacer una campaña de crowdfunding.

Santos–Sainz es una profesora y periodista española afincada en Burdeos, donde enseña historia del periodismo en el Institut de Journalisme Bordeaux Aquitaine de la Universidad Michel de Montaigne, que ha decidido “exhumar y revisitar” al Camus periodista “porque sus enseñanzas pueden ayudarnos a refundar el periodismo en esta época digital”. Asegura ver en él a “uno de los verdaderos maestros del periodismo en Europa, alguien a la altura del polaco Ryszard Kapuscinski o del español Manuel Chávez Nogales. Cuando leí y empecé a manejar la bibliografía existente en Francia y también en lengua española, descubrí que realmente no había ninguna obra que se centrase en su faceta de periodista. Hay libros de memorias magníficos como el de Jean Daniel, quizá el que más fiel permanece a sus trabajos periodísticos, pero el resto de biografías contemplan más al Camus escritor y pensador y apenas aluden a sus años de periodista”.

El libro desmenuza la trayectoria y producción periodística del autor de La peste, deteniéndose en los principios morales y éticos que guiaron su paso por el oficio al que decidió dedicarse después de concluir la educación universitaria. “Camus entiende el rol periodístico más como el rol de perro guardián que como mero transmisor de la información. No se conforma con ser un testigo, sino que ejerce de ‘abogado’ o ‘justiciero’, con sus ideas al servicio de ‘la verdad’, en un papel activo e intervencionista. Se trata de una concepción divergente del modelo periodístico anglosajón, construido bajo un sistema de valores profesionales fundados en la objetividad. Es decir: mientras en Estados Unidos presumían de ser imparciales, plurales y objetivos, de separar información de opinión, en Francia los periodistas se posicionaban abiertamente respecto a los hechos”, explica María Santos–Sainz. “Porque para Camus, además de dar información, el periodista ha de ayudar a sus lectores a desarrollar un espíritu crítico”.

Albert Camus creció en un hogar sin libros. Su padre murió al combatir en la Primera Guerra Mundial y debido a ello recibió una beca que le permitió estudiar. Cuando su abuela materna le sacó el carnet de una biblioteca pública, Camus se volvió un lector voraz y vislumbró su vocación: la escritura. Al terminar la carrera de Filosofía y Letras pidió trabajo como profesor pero nadie lo contrató por padecer tuberculosis. Por eso se refugió en los periódicos. Por eso y porque ahí encontró el espacio que un joven comprometido como él deseaba para denunciar las injusticas y destapar los abusos del poder. Lo dejó claro años después, ante los miembros de la Academia Sueca, al recibir el Nobel de Literatura (1957): “el papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren”.

Comenzó a escribir en el diario Alger Républicain, un periódico modesto, surgido en 1938, en el que la mayoría de sus miembros eran debutantes “porque salían menos caros”. Esa redacción se convirtió en su escuela de periodismo. Ahí se ocupó primero de las condiciones infrahumanas del “proletariado blanco” y de la población musulmana más humilde, pero no tardó en convertirse en cronista judicial. Una explosión de gas en un barrio pobre le servía, por ejemplo, para denunciar el abandono del poder y la corrupción municipal. La visita a una prisión, para fijarse en celdas minúsculas sin luz “en donde los seres humanos son tachados de la humanidad”. Cada una de esas experiencias nutrió años después los argumentos de sus novelas y obras de teatro.

El día en que un funcionario municipal es acusado de malversación de dinero público, Camus investiga el caso y concluye que lo único que ese hombre hizo fue ayudar a los campesinos árabes más desfavorecidos, protegiéndolos de la especulación de los precios del trigo fijados por los grandes terratenientes. Con su investigación convierte al funcionario en un símbolo de la injusticia que reina en Argelia y ataca sin disimulo a su sistema político y judicial. Estudia la normativa de las tarifas de trigo, habla con los campesinos, denuncia la complicidad de las élites con las autoridades y su trabajo influye en la destitución del juez que acusaba arbitrariamente al funcionario que, después de un juicio, fue declarado inocente. Pero con cosas como esta, a Camus no lo invade una sensación de poder sino, simple y llanamente, la satisfacción de haber contribuido a la búsqueda de la verdad y la justicia. O eso era lo que decía, porque Jean Daniel, fundador de Le Nouvel Observateur, escribió sobre esta actuación de su amigo Albert Camus: “el escándalo resulta rentable al periodismo y el error judicial es un escándalo virtuoso. [...] Pero el mérito consiste en continuar cuando se sabe que los lectores están cansados del asunto. Ahí es donde se demuestra que lo que se busca no es tanto un deslumbramiento cuanto una reparación”.      

Después de estar en Alger Républicain, el escritor que murió el 4 de enero de 1960, cuando el coche en el que viajaba junto al editor Michel Gallimard se estrelló contra un árbol, continuó su labor periodística en Soir Républicain, luego en Paris–Soir y se consolidó en Combat. En 1943 ingresó a la Resistencia, el movimiento popular contra la ocupación nazi que editaba, de manera clandestina, un periódico llamado Combat, “para contar a los lectores lo que realmente está ocurriendo”. Cuando Francia fue liberada y la censura se atenuó, Camus se convirtió en uno de los articulistas más prestigiosos y leídos, pues para muchos era “el vigía de una generación que luchaba por un cambio profundo en Francia tras la Liberación”.

A lo largo de Albert Camus, periodista se citan varias reflexiones que hoy vienen a cuento debido a la actual crisis de buena parte de la prensa europea, causada por la transformación tecnológica y la injerencia de los grandes grupos financieros que dificultan su independencia. “Toda reforma moral de la prensa”, escribió en un artículo de 1944, “sería vana si no fuera acompañada por medidas políticas capaces de  garantizar a los periódicos una real independencia respecto al capital”. Y como si el autor de El hombre rebelde viviera en estos tiempos de información “en tiempo real”, dice más adelante: “poco importa ser el primero, lo importante es ser el mejor. No se trata de ser rápido, lo importante es ser verdadero”.

Camus concebía al periódico, sobre todo, como un proyecto intelectual en el que se embarca un grupo de periodistas, es decir, gente con ideas. Porque para él un periodista es “alguien al que, como mínimo, se le exige tener ideas”. Desde su punto de vista, también ese grupo de periodistas tenía la misión de “liberar a los periódicos de las presiones financieras y dotarlos de una verdad que saque del público lo mejor de sí mismo. Porque un país vale lo que vale su prensa. Y si es cierto que los periódicos son la voz de una nación, estamos decididos a levantar este país elevando su lenguaje”.

María Santos–Sainz le pidió el prólogo para su libro al periodista francés Edwy Plenel porque considera que “en él y en el diario digital que preside, Mediapart, podemos ver en la actualidad la influencia de Camus y de Combat”. Plenel vivió durante su juventud en Argelia, militó en la Liga Comunista Revolucionaria, una organización trotskista, trabajó durante 25 años en el periódico Le Monde y desde hace casi una década encabeza el equipo de www.mediapart.fr, una publicación en Internet que ha alcanzado el éxito editorial y económico al no depender de la publicidad sino de sus miles de suscriptores, a quienes a cambio les da información y análisis que los medios tradicionales franceses no ofrecen. 

En su prólogo, Edwy Plenel recuerda lo que Camus subrayó en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1957: “Sin duda, cada generación se considera a sí misma destinada a rehacer el mundo. Sin embargo, la mía sabe que no lo hará. Aunque su tarea sea quizá aún más ardua. Consiste en evitar que el mundo se deshaga”. Plenel no ve en esto una invitación a la prudencia o a la indiferencia, sino una descripción realista, una obsesión con el presente y un llamado al compromiso. Por eso, dice, el libro de María Santos–Sainz es “un manual de resistencia para periodistas (y ciudadanos, pues uno no va sin el otro) en estos tiempos tan mediáticos en los que el oficio está amenazado y la profesión desestabilizada. Nos invita a aprender de Camus para recuperar el valor y la dignidad, bajo la exigencia del derecho a saber del público y la preocupación de nuestra responsabilidad ante los ciudadanos. Cuando el entretenimiento gangrena la información, cuando la concentración arruina el pluralismo, cuando la propaganda mata a la verdad, el periodismo solo puede entrar en resistencia, o renegar de sus posiciones. Sencillamente por deber profesional. Sin pretensión ni gloria, nada más que por la necesidad existencial”.

Hace unos días, Plenel estuvo en Madrid para participar en la presentación de este libro y en ella exhortó a los periodistas (y a los aprendices) que acudieron a ser “los servidores escrupulosos de las verdades políticamente más importantes y no los adeptos oportunistas de las pasiones de la opinión”. Junto a él estaba el periodista español Jesús Maraña, director de Infolibre, la réplica de Mediapart en España. Maraña fue director de la edición en papel de Público (hoy solo online), un periódico que decía (dice) representar “de verdad” a la “izquierda progresista” y, desde hace un tiempo, es un rostro habitual en las tertulias políticas de la televisión. Dijo que al leer Albert Camus, periodista fue tomando notas y al final se dio cuenta de que tenía una lista que bien podría ser la de “las vitaminas del buen periodismo”. Entonces, como para englobar el contenido de la obra, enumeró: “respeto a los lectores, autocrítica permanente del oficio, elevación de la calidad del lenguaje, rigor al verificar y contrastar la información, humildad para aceptar errores, no informar primero sino mejor, ser antisectarios y refractarios a todo dogmatismo, respetar los datos y manifestar ideas, ir contra la banalidad y seguir los lineamientos que señaló Camus: lucidez, rechazo, ironía y obstinación”.