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Martes , 11.12.2018 / 14:54 Hoy

Campos de concentración bajo una máscara

Peripecia

Censurada por los nazis el día de su ensayo general, El último ciclista quedó en la memoria de Jana Sedova, una de las actrices, que llegó a representarla en las barracas y también la transcribió
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Gestada al interior de Terezin, campo de concentración nazi, en 1944, El último ciclista de Karl Svenk, puesta en escena por la compañía Los Wueros Teatro, utiliza la máscara para interpretar más de una decena de personajes, que bajo este elemento subrayan con mayor contundencia la vigente atrocidad de lo que plantea su anécdota, absurda en apariencia.

Una estructura metálica con puerta, forrada por un telón hecho de retazos, delimita el lugar de la acción, acotado al centro del escenario, donde los pacientes de un manicomio deciden escapar siguiendo a su lideresa, una loca llamada Gran Mama, quien decide exterminar a todos los ciclistas, incluido un hombre, únicamente por amor a su prometida.

Svenk, comediante checo (1917–1945), miembro del Club de Talentos Desperdiciados, autor de Danza alrededor de un cadáver y de La tarjeta de racionamiento perdida, quien estuviera prisionero en Auschwitz, fue muerto en un vagón durante el trayecto al campo Mauthausen, donde se congregaba, entre otros, a los presos políticos.

Censurada por los nazis el día de su ensayo general, El último ciclista quedó en la memoria de Jana Sedova, una de las actrices, que llegó a representarla en las barracas y también la transcribió. Traducida y vuelta a imaginar por Naomi Pats, con traducción al español y adaptación de Isaac Slomianski, esta obra, elegida por la joven directora Natalia Goded como su ópera prima, adquiere un sesgo brechtiano a partir de la asesoría en dirección y manejo de máscara de la actriz Julieta Ortiz, quien cumple décadas de explorar y llevar a la práctica el trabajo con máscara teatral.

El montaje conjunta la disciplina, el rigor, la creatividad, incluido el diseño de máscaras de Omar Esquinca y el diseño de escenografía y vestuario de Andrea Pacheco —quien viste a los personajes con batas hechas con distintos retazos de tela y calzones largos— mediante un pulcro trabajo multidisciplinario como el de movimiento, a cargo de Mariana Villaseñor, y la precisa dirección musical de José Ponce.

El espectador se encuentra ante una especie de historieta rítmica, en la que destaca el trabajo corporal y verbal, bajo la media máscara, que por lo general se vuelve un obstáculo, pero que en este caso consigue vincular movimiento, acción y discurso con gran claridad y soltura, debido a la entrega de los jóvenes y a la experiencia que Ortiz ha adquirido durante el transcurso de los años sobre las tablas y con la guía de maestros como Alejandro Morán, Elidé Soberanes, Alicia Martínez, Jean Marie Binoche y Pierrette Venne, maestra entrenadora del Circo del Sol.


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