Traven íntimo, recuerdos de Malú Montes de Oca de Heyman

B. Traven plantea numerosas incógnitas, que van desde su fecha de nacimiento (1882 o1890) hasta su nacionalidad (alemán o estadunidense) y desde luego su verdadero nombre. 
B. Traven fue actor y escritor en Alemania —donde nació— con el nombre de Ret Marut. Era anarquista, creía en la total libertad y en Múnich publicó el periódico Der Ziegelbrenner.
B. Traven fue actor y escritor en Alemania —donde nació— con el nombre de Ret Marut. Era anarquista, creía en la total libertad y en Múnich publicó el periódico Der Ziegelbrenner. (Archivo Traven )

Ciudad de México

B. Traven plantea numerosas incógnitas, que van desde su fecha de nacimiento (1882 o1890) hasta su nacionalidad (alemán o estadunidense) y desde luego su verdadero nombre. Entre otros, en algún momento de su vida fue Ret Marut, Goetz Ohly, Heinrich Otto Becker, Traven Torsvan Croves o Hal Croves, este último utilizado para hacerse pasar como su propio agente literario.

Autor deEl barco de la muerte, El tesoro de la Sierra Madre—llevada al cine por John Huston en 1948—, La rosa blanca, La rebelión de los colgados, Macario, Canasta de cuentos mexicanos, entre muchos otros libros, se escondió del público convencido de que lo único que importa de un autor es su obra. Por lo mismo, cobra mayor importancia el testimonio de su hijastra Malú Montes de Oca de Heyman, presentado como un monólogo; ella refiere a un Traven aún más desconocido: el Traven íntimo, el hombre enamorado de su madre, cariñoso con ella y su hermana Rosa Elena, el narrador que siempre lamentó no ser considerado un escritor mexicano a pesar de haberse nacionalizado en 1951 y de que su obra principal tiene como escenario nuestro país.

B. Traven fue actor y escritor en Alemania —donde nació— con el nombre de Ret Marut. Era anarquista, creía en la total libertad y en Múnich publicó el periódico Der Ziegelbrenner. Por sus ideas fue condenado a muerte por el gobierno alemán, pero pudo escapar y anduvo de país en país hasta que llegó a México en mayo de 1924, ya con un nuevo nombre (había matado a Marut en 1923). Llegó a Tampico, un puerto en el que había gente de todas partes del mundo; nadie les pedía papeles y podían viajar a Estados Unidos.

Traven utilizó la B en su nombre porque decía que en México vivía la segunda parte de su vida. Lo de Bruno surge porque así le ponían en las ediciones piratas de sus libros. Él lo supo pero no dijo nada, le servía para despistar a quienes querían conocerlo.

Mi mamá, Rosa Elena Luján, conoció a Traven en 1936 o 37, se lo presentaron las hermanas danesas Helga y Bodil Cristensen. Pero no lo volvió a ver hasta muchos años después, en 1951, cuando ya se había separado de mi padre, Carlos Montes de Oca, de una familia muy rica; los puso en contacto un norteamericano que había estado en la Guerra Civil española. Le dijo a mi mamá que había muerto la traductora —Esperanza López Mateos— de Traven y le preguntó si estaba interesada en ese trabajo, porque ella hablaba varios idiomas. Mi hermana Rosa Elena y yo estábamos internadas en Estados Unidos y mi mamá nos contó que desde la primera vez que lo vio le gustó mucho.

Ellos fueron muy felices; mi mamá se hizo cargo de la obra de Traven durante más de 50 años, desde antes de casarse con él —el 16 de mayo de 1957— y hasta la muerte de ella, en 2009.

Cuando se casaron, nosotras venimos a conocerlo e inmediatamente nos simpatizó. Vivían en un edificio en Paseo de la Reforma, por donde ahora se encuentra el Senado de la República, después en Durango 353 y finalmente en la casa de Mississippi 61.

Tenemos documentos de él, pero todos dicen lo que él quería que dijeran. Inventó muchas cosas sobre su origen, sobre su vida; desde luego, mi mamá sabía la verdad pero ella hizo una alianza con él y un día me dijo: “A mí nunca me van a sacar nada de lo que él no quería que se supiera”. No se lo dijo a nadie, ni siquiera a mi hermana y a mí.

Cuando era niña, un día me regalaron una grabadora y yo lo grabé; los estudiosos que han escuchado la grabación dicen que su acento era del norte de Alemania. Ahí canta canciones de su novela El barco de los muertos. Cantaba en inglés y alemán, a veces nos cantaba en el antecomedor. Le encantaba la música y se sentía feliz de tener una familia que lo cuidaba y quería.

Mi mamá lo ayudó mucho, traducía, enviaba su correspondencia. Fueron muy unidos.

Nosotras regresamos de estudiar a Estados Unidos y mi padrastro le decía a mi mamá: “Quien quiere a la rosa quiere a las espinas”. Nosotros éramos las espinas. Pero lo decía en broma, porque nos quería mucho. Todas las noches teníamos discusiones políticas, estábamos muy politizados, y todas las noches también nos ponía dulces bajo la almohada.

En la casa de Mississippi 61, diseñada por Luis Barragán, tenía su estudio en el tercer piso y nosotras no podíamos hacer mucho ruido. Se pasaba el tiempo ahí, escribiendo; en la noche bajaba a cenar, recién bañado e impecablemente vestido. Tenía un perico y le encantaban los perros. Esa casa, que heredó mi sobrina, era muy bonita, a una cuadra de Paseo de la Reforma.

Mi hermana, Rosa Elena, se casó muy joven con el periodista Julio Pomar; yo, al contrario, me casé grande y gocé a Traven más que nadie.

Cuando estábamos en Estados Unidos, nos mandaba cartas, preciosas, nos contaba, por ejemplo, de los tigres de las montañas de Acapulco. Las cartas permanecen inéditas y creo que deberíamos publicarlas algún día porque parecen cuentos.

A mí me gusta recordar a ese Traven que se convirtió para nosotras en el mejor de los padres, que nos compraba telescopios, juguetes educativos y estampillas —teníamos nuestra colección de estampillas.

Me fui a París en 1967. Se me ocurrió ir a la Unión Soviética, le escribí a mi mamá y me dijo que no. Pero Traven le dijo: “Por supuesto que va a hacer ese viaje”. Me envió el dinero para hacerlo y me comentó lo que iba a ver en el trayecto, porque él había hecho ese viaje cuando era joven.

Tengo muchos álbumes con sus fotos; le gustaba mucho la fotografía, siempre viajaba con sus tres cámaras, su tocadiscos, sus discos, sus libros de música y su máquina de escribir portátil.

Traven vivió más años en México que en ninguna otra parte, y siempre le dolió que no lo consideraran un escritor mexicano, sobre todo porque se nacionalizó en 1951. Pudo adoptar cualquier otra nacionalidad, pero quiso ser mexicano.

En México tuvo muchos amigos. Al principio fue gran amigo de Tina Modotti y Edward Weston (nosotras heredamos una colección de fotografías de Tina, selladas y firmadas, que decidimos vender al MoMa). Fue amigo también del escultor Federico Canessi, de Federico Marín (hermano de Lupe Marín, la esposa de Diego Rivera), de Esperanza López Mateos, pero sin duda su mejor amigo fue Gabriel Figueroa, cuñado de Esperanza.

Fuimos muy felices con Traven. Murió en 1969 y fuimos a dejar sus cenizas a Chiapas —él había pedido que se esparcieran en la selva chiapaneca—. Llegamos a Ocosingo con toda la prensa nacional y extranjera. Los indígenas prepararon una ceremonia impresionante y todo olía a pino. El gobierno chiapaneco decidió ponerle a este lugar Ocosingo de Traven, pero luego se le olvidó.

Traven fue para mí un verdadero padre y ahora mi único objetivo es que su obra se conozca lo más posible, que las nuevas generaciones lean sus libros en todos los idiomas. Quiero que la gente comprenda su sensibilidad y la denuncia social de sus novelas. Es lo único que me interesa.