Héctor Mendoza (1932-2010)

Merde!
Héctor Mendoza
Héctor Mendoza (Especial)

Pasó casi inadvertida su muerte, el 29 de diciembre de 2010. Escribí de su deceso: “No quise ir al homenaje, merecidísimo, en Bellas Artes. Estaba apabullado. Me la pasé dando vueltas en la biblioteca de mi departamento cuando, de repente, se desmoronó la estantería que contiene los libros de teatro. Lo juro. Al levantarlos, desde luego, aparecieron las obras del maestro Mendoza. Me contuve. Lo recordé: esos instantes mágicos en sus clases de dirección, de actuación, de dramaturgia en la Facultad de Filosofía y Letras y en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM. Dirigiéndonos para La verdad sospechosa en Bellas Artes en 1984, y en 1985 para Del día que murió el señor Bernal dejándonos desamparados, en manos deFlora Dantus. Respiré profundo. Me imaginé dentro de sus obras, ésas donde incursionó ante la posibilidad de la existencia de los fantasmas (Amacalone, De la naturaleza de los espíritus, Tiernas puñaladas, Sursum corda). Me costaba trabajo creerlo. Recogí los libros. Llegaron infinidad de llamadas. No respondí. Me encerré en mis recuerdos. Abrí el archivo de 40 horas de grabación, en entrevistas con el maestro. Revisé lo escrito sobre él en los últimos 30 años”.

Cada año me pasa igual: me pasmo. Es el único hombre que reconozco como mi maestro en el sentido más amplio. El dramaturgo que a los 21 años escribió Las cosas simples y desde entonces se sigue escenificando para estudiantes de preparatoria; el director que sorprendió al teatro mexicano con Poesía en voz alta, primero, y con el montaje en patines de un clásico español, Don Gil de las calzas verdes; el maestro que rompió con el anquilosado estilo de actuar y generó las nuevas formas de trabajar de los intérpretes nacionales. Se fue con 78 años y casi 50 obras escritas. Un revolucionario del teatro.

En la última obra que escribió y dirigió, Resonancias, decía un actor: “Muerto soy esa resonancia que irremediablemente termina por desaparecer”.

Premonitorio. Dio a tantos actores, directores, escenógrafos —algunos dramaturgos, como Óscar Liera— la posibilidad de hacer profesionalmente su quehacer escénico; solo lo odian aquellos que no respondían a la premisa de calidad e innovación, antes que nada. Fue el que superó la rivalidad con los dramaturgos, algunos hoy olvidados.

Mi libro sobre Héctor Mendoza sigue pendiente, como si no quisiera concluir el amor y admiración que me inspira; quizá en 2017 tenga la energía para terminarlo. Ya pasaron seis años de su muerte pero, la verdad, cada que se acerca la fecha siento que el maestro viene a jalarme los pies, a recordarme la deuda contraída. Espero no fallarle y fallarme.

Han pasado seis años de su muerte. Recordarlo, abrir sus archivos, escribir de él, es sentirlo vivo, de aquí al año siguiente…