Mejor llama a Saúl

Ambos mundos
Better Call Saul
Better Call Saul

Hace unos años le escuché decir al director de cine Sergio Cabrera algo muy aleccionador en relación con el cine y la novela: “una novela puede tener 100 páginas o mil 500 y en cualquier caso sigue siendo una novela, pero una película no puede tener 8 horas, pues dejaría de serlo”. Pienso en esto tras caer en el influjo de las series de televisión Breaking Bad y ahora Better Call Saul, cuya segunda temporada acaba de iniciarse esta semana.

Entonces las palabras de Cabrera regresaron con nitidez, pues este tipo de series, cuando son de tan alta calidad, vienen a ocupar ese espacio que la novela ya tenía y que en el cine era aún una utopía. El concepto clásico de las viejas series de televisión no tiene nada qué ver con esto. De adolescente vi, como supongo casi todos, series tipo Las calles de San Francisco, Kojak o Baretta y por supuesto la mítica Columbo. Pero éstas serían más comparables a una colección de cuentos con los mismos personajes y no a una “novela río”.

Las novelas largas forman una familia dentro de la literatura, y como tal tienen su propio canon. Una de las mejores que he leído (casi mil páginas) es de Anthony Burgess: Poderes terrenales. En español creo que no hay duda de que la gran obra maestra por encima de las mil cuartillas es 2666, de Roberto Bolaño.

Hasta antes de estas series, había un tipo de filme más largo que era especial y que parecía también una familia separada al interior del mundo cinematográfico: recuerdo el caso de Pulp Fiction (178 minutos) o de Magnolia (188 minutos) y el increíble caso de Andrei Rublev, de Tarkovski, con sus geniales 205 minutos. Lo que antes se llamaba un colossal, como lo fue Lawrence de Arabia, duraba nada menos que 222 minutos. Para hacernos una idea comparativa de lo que eran estos filmes y cómo ha cambiado el mundo, una película que hoy nos parece larga, como El renacido de González Iñárritu, tiene apenas 155 minutos.

Pero las series lo cambiaron todo y su gran valor es justamente la longitud que les permite desarrollar de forma detallada cada personaje y llevar adelante tramas complejas. Si el tema central de la novela es el paso del tiempo y el modo en que imprime cambios a las vidas humanas, las series ofrecen la posibilidad de explorar aún con más detalle esta situación que tanto se parece a la vida. El modo magistral en que Vince Gilligan produjo ese increíble mundo que es Breaking Bad, tan alejado del producto fílmico convencional —no hay mujeres exuberantes ni hombres guapos—, muestra cómo ahora esas series, manejadas por talentosos directores y productores, tienen la misma capacidad de auscultar el alma humana y las dolencias de una sociedad que una novela larga. Y su destreza narrativa sigue con Mejor llama a Saúl, que acaba de iniciar su segunda temporada, trabajando sobre un material que me parece extraordinario: el análisis de un hombre derrotado que, a pesar de saberlo, sigue saliendo al ruedo para dar la batalla.