Cultura

Remedios para curarse lo siniestro: Belle and Sebastian en concierto

Los paisajes invisibles

Los conciertos de Belle and Sebastian en el Metropólitan celebraron tres décadas de canciones nacidas del dolor, capaces de hallar alegría y compañía debajo de la melancolía.

La banda escocesa Belle and Sebastian debutó hace tres décadas con los álbumes Tigermilk e If You’re Feeling Sinister, que a pesar de su producción austera, tiraje limitado y sellos discográficos distintos, articulan una entidad bicéfala por sus canciones depresivas y los solitarios, retraídos personajes que habitan las cuatro caras de esos vinilos. La música de Belle and Sebastian, germinada de la inspiración de Stuart Murdoch, es como la salida de emergencia para todo ser atormentado por la metáfora anímico–existencial de Cesare Pavese, trabajar cansa. Y es que, al igual que el poeta italiano, Murdoch proviene de las catacumbas de la dolencia. En la niñez fue víctima de bullying. Enfermó de síndrome de fatiga crónica o encefalomielitis miálgica que lo encerró en su habitación, lo llevó de clínica en clínica, programas de salud, terapia de arte y paliativos religiosos en busca de una cura para ese u otros males: daltonismo, asma, alergias, una variopinta colección de desarreglos que por fortuna no lo arrinconaron. Al contrario, del pesar surgió su voluntad creadora. Además de componer, ha escrito un par de libros, dirigió clips de la banda y un largometraje, God Help the Girl (2014), inspirada en sí mismo: Eve, una chica afectada por cierto desorden, halla refugio en el canto. Junto con otro par de outsiders recupera la estabilidad formando un grupo y luego se emancipa del pantano que la estanca, Glasgow (cuna de Belle and Sebastian), emprendiendo la huida a Londres sin mirar atrás.

Algo similar sucede en su novela Nobody’s Empire (mismo título de uno de sus tracks), mezcla de Bildungsroman, autoficción, realismo íntimo con ecos de Salinger y la dramaturgia de Alan Bennett, en la que Stephen (alter ego de Murdoch) sale del psiquiátrico no totalmente rehabilitado pero consigue alivio a la fatiga crónica con otros compañeros de penuria, fundando una especie de familia que se ayuda mutuamente para alcanzar una catarsis: “imagínate en el primer día de un fuerte resfriado o que tienes gripe toda tu vida”. Así describe Stephen la losa que llevan a cuestas, piedra de la que solo se libera con la movilidad: igual que la chica quebradiza de su filme, Stephen viaja de Escocia a California con su mejor amigo, donde comenzará a hacer canciones en alusión a la génesis de Belle and Sebastian.

¿A qué género pertenece la banda cuyo nombre proviene de la novela homónima de Cécile Aubry, la de las aventuras del niño y su perro blanco, un imponente y leal Gigante de los Pirineos? Indie rock, pop con tintes de folk. A ratos evocan a Donovan, a los Velvet Underground, sobre todo a Nick Drake (otro genio malogrado de la música británica de los 1970, caído por la depresión). Y aunque The Boy with the Arab Strap (1988) fue aclamado por la crítica, su disco más exitoso es The Life Pursuit (2006); no obstante, Belle and Sebastian Write about Love (2010) y Girls in Peacetime Wants to Dance (2015) son excelentes grabaciones. También tienen un magnífico material diseñado para cine: Storytelling (2001), de la película de Todd Solondz, o la súper rola “Slow Graffitti” para el episodio “The Soft Touch”, el más patético y cruel de The Acid House (Paul McGuigan, 1988), basada en el libro de cuentos de Irvine Welsh.

Belle and Sebastian es, como dice el propio Stuart Murdoch, una banda que surgió de la enfermedad para hacer de la tiranía de los achaques una experiencia luminosa, transmutando lo oscuro en transparente.

Escribo esto porque las noches del 13 y 14 de mayo, Murdoch y sus cómplices festejaron los treinta años de Tigermilk e If You’re Feeling Sinister en el Metropólitan de Ciudad de México. Al verlos, escuchar su repertorio en directo, la energía que emanó del escenario me devolvió la certidumbre de que la dicha siempre asoma en la penumbra. Y no hay que buscarla. Siempre ha estado ahí, debajo de la espesa capa que urde la melancolía.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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