Con bastón y con gracia

Hombre de celuloide
L’homme qu’on aimait trop es una de las pocas películas en que el director francés deja la exploración de la homosexualidad.
L’homme qu’on aimait trop es una de las pocas películas en que el director francés deja la exploración de la homosexualidad.

Ciudad de México

Quien la haya visto… ¿cómo podría olvidar a Catherine Deneuve quitándose la blusa al ritmo del “Dueto de las flores” de Lakmé? Probablemente The Hunger fue la última película en que vimos a Deneuve resplandeciente. En L’homme qu’on aimait trop no. La obra de Téchiné desvaría un poco. Solo un poco, como ella. Y aun así, por su sensualidad un poco rancia, porque es Téchiné y porque es Deneuve desmaquillada, esto es cine que hay que ver.

L’homme qu’on aimait trop es una de las pocas películas en que el director francés deja la exploración de la homosexualidad. En esta historia de casinos y mafia la sensualidad emerge de los paisajes marinos y del amor loco de una heredera por el abogado de su madre. Hay, además, un caso para el inspector del pueblo, tres millones de francos involucrados y un crimen real que sucedió hace casi cuarenta años. Todo se combina para dar a la película el sabor local que ha hecho universal al cine de Francia.

Y con la crisis de Europa es posible argüir, además, que L’homme qu’on aimmait trop es una metáfora de lo que sucedió con las clases trabajadoras en esa Europa que de pronto se sintió suficientemente pujante como para embarcarse en la aventura de La Unión. Pero los culpables de la crisis no son aquí los capitalistas (¿cómo podrían serlo, si los héroes son dueños de un casino?). Los culpables son, como se usa en Francia, los izquierdistas o, al menos, un abogado de izquierdas que decide aliarse con la mafia italiana para apropiarse de un negocio local y volverlo global.

La dirección, el “cámara en mano”, los cortes bruscos y una que otra escena que parecen no conducir a ninguna parte, todo recuerda ese cine en que se miraba la vida con el placer de un mirón. Por mirarla y ya. Sin necesidad de justificaciones. La trama es un pretexto para filmar dos o tres escenas: una muchacha que baila como africana, una niña que se resiste al ballet, una diva cansada que canta canciones de rock. Y al fondo brilla el Mediterráneo. La imagen es deslavada. La textura imita el color de las películas Agfa, tal vez, como recordatorio de que por más que esto se filmó en la primera mitad del siglo XXI Téchiné sigue siendo pilar del gran cine francés, ese que tiene otro ritmo, un aliento distinto al cine al que nos ha acostumbrado la industria de California, siempre en tres actos, siempre lleno de diálogos chuscos. Aquí no. Téchiné trabaja como antaño: uno describe la escena y otro le pone diálogos. Es un trabajo en equipo. Como un retablo medieval.

L’homme qu’on aimmait trop cuenta varias historias interesantes que no parecen estar del todo pegadas. El producto sabe añejo y sabe bien. Quien se haya enamorado de Alain Delon, Brigitte Bardot, la Adjani o Jean-Paul Belmondo no encontrará grandes bellezas pero sí el sabor, la neuma, el recuerdo nostálgico de otro tiempo del cine. Cuando lo veíamos fumando. Cuando la Nueva Ola comenzaba a pasar de moda y Téchiné era una joven promesa que hoy sigue siendo realidad.

L’homme qu’on aimait trop (Riviera francesa). Dirección: André Téchiné. Con Catherine Deneuve, Guillaume Canet, Adéle Haenel. Francia, 2014.