Una ciudad mítica

Barcelona fue residencia de los latinoamericanos del Boom a finales de los 1960 y el sitio emblemático de escritores Jean Genet, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Enrique Vila–Matas y José Mallorquí
El atentado yihadista en Las Ramblas puso a Barcelona en el centro de la atención mundial
El atentado yihadista en Las Ramblas puso a Barcelona en el centro de la atención mundial (EFE)

Barcelona, que en los últimos años ha abrazado con fervor la lengua catalana, proscribiendo o arrinconando al español, paradójicamente es la ciudad literaria por excelencia para el mundo hispanoamericano, cuna del célebre Boom, con la agencia literaria de Carmen Bacells, y más tarde refugio y proyección de latinoamericanos como Roberto Bolaño, Rodrigo Fresán, Juan Villoro y un largo etcétera publicado por editoriales barcelonesas.

Entre los escritores del Boom que vivieron en la Barcelona de finales de los 1960, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez han proclamado la excelencia de aquella ciudad mítica. La razón, además de que todos eran jóvenes, es que en aquella Barcelona existían condiciones sociales que permitían olvidar, de vez en cuando, la existencia del franquismo. Prevalecían, además, condiciones que favorecían la convivencia y aun la complicidad entre un sector de la burguesía y uno de la vanguardia del proletariado, entre los estudiantes universitarios y sus profesores, lo que generaba actividades culturales más o menos toleradas, que transmitían la impresión de un paraíso al lado del resto del Estado español.

Míticos son también los recuerdos que de Barcelona han dejado escritores como Jean Genet, quien en su célebre Diario del ladrón, publicado en 1949, recoge sus andanzas por el Barrio Chino durante los años 30, donde ejerció de vagabundo, ladrón y chapero, así como de sus recorridos por las callejuelas del Arc del Teatre —que une la ahora llamada plaza Jean Genet y La Rambla—, el Portal de Santa Madrona, Sant Pau y Robadors, y el cabaret La Criolla, donde Genet se prostituía.

De esa misma Barcelona, mísera, de mercado negro y contrabando, fue parte Juan Marsé. Esa ciudad le inspiró novelas que hablan de los barracones del Carmelo, del descaro del barrio, de la joven que acaba ofreciéndose en un cuartito de alfombra roída y enmohecida mientras en el Ritz los generales buscan adeptos.

Y es que Barcelona es un personaje literario en la obra de Marsé, quien afirma que de la nostalgia de los arrabales de su Barcelona natal surgió precisamente Últimas tardes con Teresa. “Esa novela nació hablando. Teresa y las otras chicas me pedían que les hablara de Barcelona, y de mis barrios. Esas muchachas pertenecían a una burguesía francesa muy bien situada. Tenían una idea un poco mítica de ciertas barriadas de Barcelona, me preguntaban mucho por el Barrio Chino —ya habían leído algunas cosas. Una de ellas había leído a Jean Genet, por ejemplo, y me di cuenta de que cuanto más hablaba del Barrio Chino o del Carmelo, más les gustaba”.

Eduardo Mendoza es otro autor para el que Barcelona resulta imprescindible en su literatura, como sucede, por ejemplo, en su novela La ciudad de los prodigios, donde le toma el pulso a la ciudad real, sin inventarle taras ni atributos. Así, en algunos momentos, Barcelona es una ciudad sucia, donde la gente convierte las aceras en un basurero. Y es que la Barcelona de Mendoza alberga palomas hambrientas, gaviotas de “graznido triste y avinagrado” y barceloneses que atestan las calles.

En el plano literario, Mendoza explica que Barcelona “está en un momento muy bueno, mejor incluso de lo que nosotros mismos creemos. Barcelona es un tradicional foco de atracción de escritores tremendo, tanto de latinoamericanos como de todas partes de España. Hoy Barcelona tiene un tejido básico que permanece: queda el mismo paisaje pero reutilizado, y ha cambiado más el uso que lo físico de una Barcelona reconvertida al turismo, las zonas de recreo y los servicios”.

Hay otro autor barcelonés a la que esta ciudad debe mucho, y viceversa: Enrique Vila–Matas. Dice que apenas se ha alejado del Paseo de Sant Joan y del barrio de la Salut, aunque todo el mundo sabe que ha viajado mucho. “Cuentan —recuerda— que una vez Kafka estaba mirando desde una ventana hacia la plaza principal de su ciudad y comentó a un amigo: ‘Allí estaba mi colegio, en aquel edificio que mira hacia nosotros está la universidad y más allá hacia la izquierda mi oficina —dibujó un círculo con el dedo y agregó—: ahí se encierra toda mi vida’. En mi modesto caso, podría hablarse del círculo del barrio de la Salut como lugar en el que se encierra mi vida. Ahora bien, si usted me viera en Nueva York y no me conociera, no llegaría ni a imaginar que yo podría ser barcelonés. Con esto quiero decir que no hay nada en mí que diga que soy de aquí. Ni de allí, claro”.

Hay muchos pasajes de los libros de Vila–Matas inspirados en Barcelona. Pero el primero que le viene a la memoria al autor es el que aparece en el relato “La hora de los cansados”, perteneciente a Suicidios ejemplares. “Está basado en un hecho real —indica—. Basado en un hombre viejísimo (con un maletín) al que vi hace treinta años a las siete de la mañana, salir disparado del metro del Liceo, dirigirse al teatro para ver qué habían programado y luego, a una gran velocidad (lo que hacía difícil seguirle) caminar con el maletín por calles intrincadas hasta la Catedral. Allí entró por la puerta de la sacristía y desapareció, dejándonos muy cansados a mí y a unos amigos que me acompañaron en la persecución. Cuando, después de la larga noche en blanco y de la ardua persecución, nos retiramos a dormir a casa, imaginamos que en unos instantes iba a estallar una bomba en la catedral. Aquel viejo andarín tan veloz parecía salido de ultratumba: un viejo anarquista que había vuelto… Todo eso desencadenó un cuento.

“El segundo pasaje que me viene a la memoria es la escena de Hamlet, representada en la Mas Bernat, bajo la batuta de la librera Montse Serrano, el duende del lugar. En su librería transcurre gran parte de mi novela Aire de Dylan. Actualmente escribo cerca de ahí, en el mismo inmueble en el que José Mallorquí escribió la serie de El Coyote, los bestsellers de la postguerra, esas novelas populares que llegaron a ser lo más vendido de su época”.

Barcelona ha sido motivo de numerosas obras literarias, artísticas, musicales. Es una ciudad agradable, diversa, estimulante. Fachada por fachada hay un mosaico muy variado de historias. Es, como aseguraba Manuel Vázquez Montalbán, una ciudad tremendamente collage donde no se observa una uniformidad de barrios enteros iguales, al menos en la zona visible, y donde hay que ir a los mercados para poder verla en todo su esplendor. Una ciudad que ha sido tocada por el horror del terrorismo, pero donde nadie se rinde.