Saciar

Casta diva
Bodegón con jarrón con flores
Bodegón con jarrón con flores (fragmento)

La contemporaneidad divaga entre qué es arte o aplicar el igualitarismo y premiar cualquier cosa con la medalla de “obra de arte”. Es una duda banal que persigue no definir una respuesta. Lo que queda fuera en esta disyuntiva es la contemplación, que establece la gran diferencia. Las obras que se acaban en la primera visión y no tenemos la necesidad de regresar a ellas, porque su presencia es una reducida muestra de inmediatez, porque carecen de complejidad real o de inexplicable seducción, no podemos asimilarlas como arte. Plotonio, en su tratado Sobre la belleza, retoma la leyenda de Lince “de cuyos ojos salían rayos que penetraban las profundidades de la Tierra” y afirma que nunca nos saciamos de contemplar, “contemplando, se contempla siempre más”, porque somos Intelecto, así, en altas, la inteligencia es un ser en sí mismo. La belleza vuelve incansable a la contemplación, son las obras que nos incitan a encontrar algo más, a descubrir eso que no habíamos percibido. Los sentidos se unen al raciocinio. Aristóteles afirmaba que el arte y las palabras poseían una energeia, una fuerza que penetraba en nuestro intelecto, capaz de generar reacciones y recuerdos en nuestra mente. Entonces la contemplación es una energía que nos empuja a un acto intelectual, a percibir, analizar, poseer la obra en nuestra memoria hasta comprender, es decir atrapar prenhendere, hacer que esa obra ingrese en nuestro intelecto desde los elementos que tomamos de ella. La insistencia historiográfica de que la época define la condición de arte no toma en cuenta la capacidad de la obra de ser contemplada, ese proceso de la inteligencia no está supeditado a condiciones políticas o sociales momentáneas. La obra que genera esa insaciabilidad de contemplación, como dice Plotonio, tiene una relación íntima e individual que no funciona por decreto. La obra que es “muy actual en sus medios y mensaje” y no provoca sed de contemplar no es arte aunque la época lo ordene. Presenciamos, escuchamos y leemos demasiadas obras y son pocas las que generan una relación con nosotros: ese concierto que escuchamos cientos de veces, ese poema que leemos y repetimos, la cita puntual con un artista en distintos museos, en esa necesidad de poseer la obra está su trascendencia y su intemporalidad. El presente del arte es la contemplación, no la cronología de la obra. Los que pretenden dictar las tendencias de cada época no pueden decidir sobre nuestra sed de contemplación, en esa libertad está el arte.

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