Ausencia es dolor

La guerra en la niebla acude a la figura del hijo desaparecido para encarar uno de los rostros sombríos de México
'La guerra en la niebla' pieza de Alejandro Ricaño
'La guerra en la niebla' pieza de Alejandro Ricaño (Pili Pala)

Una familia incrustada en la neblina abismal que genera la desaparición de uno de los hijos padece, desde el centro del dolor, el exaltamiento, la desconfianza, la enfermedad, el engaño, la ansiedad y la emergencia de las propias miserias, que en la vieja cotidianidad pasaban inadvertidas. Alejandro Ricaño incursiona con su obra La guerra en la niebla en el género del thriller social en que se ha transformado la vida de gran cantidad de personas en México.

Autor de obras como El amor de las luciérnagas, Más pequeños que el Guggenheim y Lo que queda de nosotros, por mencionar solo tres de más de una decena de sus piezas dramáticas, Ricaño decide dejar a un lado las preocupaciones existenciales para adentrarse en la vorágine que implica no saber nada de un hijo y hermano, a nueve meses de que acudió a una fiesta.

Hasta una pequeña casa alejada de la ciudad, donde vive desde hace seis meses este matrimonio de mediana edad con su joven hija, en el punto muerto de la espera, llega un ex teniente que cobrará para ayudar en busca de respuestas.   

Ricaño, dramaturgo nacido en Xalapa en 1982, que en este caso es también director de escena, ubica a la madre, el padre, la hija y el tío dentro de un pequeño búnker para que sigan orbitando alrededor de su desgracia.

La espera ha transformado a los personajes que buscan respuesta a la cascada de preguntas detonadas por la ausencia. La madre, desbordada en su desesperación, agrede, desenmascara y evidencia grotescamente la bajeza del tío Benny, ahí presente. Lisa Owen construye la cuarteadura interior de un personaje que apenas puede decir que está vivo.

 Arturo Ríos, en el papel del padre que encripta su sufrimiento para adherirse a una mínima posibilidad de saber algo sobre la inmensidad que ignora, contiene ese océano de llanto que apenas asoma cuando aparece un nuevo signo, por vacío que pueda intuirlo.

Por su parte, Álvaro Guerrero, como el ex militar cuya anunciada experiencia aporta una mínima luz a la carencia de certezas, deja ver un personaje en el filo del acantilado interior que esculpe inmisericorde lo que deja la desaparición de personas.

Sara Pinet se ve obligada en esta ocasión a edificar un personaje rudo, sin la gracia y la dulzura de otros tantos, salidos de la pluma de este mismo autor, que pegan y soban al espectador al mismo tiempo. La hermana del joven desaparecido es una mujer acotada por su nueva circunstancia, que grita su fragilidad desde un dolor petrificado, sin dejar de hacer un último guiño a esa confianza que solo puede haber entre hermanos.  

Adrián Vázquez, autor, actor y director, que en este montaje encarna al Tío Benny, crea al personaje depredador y estridente, del que nadie podría externar sospecha. 

Este elenco de actrices y actores de probado profesionalismo genera la tensión de una obra contenedora de secretos y revelaciones, cuya trama central desgaja una historia dentro de otra: aconteceres en la vida de los personajes, enlazados mediante acciones permeadas de descuidos, engaños e incertidumbres que levantan una amplia derrota ante el vacío de autoridad y justicia que nos agobia.

La obra de Ricaño se interna en esa zona minada en la que se vuelve la vida de quienes se quedan sin posibilidad de cerrar su duelo, de abandonar la esperanza, aunque esté muerta. Su texto se acerca al tiempo encapsulado de quienes se encuentran presos de sí mismos, de sus angustias y miedos, internos en un laberinto de preguntas, de reproches y rabia, adicciones y enfermedades, que agigantan su impotencia.

La guerra en la niebla no solo muestra el pantano de los dolientes, sino que da un giro hacia la capacidad humana del abuso, desde la absoluta indefensión que hunde a quienes no vuelven a ver a su hijo amado.