El asesino de Cervantes

Escolios.
La cueva de Medrano.
La cueva de Medrano. (Especial)

Acaso el personaje de ficción literaria más famoso de todos los tiempos sea el Quijote, ideado por un casi fantasmal Miguel de Cervantes (1547–1616). En efecto, casi todos conocen al Quijote y muchos lo confunden con un personaje histórico, protagonista de chuscas pero ejemplares hazañas; en cambio, pocos alcanzan a apreciar a Cervantes como un hombre de carne y hueso. Ya en vida del escritor, el abusivo personaje había superado en fama a su creador y Cervantes lo asumió genialmente cuando escribió la segunda parte de su novela. Pero ¿quién es este individuo descabezado por su invención? Los datos de su vida son pocos y las conjeturas muchas: Cervantes nace en el seno de una familia empobrecida, estudia irregularmente y tiene una crianza precaria y errática. Es un cosmopolita a la manera en que le resulta viable serlo a un pobre, a través de la aventura y la servidumbre militar. De joven viaja a Italia, al parecer huyendo de una reyerta, y se incorpora a la milicia, pelea en Lepanto donde la coalición cristiana derrota a los turcos, se licencia del ejército y cuando regresa a su patria es secuestrado y llevado a Argel donde pasa un lustro en cautiverio moro. Por fin liberado, Cervantes regresa a España, pide mercedes y empleos (entre ellos venir a Nueva España) que invariablemente le niegan; practica con muy modesto éxito su temprana vocación como escritor, rodeado por la burla y animadversión de sus colegas más encumbrados; se casa, abandona a su mujer por años; se emplea como comisario de abastos y luego como recaudador de impuestos. Sufre las mayores penurias laborales, las incomodidades del trotamundos, las intrigas y celos de la baja burocracia y, por un tiempo, hasta va a dar a la cárcel.

Definitivamente la biografía de Cervantes no es un caso de éxito: aspira a una hidalguía que se riñe con su realidad de empleadillo y escritor ignorado, con el estigma de un par de hermanas (las “Cervantas”) que viven de liarse con hombres y con sospechas sobre su propia virilidad. Sus días transcurren entre humillaciones, ambiciones frustradas y pleitos legales. Este infortunado soldado, alcabalero, solicitador de favores, fracasado como negociante y literato, ya viejo, inventa el Quijote. Resulta sintomático que un soldado que combatió en las mayores batallas de su tiempo, como Cervantes, retrate a un guerrero enajenado, provecto y risible como el Quijote. Este caballero débil y perturbado manifiesta una solidaridad extensiva, que supera las fórmulas aceptadas socialmente de empatía, con todo aquel que es víctima de la injusticia, la ofensa y la exclusión. La capacidad de conmoción y contagio emocional de esta criatura ficticia solo puede concebirla alguien que ha conocido los más diversos matices del sufrimiento y la marginación. Sin embargo, a Cervantes le falta la última estocada del destino: el que su personaje frágil y cómico se convierta en un héroe trepador y lo remita definitivamente a las sombras.