El Chopo: corazón de cerdo

Guía visual
El Museo del Chopo
El Museo del Chopo

De modo que aquí estoy: recién asaltada, jeans negros desgastados, camisa blanca, gafas de pasta negra, cabellos revueltos por la agitación de perseguir inútilmente mi bolsa robada en la gran ciudad chilanga: una dizque Luisa Lane sin Superman intentando almacenar imágenes y sonidos en el cerebro lleno de adrenalina y deseosa de apresar la esencia de lo que ahora llaman el Chopping, nacido como Tianguis del Chopo para hacer trueque de discos y libros. “¿No estaré haciendo turismo sociológico?”, me pregunto mientras recuerdo cómo corrimos, tras el adolescente talón, el señor atildado paseando por la avenida vacía y la dueña del perro que hacía sus necesidades frente a la Librería Buñuel, cerrada bajo un anuncio de venta.

En la calle de Sol, cerca del Museo Universitario del Chopo que el 25 de noviembre cumplió 40 años, decenas de ojos siguen con atención los movimientos de un flaco de greña larga, torso desnudo y  pantalón agujerado. En el improvisado escenario se escucha música heavy-metalera mientras Antonio Sánchez abre la pequeña jaula plateada para sacar un corazón de cerdo atravesado por una daga. Dirán qué mamada pero cuando Antonio arranca absorto el cuchillo cuarenta gargantas emiten un profundo ¡agh!.  Luego el performancero sabatino (es mecánico) nos acerca la víscera y dos rudos darkies se echan para atrás. Uno, maquillaje blanco y cresta azul eléctrico, pregunta en tono de falsete: “¿Es un corazón  humano?” Su chava, punk con encajes negros y ojos violeta como de ópera china, susurra: “No, güey, es de cerdo”. Antonio mete el corazón en el pecho hueco del maniquí. Luego la entierra furiosamente bajo cientos de hojas secas.

Varias semanas después Antonio me dirá: “Soy artista plástico y escénico. Me gusta hacer arte del dolor porque la oscuridad no es la apariencia sino la esencia. El performance es un producto de moda, hay personas pintarrajeadas, vestidas de negro, haciéndole al tonto, pero uso estos vehículos para que salga a flor mi creatividad. Aquel que viva en lo bonito no pertenece a esta dimensión. Proceso mi negrura con versos de Leopoldo María Panero, poeta contemporáneo y radical: “La vida es un borracho/ una ebriedad de espanto/ un lugar en el cieno”.

—Me emocionó extrañamente tu performance del corazón de cerdo.

—Cuando enterré el corazón fue el momento catártico. Desde tiempo atrás arrastro vínculos con mujeres. Aquí un personaje atado con cadenas se incorpora para encontrar su corazón. Utilizo la memoria para mover emociones. Estoy en otra etapa de hundimiento a existencial: “Como un perro, me ladro y escarbo en los restos de mi alma”.

—¿El Chopping sigue siendo contracultural?

—Siempre va a existir la contracultura fuera de los circuitos aceptados pues hay muchas diferencias sociales.

Decido terminar mientras, por una de esas coincidencias cargadas de sentido según los subterráneos de El Chopo, se oye una  rola de Haragán y Cía.: “Quería seguir los pasos de Jesús… lo crucificaron en una cruz/ Yo lo vi/ yo estuve ahí/ […] Él es un Jesucristo del barrio”.