El salvaje de la imaginación

La publicación de la Obra completa bilingüe de Arthur Rimbaud supone un acontecimiento en lengua española

Como dice el escritor y traductor español Mauro Armiño, iconoclasta o no, Rimbaud siguió su propio camino y los demás se quedaron detrás. “Y se quedaron atrás —afirma— para nada, porque Rimbaud siguió sin existir hasta el siglo XX, ya que en su época solo se conocían unos cuantos poemas suyos en unas cuantas revistitas. Su libro —el único que publicó en vida, Una temporada en el infierno— solo llegó a seis personas porque los ejemplares se quedaron en un cajón en Bruselas y no fueron descubiertos hasta 1901. ¿Quién lo conocía? Lo conocía Verlaine, quien tuvo el manuscrito de las Iluminaciones en la mano. Rimbaud se lo dio en Stuttgart para que se lo entregara a Germain Nouveau, el encargado de la edición, y debe suponerse que lo leyó; pero no le sirvió de nada porque después de la ruptura con Rimbaud, y después de la cárcel, Verlaine se convirtió en un poeta faldero, del régimen, de la religión, penoso, con muy poco interés”.

Hoy la obra de Rimbaud, dice Armiño (1944) en entrevista, está muy bien difundida en Francia, ya que se trata de una figura mítica. Sin embargo, dice que en lengua española se ha tratado de forma muy dispersa y desigual.

Así que en un acto de justicia literaria, Armiño trabajó durante años en la paciente traducción de la poesía completa de Rimbaud, hasta que el editor del sello Atalanta le encargó poner fin al proyecto para llevar a cabo la edición, en un solo volumen, de la Obra completa bilingüe de Rimbaud, que ha comenzado a circular en México y España. Incluye, entre otros materiales que no habían aparecido en nuestra lengua, la correspondencia completa y un breve “Diccionario Rimbaud” con las biografías de las personas relacionadas con él en su etapa de formación, tanto familiares como poetas y amigos, además de varias de las figuras presentes en sus cartas de África; también sus trabajos y ejercicios de traducciones del latín y los poemas zutistas, que las dos mejores ediciones de la “poesía completa” en español —la de Antonio Martínez Sarrión y la de Miguel Casado— habían dejado fuera sin siquiera mencionarlos, quizá por escatológicos o por difíciles de entender, pero que Armiño ha podido enfrentar “gracias a un texto de 700 páginas recientemente publicado que los analiza verso a verso y los relaciona con los del resto de los zutistas* —pues utilizaban una jerga solo comprensible para ellos”.

Armiño trabajó también Un corazón bajo una sotana, un texto que ya estaba traducido pero no contaba con el análisis de dos investigadores que encontraron palabras bajo las que subyacían, dentro del lenguaje colegial, términos sexuales e insultos relacionados con el sexo. “Así que su lectura se convierte en algo muy distinto, que no es más que una denuncia de la pederastia que había en el seminario por el que Rimbaud pasó, a lo que nadie había prestado ningún interés”, señala el traductor.

Asimismo, Armiño ha intentado arrojar luz sobre la relación de la extraña pareja Verlaine–Rimbaud, y como documentación aporta las transcripciones del proceso que le siguieron a Verlaine cuando disparó a Rimbaud, con las denuncias, los interrogatorios e incluso el informe del forense. Sobre el disparo se montó la denuncia de la mujer de Verlaine quien los acusó de homosexuales, por lo que el juez decidió investigar y envió al forense a que le hiciera pruebas a Verlaine. En ese sentido, Armiño sugiere que sería muy interesante mezclar la obra de Verlaine y la de Rimbaud en los momentos en que están juntos, “porque hay poemas que se responden, algo que vio muy bien Luis Cernuda en un poema sobre ambos”.

Respecto a la correspondencia de Rimbaud, Armiño aclara que si bien nunca se había reunido de forma tan completa en nuestro idioma como en este volumen, hubiera querido añadir la correspondencia de Isabelle, la hermana de Rimbaud, y algunos textos que escribió ella durante la operación que llevó a cabo tratando de ocultar la homosexualidad del poeta, porque la familia estaba tan avergonzada que incluso la madre de Rimbaud no fue a su entierro.

Por lo que toca a la obra, Armiño —dos veces Premio Nacional de Traducción, por la Poesía de Rosalía de Castro y por la Historia de mi vida de Giacomo Casanova— dice que su manera de enfrentarse a la poesía de Rimbaud ha partido de un trabajo meticuloso, sin creerse poeta. “Me enfrento a los textos como traductor, porque hay traductores que son muy buenos poetas y piensan que pueden hacer lo que les dé la gana; pero esas ya no son traducciones, sino versiones. Poetas como Octavio Paz, por ejemplo, cuando traducen meten cuchara, y hay algunos que aciertan muchísimo, pero otros no. Hay mucha obra de Rimbaud, sobre todo los últimos poemas, que son chisporroteos, fogonazos, cosas que se lanzan, en las que uno se pregunta qué significan, qué quieren decir, y son duros de pelar, por lo que en las notas que acompañan la edición asiento lo que dicen al respecto los principales rimbaudeanos, a los que el lector puede acudir para contrastar el sentido que tendrían los textos. Sobre todo Iluminaciones y los últimos poemas están aún por encontrar sentido, si es que hay que buscarlo y si es que lo tienen”.

A fin de cuentas, la poesía y el lenguaje de Rimbaud, explica Armiño, tienen que ver con diversos elementos a considerar. “Rimbaud tuvo una formación en latín y leyó a los clásicos. A los 15 años de edad se disparan las conexiones y nosotros pedimos lógica, pero en un joven hay que tener en cuenta la inocencia de una mente que utiliza un lenguaje que ha aprendido, y muy bien, y cuyos primeros poemas reflejan a Victor Hugo. A los tres meses, sin embargo, Rimbaud se desdice y juzga que Victor Hugo es un idiota y que no vale para nada. Después hay que recordar que se declaró parnasiano, pero que apenas leyó dos o tres textos parnasianos. Quería publicar, esa era su gran obsesión, aunque después casi no lo haya hecho. Así que tenemos a un poeta que rompe los nexos lógicos, que entienden mejor los jóvenes, un poeta de una inocencia salvaje.

Basta recordar que cuando llegó a París nadie quería tratarlo. La mujer de Verlaine lo echó de su casa y los amigos a quien recién conocía lo acogieron de forma encantadora porque era un chico muy guapo, de ojos azules. Enseguida se dieron cuenta de que no era educado, que si te descuidabas te pegaba una patada, si lo metías en tu casa te robaba, si había un recital de poesía él gritaba ¡vaya mierda!, que llevaba un bastón–estoque. Así que rápidamente lo abandonaron y solo Verlaine se quedó con él. Era un rebelde. En cuanto le ponías algo, lo derribaba.

Por eso más tarde, cuando volvió a París de Bruselas, tras haber publicado Una temporada en el infierno, de donde traía diez ejemplares que le robó al editor, al que no le pagó la edición, lo regaló a cinco o seis amigos, entre ellos Verlaine, pues nadie lo admitía. Y por eso, o por lo que sea, decide romper con todo y sumirse en ese silencio que nadie se explica. Pasan diez u once años desde que se va de París y no hay ni un solo dato de que cite, mencione, nombre, a ninguno de los poetas amigos suyos. En las trescientas y pico de páginas de cartas no habla de un solo libro, ni siquiera de Los miserables. Solo pide libros sobre herramientas para hacer carpintería”.

En todo caso, Armiño habla de un lenguaje “muy real”, donde “la metáfora se dispara de pronto”. Y después, en las Iluminaciones, que fueron escritas en Londres, “se queda muy sorprendido de la ciudad industrial que le sugiere metáforas muy elevadas, y traslada el paso lógico de la metáfora y de la comparación. Luego se va y escribe los chisporroteos de los que hablé. ¿Producto de qué? Creo que desde el principio fue un salvaje de la imaginación que se bastaba a sí mismo para su propia rebeldía, que rechazaba a los maestros: Baudelaire, Victor Hugo, que le parecían poco. ¿Influido por las drogas? No, porque en ese momento no conocía más que el ajenjo y el vino. Rimbaud se emborrachaba con vino y dado que no tenía dinero debía ser un vino malo. Fue en Londres donde frecuentó algunos fumaderos de opio, pero no hay datos sino sospechas y alusiones. Hay que recordar que la leyenda del poeta maldito llega después, hasta que Verlaine escribe Los poetas malditos (1884)”.

La producción de Rimbaud, considera el traductor, podría quizá explicarse por su biografía. “Los primeros poemas son los del vagabundo que va de pueblo en pueblo, con los zapatos rotos, y se fija en la moza que le sirve café. Después tenemos la Comuna, de la que se han inventado leyendas pues no hay datos, solo tres o cuatro poemas que se refieren a ella. Rimbaud pasó por encima de todo y eso fue también una parada más de su vagabundeo. La poesía de Rimbaud es un hecho individual de una rebeldía que se ha cocinado por la falta de padre y por una madre durísima. La rebeldía que explota durante cuatro años toma un rumbo, arrancando de Victor Hugo, con la lectura de Baudelaire y de los parnasianos, y sigue, y ese seguir da un resultado”.

Precisamente en cuanto a la biografía de Rimbaud (1854–1898), Armiño, quien recomienda la exhaustiva investigación y documentación elaborada por Jean Jacques Lefrère (Arthur Rimbaud, Fayard, 2001), que recoge todo lo que sabemos del poeta, sostiene que pese a existir la duda sobre por qué abandonó la literatura, no hay nada relevante que pueda aparecer. “Rimbaud no se acuerda de nada. Es el muro y, después del muro, la nada. No tiene nada que ver con la literatura. Es un señor que dice que quiere ganar dinero y que volverá a Francia con dinero. En sus poemas iniciales todo es alegría de vivir, la furia del deseo. El dinero aparece como desprecio al mundo de la burguesía”.

Lo cierto, relata Armiño, “es que una vez que termina de escribir Una temporada en el infierno, a raíz del disparo de Verlaine en Bruselas en 1873, Rimbaud va a casa de su madre, se refugia en el granero, escribe los tres poemas de apertura donde hace referencia a ese hecho, e incluye tres poemas más en prosa, escritos en Londres, sobre el hundimiento del mundo, todo como venganza hacia Verlaine, una especie de carta de amor–separación de Verlaine”. Y después… nada. A partir de ese momento, el poeta deambula por Europa de una ciudad a otra, y el 14 de octubre de 1875 le escribe a Ernest Delahaye —a quien en mayo de 1873 le había anunciado el proyecto de escribir un Libro pagano o Libro negro, con “historias atroces”— una carta desde Charleville que contiene su última manifestación poética conocida: “Sueño”, un texto muy admirado por André Breton, quien dijo que constituía el testamento espiritual y poético de Rimbaud, en el que, como apunta Armiño, el poeta surrealista ve la despedida del “adulto” al “vidente”, aunque se trata de un texto en el que “hay términos de la jerga convencional de los poetas amigos, derivados, anglicismos, burla de las rimas y deformaciones”.

Para Armiño, las principales aportaciones de Rimbaud a la literatura universal se encuentran, sobre todo, en los últimos poemas, en Una temporada en el infierno y en gran parte de las Iluminaciones, con toda la oscuridad que mantienen, pues “rompen con todo y son de una enorme potencia. Ahí asume su biografía y la mezcla, elevando la historia de Francia a una visión personal muy desgarrada”.

En último término, su influencia podría resumirse, concluye Mauro Armiño, en el espíritu. “Es un tipo de obra que no tiene continuaciones, porque hacerlo sería copiarla. Así que su influencia es el espíritu de rebeldía frente a lo anterior, el espíritu del cometa que sale disparado y de pronto estalla, algo que la mayoría de los poetas jóvenes quiere hacer. Rimbaud abrió y cerró, y debió pensar que ya no había necesidad de seguir escribiendo si ya lo había contado todo. Es algo que puede pensar uno para explicar por qué dejó de escribir. La suya es una forma de ser poeta: romper con todo, dar un papirotazo y decir ahí se quedan”.

*De acuerdo con Wikipedia: El Círculo de los Zutistas(en francés: Cercle des poètes Zutiques) se reunía en el Hôtel des Étrangers(Hotel de los extranjeros o también traducible como Hotel de los extraños), en el boulevard Saint–Michel de París a finales de 1871. Algunos de los poetas que formaban parte de él eran Charles Cros, Arthur Rimbaud, Paul Verlaine, André Gill, Ernest Cabaner, Léon Valade y Camille Pelletan.