Las arrugas del tiempo

Merde!
Escena de Los albañiles.
Escena de Los albañiles. (INBA)

Uno cree descubrir el hilo negro de la religión, la explotación y el poder como forma de cooptación de los conjuntos humanos, pero lo que resulta de esa denuncia es el lugar común: un clisé. No hay arte, hay compromiso social. No hay obra literaria, hay frases repetitivas sobre el orden caótico de la vida y sus protagonistas.

La obviedad: la religión no acepta cambios de ningún tipo. Un dogma es un dogma. Fuera el psicoanálisis para entender a Dios y su hijo, Jesús. Freud no tiene permiso de entrar a ese reino donde los fanáticos no piensan, actúan según sus creencias. Tampoco la historia interpretada en la que León Toral asesina a Obregón. En la que un fanático puede matar por ignorancia. Y nadie  descubre la muerte del velador de la obra de los albañiles porque todos somos los asesinos.

Vicente Leñero escribe Pueblo rechazado, El juicio y Los albañiles para describir un estado anímico, el mexicano, y sus creencias en Dios, el gobierno y las clases sociales. Estela Leñero, Luis de Tavira, José Ramón Enríquez y Naolli Eguiarte adaptan las obras en un “Proyecto Leñero” que termina en triple clisé que poco se entiende. Apenas de creerse que cuatro no puedan contra uno que, ya muerto, no tiene quien lo defienda.

Un dineral de presupuesto para justificar un montaje de la Compañía Nacional de Teatro cuyos actores —esta vez sin excepción— están para llorar en sus estereotipos sin médula. Inconcebible. El sustento no da más que para hacer teatro pastiche. Las arrugas del tiempo se notan en las costuras.

Pero el hubiera no existe. Por eso no puede uno pedir respeto a Vicente Leñero para sus derechos autorales. Seguro él no hubiera permitido semejante orden dramatúrgico por parte del director de la CNT, justo una de las razones de su separación profesional con el director, desde La noche de Hernán Cortés. No es que Leñero tuviera razón, pero eran sus obras. Sé que nadie se atreverá a escribir lo que escribo y por eso la necesidad de hacerlo.

Dura poco más de tres horas el Frankenstein teatral. El público no sabe qué pretende el director y es hasta el final que —si lees el programa de mano— entiendes que el “Proyecto Leñero” va para más montajes. Lamentable que nadie le ponga un hasta aquí al despropósito. Luis de Tavira no tiene ningún interés por la dramaturgia mexicana. Cuando la monta se nota a leguas. Cuando adapta a los alemanes pasa la prueba y logra montajes tan hermosos como El círculo de Tiza. Pero el triste caso de Vicente Leñero es eso: triste… y lamentable.

Los argumentos saltan a la luz del montaje en el Julio Castillo. Nadie entiende nada hasta que se acaba y la gente aplaude por aburrimiento. Solo los que llegan al final, porque varios ya se fueron. Qué poca autocrítica de parte de la Compañía Nacional de Teatro. Qué poca inteligencia de las instituciones al dar carta blanca para que estos sucesos pasen de noche y nadie arme una queja contra la estética del arte. Sería censura, dirán. No: respeto a un público pensante.