La distopía coja

Escolios
George Orwell
George Orwell (Especial)

La distopía es un género de ficción siniestra que observa cómo ciertas tendencias sociales, aparentemente benéficas o anodinas, pueden convertirse en una pesadilla. Aunque existe un amplio acervo de autores que podrían calificarse como distópicos (desde Luciano hasta Jonathan Swift o Anatole France), la distopía como género florece mayormente a partir del siglo XX, cuando los riesgos de la vida moderna (la dominación tecnológica, la depredación del medio ambiente, la guerra nuclear, las sociedades vigiladas) se globalizan y pueden llevarse a los grados más altos de la fabulación pesimista. En especial, la distopía contemporánea ha encontrado un territorio fértil en la política y ha funcionado como alarma en periodos especialmente amenazantes para la libertad humana (la escalada de los sueños totalitarios. el macartismo y la Guerra Fría, las etapas de tensión nuclear o los años del fundamentalismo y el terrorismo). Los clásicos distópicos de Yevguen Zamiatin, George Orwell, Aldous Huxley y Ray Bradbury, por ejemplo, retrataron de manera escalofriante la vulnerabilidad del individuo ante las aspiraciones a la perfección de las ideologías maximalistas de distinto signo.

Más adelante, hay muchas distopías, ucronías y otras formas de la “imaginación del desastre” que retratan el ascenso de figuras autoritarias o hipotéticas involuciones políticas (piénsese en Philip Roth o Michel Houellebecq); sin embargo, la distopía se queda corta ante muy recientes acontecimientos (el Brexit, Trump) que podrían implicar un auténtico retroceso en el lento y tortuoso proceso de la civilización. En el seno de las democracias más reputadas, y con sorprendente participación popular, se debilitan los consensos en torno a los valores liberales, los procesos democráticos y las sociedades abiertas y avanzan proyectos aislacionistas, xenófobos y soterradamente autocráticos. Hoy, el populismo tragicómico ya no es monopolio de la periferia y en las metrópolis pululan personajes carismáticos forjados en los medios masivos y el lodazal farandulero; se fatigan los mecanismos perfectibles pero irremplazables de la toma de decisiones democráticas y se entronizan discursos y gestos retardatarios en materia de política, diplomacia, ciencia, libertades, derechos humanos y simple urbanidad. En medio de ceremonias entre cursis y tenebrosas, asistimos a un territorio que no fue anticipado por ninguna distopía y que parece aún más incierto que el de la ficción.

@Sobreperdonar