La niña y la flor

Vibraciones
Amy Beach
Amy Beach ((Elmer Chickering))

Clara Imogene Macy (1845-1911), pianista y cantante amateur, y Charles Abbott Cheney (1844-1895), fabricante de papel, tienen una hija el 5 de septiembre de 1867 —en Henniker, New Hampshire— y la bautizan como Amy Marcy Cheney. Es una bebé extraordinaria: al año es capaz de cantar más de 40 temas folclóricos y, a los 4, en el piano, toca de memoria valses de Strauss y compone uno propio que dedica a su madre.

La familia se muda a Boston en 1875 y Amy aprende a componer por su cuenta. Se encierra en su cuarto y estudia sola los tratados sobre orquestación de Héctor Berlioz y Auguste Gevaert. Su sensibilidad con respecto al piano adquiere un sesgo cromático. Cierra los ojos y ve negras las tonalidades menores; en las mayores observa brillantes colisiones entre verdes, azules, rojos, amarillos y morados.

En 1880, a los 13, Amy musicaliza un poema (“The Rainy Day”) de H. W. Longfellow, el artista más famoso de Boston; el resultado es una canción para piano y voz —de preferencia soprano— escrita en fa menor —tonalidad que Amy asocia a la tristeza— con un lenguaje lírico plenamente romántico de lánguidas atmósferas grises que acentúan el quieto misterio de un gélido día lóbrego y desolado.

Por intermediación de los intelectuales locales —como el compositor William Mason, el abogado Oliver Wendell Holmes y el musicólogo Percy Goetschius—, Amy se presenta —el 24 de octubre de 1883— por primera vez como solista al frente de una orquesta —que dirige Adolf Neuendorff— e interpreta el Gran rondó de concierto de Chopin y el Tercer concierto para piano de Beethoven con una cadenza propia. Casi dos años después —el 28 de marzo de 1885— debuta el Segundo concierto para piano de Chopin con la Sinfónica de Boston bajo la batuta del austriaco Wilhelm Gericke.

A finales de ese año, Amy se casa con Henry Harris Aubrey Beach (1843-1910), maestro de anatomía que le dobla la edad (42). Se trata de un matrimonio de conveniencia. A Amy le conviene dejar de vivir con su madre y a la madre le conviene que Amy viva con un hombre que piensa como ella: una mujer decente no puede llevar la vida itinerante que exige la carrera de pianista. Por lo tanto, lo primero que Henry le pide a su esposa es que abandone su carrera como concertista. Sin embargo, en un gesto atípico en el entorno de una sociedad de costumbres victorianas, le dice que componga, pero ya no valses o canciones, sino obras de grandes dimensiones.

Amy Beach —nombre con el que comienza a firmar sus partituras— compone la Primera sinfonía (1896), con el subtítulo “Gaeilic”, y el Concierto para piano (1899). De esta última obra, escrita a sus 32 años, destaca la expresión sombría de los dos temas que construyen la forma sonata —tradicional en su estructura— del movimiento inaugural (cuya duración frisa los 20 minutos).

El primer tema, a cargo de la orquesta, es áspero y lento; avanza desde el temor, desde la desgracia. Después, el piano ejecuta una cadenza que resalta por intrépida y despreocupada, por ajena a la tristeza, por apelar a un virtuosismo melódico en tiempos del miedo. Un melodismo lírico y alegre, que ilumina y bordea apasionados pensamientos de danza. Pero ese mismo piano que, onírico, escapa de la nostalgia, se encarga, al presentar el segundo tema, de destruir cualquier esperanza. Su trágica melodía está basada en una de las primeras canciones de arte que Amy Beach escribió: “Jeune fille et jeune fleur” (la cuarta pieza de su Op.1), sobre un padre que entierra a su hija. Entonces todos los parámetros del sonido —colores, silencios, dinámicas…— son atravesados por la imagen de una niña muerta. Y el sufrimiento es insoportable por su falta de sentido: un dolor que se abre de cara al infinito.