Sobre diarios y escritos íntimos

Ambos mundos
John Cheever
John Cheever (Especial)

He tenido la suerte de pasar gran parte de este mes hablando sobre los diarios personales de algunos escritores y, en general, sobre la escritura. Indagando los orígenes fui a dar a Heródoto y sus Nueve libros de la historia, que es un Yo enfrentado al mundo, seleccionando el material que lo apasiona, observando y opinando hasta hacer un retrato no solo de su época sino de sí mismo. Luego, en el 397 d. C., San Agustín y sus memorias, bajo el título genérico de Confesiones, en donde la narración de sí mismo está al servicio del proselitismo religioso y la conversión, pues en esos lejanos años el Yo aún no tenía valor por sí solo: debía estar referido a algo grande para expresarse.

El camino hacia la literatura intimista nos permite trazar la historia del Yo y su lento reforzamiento, pues no olvidemos que aún en el siglo XVII Pascal afirmaba que “el Yo es patético”, y por lo tanto solo se lo invocaba como espacio sobre el cual proyectar ideas o presunciones sobre la condición humana general. Fue el caso de Rousseau, un siglo después, quien escribió también unas Confesiones que, incluso si pueden considerarse como el canto inaugural y de independencia del Yo, aún están fuertemente marcadas por el deseo de influir en los cambios sociales, exponer una nueva moral opuesta a la Ilustración y pregonar un regreso a la naturaleza. Por eso este libro fue precursor de dos cosas: la Revolución francesa y la llegada del romanticismo, en donde vemos una verdadera explosión liberadora del Yo que permitirá, a partir de ahí, dar rienda suelta al diarismo y a las miles de manifestaciones de lo íntimo, tanto en la literatura como en la filosofía.

Los franceses del siglo XIX escribieron diarios y memorias de viaje, caso de Flaubert, Amiel y Léauteaud narrando los hechos de la vida social, siendo la voz de una racionalidad fragmentada. Luego vino Tolstoi con sus diarios obsesivos, divididos en tres cuadernos. O Kafka y sus diarios que eran sobre todo un taller literario para sí mismo. Y Thomas Mann, con páginas banales pero llenas de misterio sobre su sexualidad. Luego Jünger y la lejana mirada de un aristócrata sobre la guerra, o la obsesión de Gombrowicz por elucidar su lugar en la literatura polaca, o la tremenda lucha contra el alcohol en el desdichado John Cheever. Y tal vez los más memorables de la lengua española: los de Julio Ramón Ribeyro, con ese bello título de La tentación del fracaso.

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