Devoción por la nostalgia

Los paisajes invisibles
Autorretrato de Juan Rulfo en el Nevado de Toluca, década de 1940
Autorretrato de Juan Rulfo en el Nevado de Toluca, década de 1940

El lector sucumbe a un montón de tentaciones. Cuando halla un alma gemela en un autor, devorará los títulos de, para y sobre él. Acto seguido, si la obsesión acrecienta el paroxismo, releerá la obra y después buscará con denuedo los volúmenes complementarios a su vida: diarios, memorias y epistolarios, hasta llegar a la bibliografía que en vez de concluir el paisaje emotivo del lector, horadará más huellas y senderos y encrucijadas en el cosmos ya creado por la mano de sombra del artista elevado a ser supremo: ensayos, entrevistas o aproximaciones de los críticos o estudiosos que comparten sus aficiones electivas. ¿Pero después? Quizá pretenda adquirir una edición firmada de puño y letra, tanto si el escritor vive o no, tal vez intente poseer algún objeto que pertenece o perteneció al héroe de su biblioteca personal.

Por ejemplo, ¿qué hallamos al leer la breve pero magnífica obra de Juan Rulfo? La plástica de lo perpetuo, la transparencia anecdótica, la sinfonía lingüística que inunda la imaginación como la pleamar de un mundo paralelo.

¿Y qué hallamos al releer a Rulfo? La camaleónica definición del caos. La inminencia del clamor atávico y su viaje circular, la febril enunciación de la carnalidad y su poesía.

Rulfo fue un agudo observador de las tempestades del espíritu propio y ajeno. Esa es una de las razones por la que Pedro Páramo es la insuperable obra maestra de la narrativa mexicana del siglo XX, y ésa, también, es la razón por la que vale la pena leer el epistolario Aire de las colinas. Cartas a Clara (publicado en 2000 por areté), ya que sus 313 páginas figuran un sinuoso recorrido por las incertidumbres, la fe y el desasosiego del prosista que entre 1944 y 1950, mientras vivía a salto de mata en la Ciudad de México y profundamente enamorado de Clara Aparicio, se hallaba inmerso en un dédalo interior del que más tarde nacerían las voces de Eduviges Dyada, Susana San Juan, Dolores Preciado, Damiana Cisneros y, en fin, todas esas hembras orgullosas, líricas, sensuales, que habitan las polvorientas calles de Comala.

En esa correspondencia, Rulfo se muestra como el pupilo de Walt Whitman, de quien cita el silogismo “El que camina un minuto sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral”. Como el lúdico anotador de una paráfrasis de Wilde: “Con todo, tres años no son nada. No son nada para los muertos, ni para los que han asesinado lo que aman” (Carta II), como el funambulista que se debate en la gravedad de los retruécanos orales y el argot urbano, sin sucumbir al torbellino de una lengua escindida por la promiscuidad verbal que oculta, trastoca y deforma los sentidos: “La vida es corta y estamos mucho tiempo enterrados” (Carta VII); “Y la soledad es una cosa que se llega a querer del mismo modo como se quiere a una persona” (Carta XX).

Aire de las colinas puede ser la sobremesa para un adorador de lo rulfiano pero también para un lector entrometido pues en esa urdimbre, un tanto voyeur, que implica la intromisión a los textos íntimos del impecable narrador antes de su obra cumbre, se  comienza a tejer una extraña devoción por la nostalgia.

Nostalgia del recuerdo ajeno. De los cuerpos amantes y amados del artista. Nostalgia por recorrer el presente congelado en la palabra escrita, no obstante que ese ejercicio esclarezca la equívoca noción que teníamos del artista: siguiendo el ejemplo de Juan Rulfo, si una de las mayores virtudes de Pedro Páramo es el erotismo irreductible, insubordinado, que esboza el vínculo sagrado del sexo y la tierra como metáfora de la infinitud, Aire de las colinas revela a un hombre diametralmente distinto: un Rulfo edípico, un Rulfo soñador, un Rulfo inseguro, un Rulfo mimado y obsequioso, un Rulfo en perpetuo asombro por la rebeldía y la transgresión de sus propias fantasías. Un anti Pedro Páramo…