Bedlam

Lo que contemplas
(Anonimo)
(Anonimo)

Somos frágiles. Miremos alrededor. ¿Podemos ver en la multitud de rostros lo que se ha roto dentro?

Bedlam, sinónimo de locura en Inglaterra, es la palabra con que se conoce popularmente al antiguo Hospital Real de Belén, el famoso (e infame, en varios momentos de su historia) hospital psiquiátrico que lleva 600 años en Londres cumpliendo esa función. Tres veces ha cambiado de ubicación, pero sus transformaciones más profundas reflejan las actitudes cambiantes de la sociedad ante la enfermedad mental.

La brutalidad que lo distinguió en otros tiempos ha marcado indeleblemente la imaginación popular. La exposición Bedlam: el asilo y más allá, de la Wellcome Collection, marca los pasos de su historia hasta un presente más humano y compasivo, y entabla un diálogo con el espectador sobre el tema complejo de la función y pertinencia del asilo para pacientes con enfermedades mentales. Estamos de acuerdo en que no queremos la prisión inhumana, pero ¿dónde deja la tendencia reciente de abolir por completo la institucionalización a la necesidad de refugio?

Instalaciones visuales y sonoras incitan al cuestionamiento. Sin embargo, la mayor elocuencia está en las obras de arte creadas por los pacientes de diversos hospitales psiquiátricos, como el retrato de Sir Alexander Morison, médico de Bedlam, un rostro a la vez testigo y sustancia del sufrimiento, y obra del pintor Richard Dadd, quien pasó el resto de su vida en el hospital tras asesinar a su padre; o en los artistas del taller de terapia del arte del Hospital Netherne, en Surrey. Vidas excluidas del mundo, no hay forma de edulcorar la fractura interior marcada en sus rostros. Y sin embargo, son universos que dicen, a través de millares de obras (pintura, gráfica, cerámica, escultura): “Ser humano es esto, también”.

“Creo que toda la gente está rota en nuestra vida”, dice con serenidad la escultora Rolanda Polonsky, diagnosticada esquizofrénica, que pasó 24 años interna creando un arte místico y visionario, hablando con el dolor, con la inocencia y con la eternidad. Ver estas obras con verdadera honestidad puede derribar las falaces estructuras del mercado del arte. Quizá su excelencia radique en que son el puente de la supervivencia del alma, función que la celebridad del artista en el mundo allá afuera suele oscurecer. Desde la evidente fragmentación de su experiencia, sus autores hablan sin embargo con clarividencia del arte como conocimiento y expresión de un mundo; como belleza y sustento. Nos ofrendan preguntas turbadoras sobre nuestra fragilidad, las formas en que la sorteamos o sucumbimos, cómo creamos la razón y la locura como sociedad, cómo las convertimos en cultura. Salir de la exposición y ver hordas de individuos abstraídos en las pantallas de sus teléfonos, ignorando la diáfana luz dorada de octubre, ¿qué nos dice del dolor que somos? ¿Y qué nos dice el arte en nuestras galerías de la fractura interior? Pero ese será tema de la siguiente entrega.