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Activismo para todos

Artes Visuales

A Martínez Castro no le preocupaba captar la contracultura sino construirla
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El Centro de la Imagen alberga la primera retrospectiva de Agustín Martínez Castro: Piratas en el boulevard. Irrupciones públicas, 1978–1988, que celebra a un artista desobediente, quien hizo de su hacer fotográfico un acto político.

A Martínez Castro (Acapulco, 1950–Veracruz, 1992) no le preocupaba captar la contracultura sino construirla. Su obra, como señala el curador César González–Aguirre, expone otras maneras de imaginar el cuerpo. Esta exposición, que estará hasta el 15 de julio, es un recorrido por una mirada que más que retratar la homosexualidad irrumpió en los usos y costumbres de la cultura visual heterosexual dominante. Martínez Castro fue un provocador, como se observa en las 228 piezas exhibidas (fotografías, pinturas, serigrafías, documentos, videos y revistas). Desafió al mundo conservador propio y ajeno del ámbito fotográfico; de ahí que él mismo ironizara acerca de lo que llamó “jotografía”. 

A diferencia de otros artistas, su crítica no se limitaba a la temática, sino que recurrió a la técnica para jugar e intervenir las imágenes y, desde lo formal, también trastocar las representaciones identitarias. Por ello optó por la fotocopia, poniendo en duda el “aura del arte”. Por eso la referencia a lo “pirata”, juego de palabras propuesto por el curador González–Aguirre, quien además se propuso evidenciar en la exhibición la manera en la que este fotógrafo usó la neográfica y las copias en Xerox para ir y venir entre el arte y el activismo. 

Además de intervenir fotos, de jugar con las copias, realizó pastiches visuales de personajes hoy icónicos de la cultura popular ochentera como se ve en La Creel o en la serie Marquesina. Homenaje a Tito Vasconcelos, impresión de plata sobre gelatina intervenida con acuarela que crea un efecto de luminosidad. Sus ensambles subrayan eso de que el medio es el mensaje. Quizá debido a que estudió Comunicación utilizó la teoría para armar un discurso que empató en un estilo fotográfico que desarrolló paralelamente. Porque queda visto que no se limitó ni a la experimentación en el laboratorio —ni postlaboratorio— ni se basó en juegos de teorías de la comunicación, sino que las unió para generar una ruta de acción artística que quizá hoy sea más llamativa desde lo político y que en su momento —gracias a su apuesta formal y calidad fotográfica— logró trascender la marginalidad.

Más allá de ser un testimonio de las homosexualidades militantes, esta exhibición merece visitarse para reconocer la astucia técnica de Martínez Castro, un artista–ciudadano que supo leer y participar en su presente, ensamblando la disidencia con una propuesta estética original. 

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