Un montón de paja

A fuego lento
'Adiós a Dylan', Alejandro Carrillo
'Adiós a Dylan', Alejandro Carrillo (Literatura Random House)

No hay nada que celebrar de la novela que obtuvo el Premio Mauricio Achar en su edición 2016. Queda solo releer a la ganadora de 2015, Campeón gabacho, de Aura Xilonen, y lamentarse por el triunfo del descuido y la chabacanería sobre la buena literatura. De masoquista sería imaginar el nivel de las novelas que se quedaron en el camino.

Adiós a Dylan pertenece a esa estirpe alimentada con rock, música pop, cine rosa y videoclips llamando a la revuelta para que todo siga igual. Y peor aún: pertenece paradójicamente a esa estirpe que no cree en la existencia de los libros. En vano buscamos en ella un rastro aunque sea superficial de educación literaria.

Alejandro Carrillo está muy ensimismado en contar el romance insano de una pareja de jóvenes como para pensar en la estructura, en la forma. Tan solo atina a concebir cada capítulo como una puesta en escena de una canción de Bob Dylan. De este modo, la presunción narrativa no es sino un pretexto para ir soltando anécdotas sobre Dylan en sus primeros tiempos en Nueva York o hartándose de cocaína durante una gira o pidiendo los favores del Todopoderoso. Así que no es posible evitar la sensación de malestar que produce todo fraude: nos prometieron una novela y al final nos dieron una ruidosa banda sonora.

Ruidosa es el adjetivo que mejor define a la historia trabajosamente adherida a las páginas de Adiós a Bob Dylan. Un aspirante a poeta se enamora de una mala versión de la loca-reventada-contracultural que hace pornografía mediante la cámara de su teléfono celular. Hay encuentros —obviamente sexuales— y desencuentros —obviamente seguidos de lloriqueos y babas y mocos y autocompasión—. Y otra vez hay encuentros y otra vez desencuentros y, para provocar la solidaridad del lector, invocaciones a Bob, el evangelista de los amantes que empiezan a tomarle gusto a la derrota. Todo se va en eso: en lloriqueos y ganas de arrojarse a las vías del Metro. Igualmente ruidosa, por no decir elemental, es la sensibilidad del narrador, el mismo aspirante a poeta que se pone en posición fetal cada vez que el amante de su novia-ex novia lo tunde a golpes: “está demacrada y su pelo güero decolorado, que hace apenas un rato se me hacía un ramillete de ilusiones, ahora es un montón de paja”.

Se supone que Adiós a Bob Dylan debe leerse como un modelo de iniciación: el ángel guardián se va una vez que el protagonista acepta el desengaño. Pero no hace falta malicia para identificarla con el “pelo” de la porno amateur, como un montón de paja que se quiere destinado a unos jóvenes subalimentados, es decir, recelosos de los libros y desconfiados ante todo lo que no tenga la apariencia de una papilla. 

Adiós a Dylan
Alejandro Carrillo
Literatura Random House
México, 2016