La condición fronteriza

A fuego lento
Oriundo Laredo, Alejandro Páez Varela
Oriundo Laredo, Alejandro Páez Varela (Alfaguara, México, 2016)

El nomadismo es el signo que determina los actos de Oriundo Laredo, el personaje imborrable de la más reciente novela de Alejandro Páez Varela. Ese nomadismo tiene un vasto escenario: la frontera México-Estados Unidos, no un muro ni una herida abierta sino una zona de confluencias e intercambios. La orfandad también se impone como signo y deja sentir su influencia en las maneras suaves y el temperamento mitómano, hecho para la invención de seres y escenarios, de Oriundo Laredo.

El lector debe sentirse primeramente agradecido por la disposición de Páez Varela para narrar una historia en la cual está ausente toda esa corte de narcotraficantes, policías y pistoleros tan apreciada por muchos de los novelistas “del norte”. Sus personajes tienen la complejidad de la gente simple, cuyas palabras sirven más para ocultar que para revelar: jornaleros, espaldas mojadas, rancheros, gringos locos y también sabios, buscadores de fortuna sin suerte. Páez Varela, sin embargo, no tiene intención alguna de proyectar una tipología social sino de capturar a las muchas individualidades que desmienten la noticia de que los habitantes de la frontera ordenan sus vidas según sus rencores y no sus ilusiones o su puro instinto de supervivencia.

Debemos entonces valorar Oriundo Laredo (Alfaguara, México, 2016) como una novela sobre la aventura sosegada. La vida del protagonista se fragua mientras comparte una cerveza o se lanza de nuevo a ganarse unos dólares en algún plantío de Texas o Nuevo México entre 1958 y 1997. Es posible deducir que su vida está hecha de momentos ordinarios que en suma componen un fresco extraordinario. En esta elección de tono y de contenido debemos reconocer el mayor mérito de Oriundo Laredo. No quiere el estruendo ni la ráfaga; quiere el sonido constante y a media voz de quienes necesitan testigos para sus palabras. Su arquitectura, por otro lado, semejante a la de las cajas chinas, permite seguir al narrador omnisciente que registra los pasos trashumantes de Oriudo Laredo, a quien a su vez escuchamos contar las historias ajenas que han estimulado sus asombros. Un gran río: de la corriente principal nacen o van a dar decenas de historias, afluentes que arrastran otras soledades.

Si alguna lección, aunque no la tenga como propósito, deja esta novela que mantiene una heroica distancia ante la moda literaria, es que los puntos cardinales son únicamente una referencia geográfica, nunca una carta de identidad. No hay norte; no hay sur. Hay, como sugiere brillantemente Alejandro Páez Varela, zonas donde la humanidad se expande ante el encuentro con otras humanidades, donde sabemos de nosotros por los otros.