Lo mismo adentro que afuera

A fuego lento
La caída de Cobra, José Miguel Tomasena
La caída de Cobra, José Miguel Tomasena (Tusquets México, 2016)

Si algo bueno ha dejado la proclamada guerra contra el narco que hace diez años inauguró y comandó Felipe Calderón, y cuyas secuelas permanecen accesibles a cualquier hora del día, son diez o doce novelas que han sabido ir más allá de la prisa informativa, la revancha y las proclamas a favor del iluminismo político. En esa inmensa minoría conviene incluir La caída de Cobra, que no se instala en la línea de fuego, donde policías, militares y criminales exigen sus cuotas de sangre y fuego, sino en un indeseado después: la cárcel y sus normas que reproducen las mismas que hacen posible la existencia en las calles de verdugos que matan riéndose.

El narrador creado por José Miguel Tomasena accede a ese universo cerrado sin espada flamígera ni sayal de redentor. Desdeña la acusación y la piedad. Solo ve y registra, con una economía de palabras que corresponde al propósito de guardar la distancia. Muy poco ocurre dentro de los personajes, de modo que podemos ahorrarnos la psicología de dispensario. Hay un mérito infrecuente en esta disposición que sabe conservar la energía para ocuparse de las acciones siguiendo un ritmo de flujo y reflujo, de explosiones de violencia y paz caminando sobre cristales rotos.

Cobra no es otro que un cobrador satisfecho de su trabajo: escarmentar a quienes rompen las normas impuestas por el grupo de narcotraficantes que gobiernan el penal de Boca Chica, una réplica de aquellos a los que únicamente ingresan violadores, pederastas, secuestradores, desechos. Pero cae en desgracia. Debe entonces recobrar la confianza de sus patrones y, sobre todo, guardarse las espaldas de todos a los que humilló y sacudió a golpes. Así de simple es el argumento ideado por Tomasena, pero dentro de esa simplicidad —un valor de limitado acceso— aparecen y desaparecen personajes concebidos en unos pocos trazos, suficientes y certeros para darnos la medida de sus actos. Y ya que el narrador no personifica a nadie, ya que no intenta emular a Dostoievski, apenas y es posible solidarizarse ante sus piernas rotas, sus testículos mutilados, sus bocas alimentándose de cucarachas.

En Cobra podemos reconocer a una víctima de las circunstancias —infancia miserable y todo eso— y aun al fanático religioso y arrepentido que sin embargo no puede torcer su condición de paria y asesino a sueldo. No faltará, por supuesto, quien quiera suponer en él a una víctima del sistema penitenciario, de la guerra contra el narco, de los tlaxcaltecas y todo eso. Pero ya que se trata de literatura, del hijo de una primera novela envidiable, hay que verlo como uno de los seres que con mayor hondura han sabido encarnar la orfandad que parece multiplicarse entre nosotros.