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Lunes , 10.12.2018 / 16:13 Hoy

A punto para la eternidad

Reseña

Hace tiempo leí un pequeño volumen de Johannes Pfeiffer concebido para alcanzar la comprensión de lo poético. Entre los distintos hallazgos que me proporcionó aquel libro,
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Hace tiempo leí un pequeño volumen de Johannes Pfeiffer concebido para alcanzar la comprensión de lo poético. Entre los distintos hallazgos que me proporcionó aquel libro, editado por el Fondo de Cultura Económica en su colección Breviarios, era la concordancia entre la verdad y la belleza que el autor defendía como parte esencial de lo que contiene un buen poema: “La poesía ilumina no poco de aquella oculta profundidad esencial de nuestra Existencia (de ahí su verdad), y la ilumina directamente por la plasmación (de ahí su belleza)”. La resonancia de estas ideas se produjo en mi interior de manera inconsciente durante la lectura de Un asombroso invierno (Visor, 2018) de Joan Margarit, sobre todo porque sus poemas —provistos de una adecuada combinación de claridad y misterio— me permiten transitar los cráteres de la existencia, recogiendo distintas revelaciones: “El tiempo para amar/ es el del paso de las estaciones./ El tiempo para el sexo es siempre ahora”. Para Joan Margarit la poesía posee estas dos fuerzas esenciales que difícilmente suelen encontrarse reunidas: verdad y belleza: “la inspiración es, precisamente, ese acto tan raro y difícil que consiste en localizar un lugar donde sea bastante probable que puedan estar juntas, inseparables, verdad y belleza”. 

Un asombroso invierno conmueve por la contundencia de su sabiduría. La metáfora del invierno como estación de vida es abordada por el poeta catalán sin concesiones ni sentimentalismos; más bien, como una reivindicación de la vejez desde la clarividencia que proporcionan las heridas: “He llegado hasta el fondo/ del bosque de los cuentos infantiles/ y sonrío, feliz de no ser joven”. Su aproximación a temas como el paso implacable del tiempo anuncia la posibilidad de distintas formas del amor y el olvido, entre las que destaca una especie de pasión por lo irremediable, como sucede en “Mujer haciéndose las uñas”, “Futuro”, “Termópilas”, “Últimas representaciones” o “La soledad del mar”, que afirma una declaración de principios: “No leo, ya hace tiempo,/ ni volveré a leer, a los poetas/ cansados que dejaron de escribir,/ Gil de Biedma o Rimbaud pongo por caso./ Ahora, para mí, tan solo cuenta/ eso que se ha buscado hasta la muerte./ El asombroso invierno del animal de fondo”. 

Autor de una obra imprescindible en la que destacan títulos como El primer frío, Joana, Cálculo de estructuras y Casa de misericordia, comprueba con estricta fidelidad aquello que afirmó José Emilio Pacheco en su “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”: “Llamo poesía a ese lugar del encuentro/ con la experiencia ajena”. Los libros de Joan Margarit interpelan al lector desde la profunda honestidad de quien sabe que el poema es un punto de encuentro entre la angustia personal y el anhelo o la memoria que los otros tienen de su propia vida. 

“Es difícil sacar noticias de un poema”, dice William Carlos Williams en ese punzante canto que pareciera surgir desde el infierno, quizá porque todo auténtico poema alude a una forma de la verdad que no cualquier verso puede plasmar en su composición. También es difícil hablar de verdades poéticas en una época tan proclive a la simulación. Por eso, resulta altamente gratificante e inspirador adentrarse en Un asombroso invierno y reconocer que la obra de Joan Margarit, como la verdadera poesía de todos los tiempos, “está a punto/ para la eternidad”. 


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