El testigo crítico

'Viernes', de Fernando Solana, se divide en cinco partes: “En la época”, “Celebraciones”, “Primera persona”, “Crónicas”, “Narraciones”, a las que se agrega una coda, “Envío”.
'Viernes', el reciente libro de ensayos de Fernando Solana Olivares.
'Viernes', el reciente libro de ensayos de Fernando Solana Olivares.

El título Viernes, el reciente libro de ensayos de Fernando Solana Olivares, publicado por Conaculta en su colección de Periodismo Cultural, debe su nombre a la columna que el autor ha venido publicando ese mismo día en Milenio Diario. Ese día, consagrado a Venus, tiene otra connotación literaria. En Viernes o los limbos del Pacífico, de Michel Tournier, Viernes, el “buen salvaje”, se encarga de mostrar cuán alienado se encuentra Robinson. Y una de las virtudes del libro de Solana es precisamente el mostrarnos, desde un poliedro de múltiples facetas, las muy distintas formas de locura individual y colectiva que padece nuestra civilización, si la vemos desde la mirada serena de quien medita. La meditación genera una atención que trae consigo una extrema lucidez y una distancia, la lucidez y distancia del “testigo crítico“, palabras tomadas del propio libro y que describen con exactitud al autor.

El libro se divide en cinco partes: “En la época”, “Celebraciones”, “Primera persona”, “Crónicas”, “Narraciones”, a las que se agrega una coda, “Envío”. En la primera parte, Solana continúa, desde el ensayo, el brillante trabajo que realizó en Cuarenta y nueve movimientos (Terracota, 2009), mostrando, a la vez, el deterioro de nuestra civilización y las formas y métodos con los que la conciencia puede mantenerse clara y, al margen de los engaños de esta época, la “noche histórica”. Me parece relevante y conmovedor este esfuerzo de Solana por mantener los ojos abiertos y, como Zenón, el personaje de OpusNigrum, de Marguerite Yourcenar, mantenerse libre, aunque para lograrlo haya tenido que alejarse psíquica y geográficamente de ciudades como el Distrito Federal y Oaxaca para buscar otro modo de vida en lo que ha llamado el Alto Rulfiano, cerca de Lagos de Moreno. Esta sección termina con un texto, “Ya basta”, en la que su autor manifiesta su hartazgo lúcido ante la descomposición de nuestra vida política y social.

La segunda parte hace un guiño a las celebraciones del gran narrador francés Michel Tournier para homenajear a personajes entrañables. Wittgenstein y Nietzsche, Jacobo Grinberg y Krishnamurti, Culianu y Schwanitz, Kapuscinski y Fernando Benítez son algunos de los nombres cuya admiración nos describe y comparte Solana. ¿Y qué otra cosa es la admiración sino un ojo amoroso? Todos tienen en común haber llevado su búsqueda a alcanzar una maestría en su oficio que transformó su ser y los volvió, simplemente, ellos mismos: a punto de la debacle, como Nietzsche; de una desaparición imposible de resolver, como Grinberg; o de la presencia ausente, como Benítez.

En la tercera parte de Viernes nos encontramos esta cita de Solana, que en buena medida define este trabajo: “Algunas lecturas me han hecho saber que el género del ensayo está emparentado con la palabra latina gutus, que significa cata, gustación o probadura, y designa además aquella arriesgada tarea que antaño se cumplía para saber si los alimentos de emperadores y reyes estaban envenenados. Acaso ensayar el gusto siempre entrañe un peligro potencial”. Y si bien Solana prueba, en la amarga realidad, sabores melancólicos, nos encontramos también con las epifanías, esos momentos luminosos, individuales, subjetivos, que en su destello fugaz nos devuelven la esperanza.

“Crónicas” es un mosaico abigarrado donde nos encontramos a John Lennon, a Oaxaca y su mezcal, al maestro Margules, a la decadencia repetitiva de Mazunte, entre otros temas y personajes aparentemente alejados entre sí. Sin embargo, Solana nos demuestra que Kioto y Santo Domingo en Oaxaca comparten esencias ocultas. Por último, “Narraciones” retoma algunas de las aproximaciones sobre el devenir de la conciencia que Solana ha esbozado a lo largo del libro y las convierte en relatos, a la manera de Cuarenta y nueve movimientos, donde uno de los personajes reza una frase memorable: “Hay que hacer como si…”, piedra angular de la magia que hace posible el rito.

Viernes culmina con dos hermosos textos, aquel en el que describe el dolor de Pura López Colomé ante la muerte de Seamus Heaney, e “Impermanencia”, que no afirma que “todo tiempo pasado fue mejor” como Jorge Manrique, pero sí describe con melancolía la condición efímera de nuestro paso por la existencia.

Fernando Solana Olivares: nuestro testigo crítico, el Zenón que dice “no”, uno de los mejores periodistas culturales de México, como lo muestra Viernes, libro fundamental y entrañable.