Vargas Llosa y el efecto mariposa

Los paisajes invisibles.
El escritor Mario Vargas Llosa.
El escritor Mario Vargas Llosa.

Detestó el apego que la mayoría de los artistas e intelectuales de su generación y continente le tenían a la cultura del Estado como exclusivo administrador y supremo benefactor. Flageló a las dictaduras y protestó por la mordaza a la libertad de expresión, el acoso, el encarcelamiento, la tortura, el asesinato, la desaparición forzada. Como presidente del PEN Internacional, por ejemplo, en 1976 encaró al tirano argentino Jorge Rafael Videla con una enérgica misiva que circuló en la prensa planetaria. Después abrazó el liberalismo, tanto pero tanto, que a veces ya no sonaba como abogado del desarrollo a través de la libre empresa cual motor de la sociedad civil sino como obcecado defensor del capitalismo salvaje.

Provocador e irónico siempre lo ha sido. Lo segundo es su mejor estrella. Jamás olvidaremos la arriesgada, por sincera, radiografía del sistema político mexicano (y vigente aún por donde se vea): la dictadura perfecta. Aquello no solo le valió una salida apresurada del país gobernado entonces por Carlos Salinas de Gortari, sino una comedida reconvención por parte de amigos y colegas mexicanos.

Abomina los dogmas, el activismo, la victimización (¿victimología?) de los radicales de la izquierda. Aplaudió el denominador de perfecto idiota latinoamericano que acuñaron Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro, su hijo, aunque el mazo de diatribas que el trío anotó en ese Manual en contra de los acomplejados de la región debajo de EU y de los demonios barbados del Caribe, padezca un tufo a perfecto imbécil oligarcofílico: la realidad, las realidades de América Latina son imposibles de elucidar a través de adjetivos lapidarios y paradigmas caricaturescos, aunque, claro, el propio Mario lo reconoció en el texto de presentación de aquel triste panfleto, aspirando a un debate cien por ciento intelectual, sin ataques personales ni fanatismos.

Renegó del delirio que tenían la mayoría de los artistas e intelectuales de su generación por una democracia tutelada por el ogro filantrópico, esa quimera patrimonialista y rejega a la modernización, como señaló Octavio Paz, pero sucumbió a las otras tentaciones, esas sí, latinoamericanas de hueso colorado: la estrecha cercanía (casi hasta la prosternación) con el poder político y financiero, la ambición por incursionar en el gobierno. Con el propósito de atajar la nacionalización de la banca en la gestión de Alan García, se lanzó a la candidatura por la presidencia de Perú.

Lo que siguió a esa aventura electoral —la calamidad de Fujimori y su mudanza a España—, fue lo mejor que pudo suceder. Y es que de haber sido presidente por el efecto mariposa, quizá jamás escribiría, digamos, Lituma de los Andes o La fiesta del Chivo, Travesuras de la niña mala, El sueño del celta o El héroe discreto. Está claro que Cinco esquinas definitivamente no.

Sin embargo, imposible soslayar las preguntas del hubiera, conjeturar a partir de la teoría del caos: ¿de qué manera pudo afrontar el hipotético mandatario Mario Vargas Llosa el escenario de la inflación exorbitante, la represión militar, la devaluación de la moneda, los rescoldos del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru y una alucinante cadena de desgracias que iba a heredar de Alan García?

¿En verdad pudo llevar a Perú a la prosperidad, a la democracia, o habría caído bajo las espuelas, también latinoamericanas hasta la médula, de la corrupción, las privatizaciones, el populismo?

¿Y el Nobel? Bueno, aunque ex Primer Ministro, Churchill lo obtuvo en 1953.

En la práctica, la literatura, las ideas, las propuestas se achican frente a la realidad de una nación. No obstante, Mario tenía una gran ventaja: es un intelectual. Y quiero creer que como presidente, su régimen se habría conducido con prudencia para sortear el riesgo de la polarización y el estallido bajo la máxima de Shakespeare: “No hay bueno ni malo; es el pensamiento el que lo hace parecer así”. Aunque sí, ya sé, tamaña suposición da risa.