Una ruta equivocada

Danza.
Danza.
Danza.

En estos días, la danza contemporánea mexicana ha puesto énfasis en la danza unipersonal a través del festival Cuerpo al descubierto, organizado por la Coordinación Nacional de Danza, y la temporada de Soliloquios y diálogos bailados impulsada por el Centro Cultural Los Talleres. Estos encuentros centran la mirada en la figura del bailarín y llevan a reflexionar sobre sus necesidades de ejecución y de interpretación en todos los géneros de la danza.

La figura del bailarín resulta aparentemente familiar, pero en un sentido estricto es sobre la que menos nos detenemos a pensar y profundizar. A veces se concibe como cuerpo estilizado capaz de ejecutar desafíos físicos, otras veces se utiliza como intermediario de los creadores, otras tantas como mera materia de trabajo explotable y desechable. Pocos se interesan por lo que puede aportar más allá del desafío técnico o de la intermediación entre el público y el creador. Existen honrosas excepciones, pero en términos generales es lo que ocurre; basta indagar un poco en este universo para constatarlo.

El rol del bailarín debiera adquirir relevancia y todos en el gremio podrían profundizar en el desarrollo de los diferentes procesos por los que atraviesa en las etapas de su vida interpretativa. Las escuelas debieran también pensar en qué herramientas formativas requiere verdaderamente un futuro ejecutante de danza y desde su formación dotarlo de los elementos necesarios para ejercer con la menor desventaja posible. Tristemente, no sucede así.

En días pasados leía opiniones de algunas figuras “expertas” a propósito de la crisis desatada en la Compañía Nacional de Danza y que no se circunscribe solo a esta compañía. Dichas opiniones sostienen que la responsabilidad de la crisis radica principalmente en los bailarines y sus carencias técnicas y el poco interés en tener un elevado nivel artístico, llegando incluso a mencionar que “muchos bailarines no tienen presión de ser sustituidos, lo que sí sucede en gran parte de las compañías de primera fuerza del mundo, donde los bailarines saben que hay 50 formados detrás de ti y que están afilándose los colmillos decididos a ocupar un lugar”. Obvian poner en la mesa que en esos países existen opciones para bailar en un gran número de compañías, mientras que en México existe una sola consolidada en todo el país y el resto depende no de un nivel artístico, no de calidades interpretativas, no de la riqueza de repertorio, sino de caprichos de quienes ocupen cargos públicos y los intereses particulares de funcionaros y autoridades para otorgar presupuestos.  ¿De verdad alguien piensa que el miedo a perder el trabajo es un incentivo para desarrollar el proceso de un artista? ¿Se limita entonces el rol de un bailarín a “bailar y bailar bien”?

Si queremos que la danza incida en nuestras realidades y las transforme, andamos por la ruta equivocada. El respeto al bailarín es indispensable para un arte digno.