Una mujer desgraciada

Vibraciones.
Óperas 'El pequeño príncipe y Antonieta'.
Óperas 'El pequeño príncipe y Antonieta'.

Recuerdo a Federico Ibarra vestido de negro, sentado de espaldas a su piano, junto a un dragón de madera, bajo el cuadro que le regaló Leonora Carrington, con el pulgar derecho destruido a causa de un año de haber trazado bolitas en la partitura de El juego de los insectos (ópera de cámara basada en el drama De los insectos de los hermanos Cápeck).

Terminaba la tarde; era un jueves otoñal de 2009. La partitura de su última ópera, recién terminada, colocada en el atril del piano. Una ópera trágica sobre la vida de Antonieta Rivas Mercado. Una ópera única en su repertorio; diferente a cualquiera de sus anteriores siete por un detalle contundente: su historia no proviene del mundo de la ficción (como Drácula, el Principito o Alicia, personajes de sus óperas antiguas) sino de la realidad. De una realidad mexicana.

Recuerdo esa tarde a Federico Ibarra en su casa llena de juguetes fantásticos. Un ocaso rojo pálido lleno de nubes. Lo recuerdo contento por su próximo estreno, con su voz espesa, con su ropa negra, con sus manos pequeñas, y su dedo inútil en forma de gatillo.  

 

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Antonieta (mezzosoprano) se dispara en el corazón con la pistola de José Vasconcelos frente al Cristo Crucificado en la Catedral de Notre Dame. Entonces su alma retrocede por el camino vivido hasta llegar a la pubescencia, desde donde recorre cronológicamente momentos clave en su existencia hasta llegar, otra vez, al disparo. En el espacio entre los suicidios, un acto irracional y violento se convierte en la delicada sublimación de una vida a través de la muerte.

El libreto —escrito por Verónica Musalem— divide el alma de Antonieta en tres dimensiones —Amor (soprano), Arte (tenor) y Política (barítono) — y les crea sendos personajes que a lo largo del íntimo recorrido cuestionan salvajemente el sentido de cada decisión que la empujó hasta fusionarse con su trágico destino.

 

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Antonieta se montó en un teatro demasiado pequeño (el Raúl Flores Canelo, para 336 espectadores, el 27 de octubre de 2010) y los recursos para la escena —dirigida por José Antonio Morales y diseñada por Rosa Blanes Rex— se liberaron cinco días antes. De las cuatro funciones anunciadas, una se canceló por huelga de los trabajadores del Cenart y otra comenzó dos horas tarde.

 

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Y recuerdo a Federico Ibarra vestido de gris, sentado en la sala, al lado del dragón de madera, en diagonal al piano y frente al cuadro que le regaló Leonora Carrington. Mediodía; un martes de septiembre de 2013. La sala muy limpia y una ventana abierta. Viento frío y lluvia tenue. Perros ladrando en el Parque España. Jugo de naranja en una jarra sobre la mesa del comedor al lado de una antigua edición bilingüe de Poeta en Nueva York, el brutal enigma del arte lorquiano, abierto en el prólogo.

Sobre el piano, dos discos nuevos: sus óperas Alicia y Antonieta (editadas por el sello Tempus clásico). Una sensación agridulce. Qué felicidad tener un registro permanente de cada una. Pero la ópera es teatro. Sin la fantasía de la escena es como si estuviera muerta. Y Alicia, en 1995, subió a Bellas Artes, con sus 15 solistas, en una producción emocionante y digna. Antonieta no. Antonieta tuvo un estreno deslucido e incierto.

Recuerdo a Federico Ibarra ese mediodía en su casa poniendo el disco de Alicia: la escena instrumental en la que la niña vence al monstruo Jabberwock, azuzada por madrigales renacentistas. Lo recuerdo triste con su voz espesa, con sus manos pequeñas, con sus largos silencios, escuchando el triunfo de Alicia, pero pensando en su Antonieta muerta.

 

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Antonieta se presentó en Bellas Artes la semana pasada y lució, por fin, en todo su esplendor de brutal tragedia escénica. Es una ópera en acto único que rinde homenaje a una mujer desgraciada que componía poemas y cantaba al piano canciones francesas. Que financió a los Contemporáneos y a la Orquesta Sinfónica Nacional. Que le escribía los discursos a José Vasconcelos, a quien amó; como también amó al pintor Manuel Rodríguez Lozano. Ambos le rompieron el corazón.

De la partitura de Antonieta extraigo un momento: se inaugura el Ángel —que construyó el papá de Antonieta— con motivo de los 100 años de la independencia de México; fiesta fastuosa dirigida por un vals elegante que lentamente se va desfigurando: primero invadido desde las percusiones —parecen predecir horrores—, luego por los alientos, que abiertamente llaman a la guerra. Una desfragmentación que denuncia a una sociedad que se divierte bailando en salones lujosos mientras México es atravesado por la espada de las guerras revolucionarias, y al mismo tiempo refleja la tragedia de una brillante mujer que se disparó en el corazón a los 31 años.