¿Silicón y volumen?

Guía visual
Una génesis para la paz
Una génesis para la paz

Desde noviembre tenemos en la Ciudad de México una muestra del arte público del escultor costarricense Jorge Jiménez Deredia (1954): Una génesis para la paz. A esta cronista no le han gustado nada sus quince esculturas monumentales de mármol y bronce, de seis toneladas cada una, con volúmenes burdos. Todas iguales y tiesas. “El gusto no se discute”, decía el escritor Daniel Sada, pero vale la pena contar que el artista nació junto a la estación de tren del barrio de Heredia (de donde tomó su nombre artístico), ciudad cercana a San José. A sus nueve años sintió el llamado de las esferas, base de la muestra con que invadió algunos espacios públicos: “Siempre supe que tenían que ver con el ser”. En 1985 se inició en el arte boricua del sur de su país. Ese año entendió el “mensaje de la alquimia y la transmutación”, así como “la dimensión de mi espiritualidad y la de mi pueblo”. Cree que el escultor debe pensar como un filósofo, proyectar como un arquitecto y trabajar como un albañil. Fue el primer latinoamericano en exhibir en la Basílica de San Pedro del Vaticano: la Estatua de San Marcelino Champagnat develada por el papa Juan Pablo II en 2000. 

Nada extraordinario. Sus esculturas, siempre presentes en alguna plaza internacional, hacen pensar en el mexicano Rivelino, autor de obras infames que habitualmente están  en primera fila en eventos como el Año Dual México–Reino Unido. Jiménez Deredia también impone su “estética” de costalazo. ¿Alguien quiere mostrar a los niños lo que “no se debe hacer”? Háganlos comparar sus mujeres informes con esculturas como la exquisita Malgré tout (A pesar de todo, 1889), del gran manco Jesús F. Contreras, ubicada ahí mismo (al menos una copia), en La Alameda. Como Xul Solar, el amigo pintor de Borges cuya obra “mística” no resistió el paso del tiempo, este costarricense se obsesiona con los símbolos. “El tema de mi vida es la transformación de la materia. Somos polvo de estrellas”. Comenzó a trabajar con las esferas de piedra boricuas y descubrió un mensaje: “Al atardecer reconocemos que somos parte de un proceso cósmico, y que el sol es nuestro hermano”. En Carrara y en Florencia halló la relación, vía el arco renacentista de medio punto, con lo boricua. Luego quiso traer a México sus llamadas génesis. Eligió el 2015 (¿tendrá algún significado esotérico?). Como le fue revelado que “el arte proviene de una visión profunda”, se concentró en la mujer generadora de vida y “culmen de la comprensión inconsciente del proceso de desarrollo humano reflejado en su sexto sentido”. Así, promovió su exhibición para México con el Fomento Cultural Grupo Salinas y con Conaculta, algo especial por su “mensaje de paz, gratuito y al aire libre”. Tras diez años de trabajo y una logística complicada, un turibús permite recorrer el área que va de Bellas Artes a la avenida Reforma, la Plaza del Caballito y la Plaza de la República. “Son mensajes que incorporan los contrarios, círculos que narran el proceso del Universo, mi viaje metahistórico lleno de estructuras espirituales, con los antepasados viviendo dentro de nosotros”, según explicó a algún reportero con voz meliflua y cierto resplandor en el rostro. La cronista vuelve a recorrer la acera exterior de La Alameda, de cara a la Avenida Juárez, y ve bolas y más bolas formando esculturas bastas, con B grande, como si su autor hubiera entendido el volumen a base de silicón como Nicki Minaj, la ídolo del rap.