Un problema de edición

Lo que contemplas.
Molécula.

Para que entendamos mejor, se nos sugiere imaginar que la molécula es un aparato de navegación por satélite. Una vez que localiza en el ADN el gen que anda buscando, lo corta con “tijeras moleculares” y se lo lleva a otra parte a estudiarlo con calma.

La doctora Kathy Niakan es la célebre artífice del experimento, que recién ha sido aprobado por primera vez en un país tras pasar por un “sistema regulatorio apropiado” (cómo se aprobó el intento en China en 2015 no queda nada claro). Joven y brillante, la doctora Niakan habla con el aplomo que da la ciencia, la realidad de laboratorio que, no lo dudo, debe ser de lo más emocionante. Trabaja para el Instituto Francis Crick en Londres, y su proyecto de alterar el ADN con un método de copiar y pegar con fines de investigación acaba de recibir el visto bueno de la Autoridad de Fertilización Humana y Embriología, organismo cuyo nombre hasta hace no mucho habría sido impensable fuera de una novela de ciencia ficción.

Sus intenciones son sin duda buenas: el aborto espontáneo y la infertilidad son comunes, nos dice, pero aún no entendemos muy bien por qué (me imagino que entre las impolutas paredes del laboratorio a la gente a veces se le olvida que somos humanos, conocimiento básico que, digo yo, podría responder infinidad de preguntas). Además de la muy entendible curiosidad sobre qué sucede en la etapa más temprana imaginable del desarrollo humano, su investigación ayudará potencialmente a que la fecundación in vitro sea más exitosa.

Quizá mis cuestionamientos, ante tan impresionante desarrollo de la ciencia, parezcan los de una palurda llegada de otro siglo, pero voy a preguntar de cualquier forma: ¿no queremos todos saber muchas cosas? ¿Y no son la mayoría de ellas, y las más importantes, más bien incognoscibles? ¿Y no hay sentido en el misterio de que sea así? Ver a las células hacer lo suyo en imágenes fascinantes con poderosísimos microscopios, ¿realmente nos dice qué sucede en el inicio de nuestro desarrollo? Y, pregunta tabú para nuestra nueva moralidad (caprichosa y pasajera como cualquier otra), ¿vale la pena abrir la puerta al bebé genéticamente modificado con el fin de que pueda haber más humanos creados in vitro?

Hablo como una mujer que un día quiso tener hijos y no pudo, y no me tomo a la ligera el sufrimiento de las tragedias personales. Solo creo que la vida humana no se puede editar, y que si nos diéramos el tiempo de mirar más allá de nuestras múltiples pantallas, terminaríamos por aceptar el hecho. Terminaríamos incluso por encontrar alivio en dicha aceptación.

Tenemos en cambio a una Autoridad de nombre estrafalario diciéndonos que no nos preocupemos, que no habrá transgresiones éticas en el experimento (¿pero no la hubo ya?). Y por qué habríamos de confiar en ellos, humanos al fin. Miremos a nuestros políticos. O el comportamiento humano en cualquier oficina. Solo que este nuevo trabajo de edición nos ata a fallos más atroces.