Un problema con dos soluciones

[Opinión]
La enfermedad del amor (Debate, México, 2016)
La enfermedad del amor (Debate, México, 2016)

Salvo para los filósofos que lo han desacreditado (como Diógenes, quien lo veía como “la ocupación de las gentes ociosas”, o Platón que lo consideraba “la enfermedad de las mentes desocupadas”), el amor queda como una experiencia por la que todos los seres humanos deben pasar. El efecto positivo o negativo que produzca en las personas dependerá de la fortaleza interna de cada uno. Esta última idea se deriva de la conclusión a la que llega el doctor Francisco González–Crussí en La enfermedad del amor (Debate, México, 2016). En el diálogo cuasi socrático con el que cierra el volumen, afirma que “el mal de amores es y no es enfermedad” (las cursivas las pone él), respuesta que seguramente decepcionará a no pocos lectores.

En apariencia, lo señalado por González–Crussí queda como una ambigüedad, pero no es así. Tanto por el lado en el que afirma que no es una enfermedad como por el contrario hay argumentos. Vayamos por partes. ¿Cuándo es posible vivir el amor “sin penas ni dolor”, como canta Rubén Blades en alguna canción? La respuesta la da el filósofo griego Epicuro. Como aclara el doctor, comúnmente se piensa que el epicureísmo consiste en vivir una vida libertina en oposición al estoicismo, pero en realidad para Epicuro el placer consistía en eliminar el dolor de la vida y alcanzar la ataraxia, el estado de perfecta serenidad. Como todos los antiguos, consideraba que el amor estaba ligado a la carne y el sexo; lo que pedía era que el deseo no se adueñara de la gente para no romper el estado de ataraxia. Como observa González–Crussí, el punto de vista de Epicuro ha sido cuestionado. Un exégeta moderno, el estudioso francés Robert Flacelière, lo asoció con la posición “del solterón egoísta” que no quiere ver alterada su “paz mental”. El punto de vista resulta excesivo, en tanto que la idea del “amor perdurable” continúa guiando a las personas en la búsqueda de la pareja. Y, por lo demás, no escasean en la vida real los ejemplos de matrimonios felices que han durado años. No es de extrañar que González–Crussí no ahonde más en este asunto.

Los rebeldes de todos los tiempos, los apasionados, siempre han rechazado la imagen del “amor aburguesado”. Pero es precisamente cuando aparece la pasión, como lo veía Epicuro, que el amor se torna una enfermedad. Si bien en el subtítulo que ponen los editores se resalta la frase “obsesión erótica”, es necesario aclarar que no en todos los casos el aspecto sexual fue la causa de la enfermedad del amor. En su animada exposición, el doctor hace gala de una erudición, como el lector familiarizado en su obra lo sabe, que no se circunscribe solo a los textos médicos y que se extiende a la literatura. En los capítulos iniciales, donde se remonta a la antigüedad clásica, a través de la poesía de Safo se deriva parte de la sintomatología fisiológica del enfermo de amor: “Safo nos dice que tan pronto avizora a la persona amada le vienen temblores, palpitaciones, palidez, sudoración y siente como si no pudiera hablar, casi como si estuviera a las puertas de la muerte”. De acuerdo con esto, desde que viene propiamente el primer flechazo de Cupido, comienza la enfermedad. La cuestión se agudiza cuando pasamos a la obsesión.

Anotábamos renglones arriba que no todos los enfermos de amor tenían como causa el aspecto erótico. En el recorrido histórico que González–Crussí efectúa, ofrece ejemplos de diversa índole. En esas curiosidades, el coito se presenta como una cura; en otros, la herbolaria ocupará un sitio importante. Un caso extremo es el de los hombres lobo en la Edad Media. En este caso, el doctor ofrece una poco convincente explicación que termina en la connatural bestialidad humana, pero resulta extraño que, erudito como es, no haya citado el poema que Ezra Pound escribió sobre el trovador Peire Vidal, quien se creyó lobo por su dama. Hay puntos a discutir como el de si la anorexia es causada en sentido estricto por un mal de amores y se agradece que en el capítulo final, cuando parecía que iba a argumentar que existe la enfermedad del amor por razones neurológicas, no lo haya hecho. Los neuros ya causan neuras.