El placer del saber

Memoria
Umberto Eco
Umberto Eco

Simplifico: era el más grande. Lo era en un deporte muy particular, que a muchos nos podría parecer un lujo tan aburrido como el polo y que, por el contrario, puede llegar a ser encantador, y lo digo sin tapujos: ser intelectual. Quizá a algunos ya se nos olvidaron las reglas, entonces, se las recuerdo: se gana cuando se comprende, se narra o se nombra al mundo. Fin. Periódicamente, en ese deporte llegan algunos que no se limitan a jugar como Dios; ellos entran en el campo, juegan, y cuando salen, el campo ya no es el mismo. No en el sentido que lo hayan arruinado, sino en el sentido que nadie había pensado en usarlo de esa manera, nadie había visto antes esas trayectorias, esa velocidad, esa táctica, esa ligereza, esa precisión.

Regresan a los vestidores, y dejan atrás un deporte que ya no es el mismo, campeones que se han vuelto dinosaurios en una tarde, y praderas de juego por inventar para quienes posean el talento para hacerlo. Son fenómenos, y haberlos visto jugar es considerado, siempre y de cualquier manera, un privilegio. Umberto Eco era uno de ellos, y si pienso en el fragmento de historia en el que me tocó crecer, pasando del estupor frenético del veinteañero a la maravilla absorta del cincuentón, acaso me vienen a la mente otros dos o tres tan grandes como él, pero ninguno que hubiese nacido aquí.

Naturalmente, sería necesario tratar de explicar cuál fue su revolución y hacerlo de una manera en la que todos puedan comprender. Un típico ejercicio en el que él habría sido muy ágil. Podría intentar hacerlo de esta manera: entendió que el corazón del mundo no se había quedado inmóvil en un tabernáculo custodiado por los sacerdotes del saber, comprendió que era nómada, capaz de moverse hacia los lugares más absurdos, de esconderse en el detalle, de expandirse en arcos de tiempo colosales, de frecuentar cualquier belleza, de latir dentro de un contenedor de basura y de desaparecer cuando le venía en gana. No fue el único, pero mientras otros externaban tribulación, incredulidad y aturdimiento ante este hecho, él lo vio como algo natural, obvio y, también digámoslo, como algo discretamente divertido. Así, nos enseñó que el saber no era solo un deber, sino también un placer, reservado para esa gente en la que fuerza y ligereza, memoria y fantasía, trabajaban una dentro de la otra y no una contra la otra; gente con la valentía, la determinación y el desvarío de los exploradores. No se limitó a explicarlo, hizo una praxis de ello. Más que heredarnos una teoría, nos dejó una serie de ejemplos, de gestos, de comportamientos, de golpes, de movimientos. Era su manera de jugar. Una idea muy suya del mundo, si puedo usar esta frase.

Valga, para todos, el ejemplo de El nombre de la rosa. Acaso lo sobrevaloro, pero, como ya he tenido la oportunidad de decirlo en otro lado, yo pienso que es el libro que inauguró una nueva época de los libros, aquella en la que una novela no es tanto hija de un incesto entre consanguíneos, es decir, la heredera directa de una dinastía, la literaria, sino que es el espacio en el que narraciones, habilidad, tradiciones y saberes completamente diversos cohabitan juntos; una suerte de centro magnético capaz de colegir fragmentos de mundo exiliados de todas partes. De literario, El nombre de la rosa tenía el justo barniz, la atmósfera, el sabor de fondo; todo lo demás era una suerte de orgía de saberes y bellezas que habían ido a reunirse allí, por razones misteriosas. Podría ser una exquisitez de catedrático brillante, y muy de acuerdo. Además, es uno de esos libros que se colocan en la mesita de centro para quedar bien. Sin embargo, intuía un mundo que ya era nuevo, bajo la piel de ese viejo. Terminó en las casas de todo el planeta y todavía sigue allí, y no tiene ninguna intención de moverse.

Por lo tanto, habría que decir que hoy ese hombre nos deja un vacío enorme. Pero en este momento, más bien, quisiera reconocerle la grandeza de haber dejado una frontera enorme, una especie de épico West, en el que muchos, y ya desde hace tiempo, liberamos nuestras más modestas correrías. En un cierto sentido, todavía estamos allí, colonizando tierras de las que él, junto con otros pocos visionarios, había intuido su existencia. No parece una tarea próxima a su fin, por lo tanto, algo de ese hombre seguirá respirando en cada colina que sabremos atravesar y en toda tierra de la que sabremos obtener frutos. Será inevitable, y es justo. Un homenaje dilatadísimo que será delicioso reservarle.

La Repubblica, 21 de febrero de 2016.

Traducción de María Teresa Meneses