Reputación, reputación, reputación

Toscanadas
Laurence Fishburne y Kenneth Branagh en 'Otelo'
Laurence Fishburne y Kenneth Branagh en 'Otelo' (Especial)

En el Otelo de Shakespeare, hay una escena por demás dramática y decisiva. Luego de pasarse de copas, de herir a un compañero de armas y de ser degradado por su general, Cassio dice: “Reputation, reputation, reputation! O, I have lost My reputation! I have lost the immortal part of Myself, and what remains is bestial. My reputation, Iago, my reputation!

Es la tercera vez que echo mano de esta cita en las “Toscanadas”. La primera vez fue porque hablaba de los caprichos de los traductores, y mencioné que en la versión de Menéndez Pelayo aparece como: “¡He perdido la fama, el buen nombre, lo más espiritual y puro de mi ser, y solo me queda la parte brutal! ¡El buen nombre, el buen nombre, Yago!”.

La segunda ocasión fue reciente. Escribí sobre la repetición como recurso retórico para dar belleza, significado y dramatismo a un texto, y la comparé con la vana repetición como síntoma de un vacío verbal y una carencia de ideas.

Ahora vuelvo al acto 2 escena 3 de Otelo para pagar al contado con la cita de Cassio. No voy a hablar de la traducción ni de la repetición, sino simple y llanamente de la reputación. Y es que no se puede hoy día leer la prensa nacional sin encontrar a otro funcionario público que ha perdido su reputación, que ha perdido la parte inmortal de su ser y todo lo que le queda es bestial.

Sin duda los historiadores pasarán a llamar a este periodo como “El sexenio de la corrupción”.

Lo curioso es que hasta la rata más ratera se preocupa por granjearse un buen nombre, pero en vez de fomentarlo con nobles acciones y con una honesta aplicación del presupuesto, lo intenta hacer con balbuceos en la prensa, regaños televisivos, demandas a quienes le señalan sus corruptelas y, ya en el extremo del cinismo, diciendo “qué tanto es tantito” o bien, “así somos todos”. Pero si así somos todos, yo me pregunto por qué batallo para pagar la renta y no tengo un departamento en Miami; por qué ando en metro y no en Ferrari.

La gente en puestos de gobierno suele repetirse bíblicamente que “un político pobre es un pobre político” como si fuese una máxima. Y es que en ese mundo, Carlos Hank González ha pasado a ser una autoridad moral. Verdad es que la gran mayoría de los mexicanos se sentiría rica con el salario de un senador o diputado o gobernador o alcalde, pero ellos entienden la pobreza de otro modo.

Son tres textos que he dedicado a la frase de Shakespeare, pero son más los que he escrito sobre el tema de la corrupción. Y apenas son nada si los sumo a las miles y miles de columnas que se publican en periódicos, revistas y otros medios; así como a las voces que salen a la calle, a los millones de lectores perplejos e indignados, a los incontables tuits. Y todo para nada, ya que el problema va en aumento.

Mejor continúo con Otelo ahí donde lo dejó Cassio, pues prefiero la tragedia bien escrita del bardo inglés, que la bestial tragedia de mi país hecha con mala prosa y peor reputación.