Somos perdidos

Toscanadas
Carlos V
Carlos V (Tiziano)

Nunca me gustó el chocolate Carlos V. Lo vendían en la tienda de la escuela, a veces refrigerado, y me causaba harto desagrado que los compañeros lo chuparan en vez de morderlo. Comer una barra de chocolate en los calores regiomontanos era un acto de embarramiento. Entonces lo producía La Azteca; ahora pasó a manos de Nestlé, con lo que sin duda la fórmula perdió en cacao y ganó en azúcar y otros químicos.

Pero no quiero ocuparme de fórmulas sino de iconografías. Carlos fue quinto como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y primero como rey de España. Fue contemporáneo de Tiziano, quien le hizo al menos un par de retratos. En uno de ellos, Carlos aparece sentado, vestido de negro, con poco oropel, una boina en la cabeza y mucha dignidad. Este retrato fue la base para la etiqueta de la golosina que yo conocí.

Pero hace poco vi uno de los chocolates de marras y noté que ahora muestra a un reyezuelo cara de imbécil que parece malparido por Walt Disney. Esto me dejó pensando en lo mucho que se ha infantilizado el mundo desde mi infancia. ¿Pero qué se puede hacer cuando ya mi propia generación se dijo "traumada" por burradas como Bambi? Palabra favorita para los adultos que no gustan de leer: "La maestra de literatura me traumó", dicen, como si no estuvieran grandecitos para tomar las riendas de su propia vida.

Me basta escuchar "trauma" para saber que estoy delante de un zoquete inmaduro. Uno de esos adultos que ahora tienen permiso para culpar a otros de su estulticia, de admirar a los superhéroes que durante mi infancia divulgaba la Editorial Novaro y de coleccionar figuritas–casi–Barbies de La guerra de las galaxias y películas afines.

San Pablo dijo: "Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba y razonaba como niño. Pero cuando me hice hombre, dejé de lado las cosas de niño". Ahora es difícil distinguir entre las cosas de niño y las del adulto.

La propia religión se infantilizó. La teología católica se redujo a "Pórtate bien para ir al cielo". Todas las parábolas significan que hay que ser bueno. El estruendo de un órgano medieval se convirtió en un teclado Yamaha. El Mesías de Händel se rebajó a "Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre". Y en consecuencia la fe se limitó a los sacramentos.

Muchos artistas contemporáneos hallaron terreno fértil en esta puerilización. Ahora el más cotizado manda hacer los mismos juguetes inflables que se venden en la Alameda. El cómic alcanzó estatus de gran arte. Las ilustraciones para libros de cuentos clásicos como "Caperucita roja" o "Pulgarcito" son para matar el intelecto y nada tienen que ver con las que hizo Gustave Doré u otros ilustradores del pasado.

Los filósofos se convirtieron en personajes para profesores universitarios, y ahora se consideran sabios los patanes de la televisión que publican libros sin siquiera saber que no saben nada; y quienes los leen se creen iluminados.

Una noche de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo dijo: "Caballeros, somos perdidos; aquí no hay más recurso que ir a coger gachupines". El exceso de infantilización, superficialidad y banalización también nos está perdiendo. Ahora que un dibujo chambón resulta más atractivo que un Tiziano, debemos decir: "Caballeros, somos perdidos; aquí no hay más recurso que volver a los clásicos".