REPORTAJE | POR NANCY CORRO

Tesoros de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero

La Biblioteca de la Universidad Iberoamericana contiene un acervo de 240 mil volúmenes, de los cuales casi 100 mil son ejemplares históricos que van de principios del siglo XV a mediados del XX y contienen tesoros documentales. 

Biblioteca Francisco Xavier Clavijero.
Biblioteca Francisco Xavier Clavijero.

Ciudad de México

La Biblioteca de la Universidad Iberoamericana se formó con donaciones de libros que pertenecieron a antiguos jesuitas. Hoy, a sus 73 años, contiene un acervo de 240 mil volúmenes, de los cuales casi 100 mil son ejemplares históricos que van de principios del siglo XV a mediados del XX y contienen tesoros documentales. Esta riqueza en papel fue descubierta en las bodegas de la universidad en 1976, al mismo tiempo inició su catalogación, mantenimiento y exploración. El área de Acervos Históricos de este gran archivo se encuentra integrada por tres secciones: Libros Antiguos y Raros, Archivos Históricos y el Archivo Histórico de la Universidad Iberoamericana, que suman más de 100 mil volúmenes.

Una de las piezas emblemáticas de esta biblioteca es el acta de bautizo de Miguel Hidalgo, que presentó para ingresar al sacerdocio y que a la letra dice: “En la capilla de Cuitzeo, en los Naranjos, a los diez y seis días de mayo de los setecientos cincuenta y tres, el Bachiller, don Agustín de Salazar, cura, solemnemente bautizó y puso óleo, crismas y por nombre: Miguel Gregorio Antonio Ignacio a un infante de ocho días, hijo de don Cristóbal Hidalgo y Costilla y doña Ana María Gallaga, españoles cónyuges, vecinos de Corralejo”. El acta de bautizo forma parte de la Colección de Independencia, que tiene una sección dedicada a la vida personal de Miguel Hidalgo, y otra formada por impresos y manuscritos de los insurgentes y realistas.

En este acervo también se encuentra la Carta de relación de Hernán Cortes al emperador Carlos V, publicada en 1524 y que incluye el primer mapa de la Ciudad de México. A decir de la doctora Eugenia Ponce, académica del área de Acervos Históricos de esta biblioteca, “En México y en bibliotecas públicas solo se conocen dos ejemplares, con la diferencia de que el que resguarda la Ibero es el único que aún conserva el mapa de la Ciudad de México. Escrito en latín, es un libro impreso de 173 páginas, pero con el detalle de las capitulares iluminadas a mano. Hecho en papel de algodón de tamaño legal, es el primer mapa que se conoce de la Ciudad de México. Aquí están los asentamientos sobre la antigua Tenochtitlan y se aprecia el ordenamiento español de cuadrángulos y se identifican las cuatro calzadas. Es curioso notar que en el mapa se ven también Cuba, la Florida y España”.

 

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Un libro antiguo se puede valorar además de por su relevancia histórica o por su contenido, por la belleza de su hechura, que también da cuenta de la época que le tocó atestiguar. La maestra María de Jesús Díaz muestra con delicadeza el Libro de registro de nombramiento de priora, sacristana y secretaria del convento de San Bernardo, de la Ciudad de México, una bitácora iniciada en 1761 y cubierta de flores hechas con tintas naturales. “Es un registro —dice— en que para conmemorar el nombramiento de las religiosas se daba a Jesús, al esposo Jesús, porque cuando las religiosas tomaban los hábitos se casaban con él, ofrendas espirituales. El nombramiento se hacía cada dos años y todas las obras que ellas hacían, como comuniones, visitas al santísimo, misas, credos o novenas, se registraban. Este ejemplar, que es muy bello, tiene mucho arreglo y color. Sabemos quién iluminó algunas páginas pero otras no tienen firma. Es muy interesante porque el registro se interrumpe y revisando las fechas vemos que la interrupción de esta bitácora coincide con la Guerra de Reforma, la exclaustración y la venta de los bienes de la iglesia”.

El libro consta de 98 fojas. Inicia con el nombramiento de la priora, la sacristana y la secretaria que corresponde a 1761. Las primeras hojas consignan los nombramientos por elección y a continuación aparecen un soneto y el listado de obras espirituales. “Todo fue dibujado a mano con tinturas vegetales y minerales. Destaca la técnica porque aún en esos años, mediados del siglo XVIII, seguían utilizándose las técnicas prehispánicas”, dice la maestra Díaz, para luego leer la rúbrica de uno de los iluminadores que dejó su huella en este libro: “El escribano el maestro Antonio Gaspar de Buen Abat, que es el autor de esta escritura y esta decoración”.

 

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El cuidado que recibe este acervo es mayoritariamente preventivo. La temperatura se mantiene a 20 grados centígrados en promedio; la humedad está en 50 por ciento. Además, los libros reciben una fumigación anual y el restaurador revisa los documentos periódicamente para colocarles micas o guardas especiales según las necesidades. “Aunque se encuentra dentro de una institución privada, la Francisco Xavier Clavijero da servicio de biblioteca pública y cualquiera puede consultarla. Para la consulta de libros antiguos y raros hay más cuidado en vista de la edad de los documentos. E igual que cualquier otro acervo histórico, se pide una carta de presentación con el objetivo de la consulta y el compromiso de dar crédito a la institución”, detalla la maestra María Teresa Matabuena Peláez, directora de la biblioteca.

Uno de los acervos más populares entre estos anaqueles cargados de historia es el dedicado a Porfirio Díaz, que fue recibido en 1977 y está en proceso de digitalización, para evitar que  pueda resultar dañado debido a las consultas. “Nos donaron la colección Porfirio Díaz. Es nuestro archivo más emblemático por contener la correspondencia que recibió Porfirio Díaz. Consta de casi un millón de documentos, cubre todo su periodo como presidente y, aunque se maneja como su archivo personal, contiene las misivas que recibía y que, amparadas en el artículo 8 constitucional, le enviaban los habitantes de la República. Este casi millón de documentos refleja lo que sentían, lo que pensaban las personas y los problemas que padecían durante el porfiriato. Provienen de todo el país y algunos del extranjero, de todos los grupos sociales y de todas las edades”. La mayoría de estas cartas son solicitudes: “préstamos monetarios, becas, ascensos, trabajos, que fungiera como padrino de algún niño, expedición de patentes. Un aspecto interesante es que muchas incluyen un borrador de la respuesta de Díaz, lo que refleja el tipo de comunicación entre gobernador y gobernados”, detalla Matabuena Peláez.

El archivo de Díaz posee también una pequeña colección de fotos que no llega a las 500 piezas. La mayoría son retratos, material gráfico, telegramas, dibujos, planos, folletos que muchas veces completaban la correspondencia.

 

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Otro de los archivos más importantes es el de Alberto Salinas Carranza, primer jefe de aviación y fundador de la Aviación Militar en México. Es rico por la colección fotográfica que posee y porque a través de sus documentos es posible conocer los primeros vuelos en cielo mexicano. “La aviación en México nace como aviación militar. El primer vuelo data de 1910, y tanto Francisco I. Madero como Victoriano Huerta tuvieron interés por enviar pilotos a prepararse a Estados Unidos y a Francia”. La directora de la biblioteca de la Ibero cuenta que este archivo revela que “México tiene incluso patentes de aviones, pues hubo personas que inventaron sus propios modelos para bombardeo, vuelos nocturnos, con lo que se puede advertir una serie de avances de ingeniería y tecnología. También es interesante ver que en el primer vuelo aéreo de México a Pachuca, para el primer correo aéreo en 1917, el piloto se guiaba por la línea del tren, o que los aviones se armaban y se desarmaban para que fueran trasladados en ferrocarril hacia el lugar de donde iban a despegar. Hay que destacar que los pilotos hicieron un esfuerzo por adaptar los aviones que habían combatido en la Primera Guerra Mundial. Todo esto se documenta en el archivo de Alberto Salinas Carranza”, señala Matabuena Peláez.

El 35 por ciento del acervo aún espera su catalogación. En ese proceso, que no parece tener un fin cercano, es probable encontrar diamantes de papel que echen luz sobre el pasado, como la colección de casi 7 mil tarjetas postales que van de 1860 hasta 1950, y gracias a las cuales se han editado un par de libros y se organizó una exposición en el Museo Franz Mayer el año pasado.