Arquitecto a escala humana

[Opinión] 
Teodoro González de León
Teodoro González de León

Se le suele ver en galerías y museos, en inauguraciones con la misma curiosidad con la que hurga año con año en la feria de Arte Zona MACO; también con la misma vitalidad con la que se le ve pasear por la Condesa, su barrio. En el restaurante Arturo’s no solo tiene una mesa reservada, sino una placa en metal dorada que en letra negra y cursiva anuncia: “Mesa reservada para el arq. Teodoro González de León”. A sus 90 años (28 de mayo de 1926) aún quiere comerse el mundo a bocados, y lo demuestra al seguir construyendo. No por nada ha inspirado a las generaciones posteriores y colaborado, como en el proyecto Vuelta a la ciudad lacustre con Alberto Kalach. Sus inmuebles son parte del paisaje urbano, tal como lo acota el pintor Abel Quezada Rueda: “para quienes crecimos en el DF es imposible no estar ligado, consciente o inconscientemente, a su estética. Su arquitectura es parte de nuestro entorno y por lo tanto de nuestra memoria visual”.

¿Cómo luciría Polanco sin el nuevo Auditorio Nacional o el sur de la ciudad sin el Colegio de México, la Universidad Pedagógica, la matriz del Fondo de Cultura Económica (FCE), o el Centro Histórico sin el trabajo de restauración de las oficinas centrales de Banamex y del Colegio Nacional? Es difícil desvincular el concreto de la propuesta de su nombre, sin duda su sello. Si sumáramos los proyectos y construcciones públicas y privadas que ha realizado desde su época de estudiante, es casi imposible imaginar que Teodoro González de León tenga una vida antes de ser arquitecto.

Celebrar su 90 aniversario resulta un pretexto para revisitar su obra y valorar su aportación en el trazo de un DF que se perfilaría en las décadas de 1950 y 1960 como un modelo de modernización en América Latina. La capital en la que creció González de León sin Circuito Interior, con art noveau, sin ejes viales, un Paseo de la Reforma sin rascacielos que custodiaba colonias colindantes, como la Cuauhtémoc —donde nació— y el Centro Histórico, que literalmente era el corazón de la ciudad: ahí vivían inmigrantes, comerciaban judíos y árabes, y pululaban los universitarios como González de León que, como estudiante, observaba la arquitectura colonial integrarse a un discurso más moderno y dialogar con obra plástica, como los murarles de San Ildefonso, la preparatoria donde todo joven de aquella época deseaba estudiar.

Su trayectoria evidencia que nunca tuvo una duda vocacional. Aunque también pinta, en la arquitectura sintetizó sus búsquedas, las cuales apuntaban hacia la vanguardia. La visión de la Bauhaus, el funcionalismo y la idea de más es menos fueron determinantes en el anteproyecto que, junto con su compañero, Armando Franco, presentara en la convocatoria lanzada por la Escuela Nacional de Arquitectura para proyectar la futura Ciudad Universitaria. El trabajo de esta dupla enriqueció el programa presentado por sus profesores Enrique del Moral y Mario Pani, el cual —desde la perspectiva de las nuevas generaciones— perpetuaba cánones decimonónicos. Franco y González de León, inspirados en Le Corbusier, proponían una universidad moderna, del siglo XX; por fortuna, el entonces decano de la arquitectura mexicana, José Villagrán, entendió la actualidad de ese planteamiento urbanístico que hoy es Patrimonio de la Humanidad.

Durante esos años de construcción de Ciudad Universitaria, en pleno desarrollo estabilizador, cuando el DF empezó a transformarse en una urbe moderna, González de León tuvo que escoger entre unirse al equipo de Villagrán para diseñar la Escuela de Arquitectura y el Museo Universitario o aceptar una beca del gobierno de Francia. Se mudó a París en 1947, con el objetivo de trabajar con Le Corbusier, solo que antes tuvo que pasar por la Escuela de Bellas Artes y la Escuela de Trabajos Públicos, donde estudió concreto, para luego entrar, por fin, al Atelier de bâtisseurs donde, como él mismo lo recuerda, “se estaba haciendo la arquitectura moderna más audaz del siglo XX”. Esa es su escuela.

El artista Jan Hendrix define a González de León como “un hombre del Renacimiento” (entre los proyectos conjuntos destaca la Librería Rosario Castellanos del FCE, 2006). “No solo tiene mucha información, es un hombre que está estudiando todo el tiempo, tiene una capacidad de absorber y recordar todo, no necesita Internet para estar al día, es un hombre post computadora interesado en las artes visuales, en la música y en la poesía”. Esa inteligencia despierta admiración sobre todo entre sus amigos, como Quezada Rueda, quien se declara admirador “de su coherencia, disciplina, de su infinita curiosidad y análisis siempre claro y preciso. Es una fortuna contar con su amistad y, sobre todo, con su sabia opinión”. Si algo le han sobrado a Teodoro González de León son amigos de distintas generaciones y profesiones, como los escritores Ramón Xirau y Alejandro Rossi, el poeta Tomás Segovia o los hijos de sus amigos, como Abel Quezada, hijo del caricaturista.

Emérito de la Academia Nacional de Arquitectura de la Sociedad de Arquitectos Mexicanos (1978), miembro honorario del American Institute of Architects (1983), de la Academia de Arte de México (1984) y de El Colegio Nacional (1989), González de León es un intelectual en el sentido estricto y moderno de la palabra. Amigo de Octavio Paz, compañero de vida de su primo, el diplomático Antonio González de León; esposo de la poeta uruguaya Ulalume, con la que tuvo tres hijos (Berenice, Diego y Sofía); interlocutor del grupo Vuelta, ha sido un hombre fiel a su creatividad tanto como a su elegancia —es un dandy—. “Lo que más sorprende de la arquitectura de Teodoro es el balance que logra entre la proporción, el espacio y sus materiales”, asegura Quezada, “que le da a su trabajo un sello reconocible. Si tuviera que escoger una obra favorita sería el MUAC, que a cada visita ofrece una experiencia distinta y enriquecedora”.

Por su parte, Tatiana Bilbao afirma que “es un intelectual al que se debe escuchar; un hombre y un profesional que ha perseguido sus ideales. Es inspirador. Su capacidad para construir un discurso personal, para poner sus creencias en la arquitectura es su gran legado para mi generación”… y para todos.

Desde sus primeras obras, como el Conjunto Habitacional José Clemente Orozco en Guadalajara (1957), hasta las Torres Arcos I y II en Bosques de Las Lomas (2008) o el Centro Urbano Manacar (aún en construcción), queda asentada su preocupación por el terminado. Este cuidado es lo que más le impresionó a Hendrix y que ha caracterizado sus inmuebles, como la embajada de México en Berlín, que sorprendió más aún a los alemanes quienes, confiados en su tecnología, tuvieron que aceptar la lección de González de León: la mano humana todavía hace la diferencia, no solo en el cincelado sino al dibujar. Su gusto por el trazo a mano radica en la inmediatez y le ayuda a proyectar con mayor precisión esa proporción armónica que, como menciona Hendrix, “crea un espacio, un hueco, un vacío que te rodea e impacta”, como en el edificio Infonavit (1975).

Esa proporción también está en sus proyectos de vivienda social, “de los que poco se habla”, anota Tatiana Bilbao. “Su legado es increíble, con valores maravillosos que nos hablan de los ideales de los años sesenta. Me gusta mucho lo que hizo en Jalisco así como las Torres de Mixcoac, que siguen siendo ejemplos. Son trabajos que debemos repensar”.

A su regreso a México, en la década de 1950, aplicó esa “búsqueda paciente para encontrar algo” que le enseñara Le Corbusier. Uno de sus primeros proyectos fue con Armando Franco, su antiguo compañero, una casa prefabricada en Las Lomas, la cual fue demolida, y la Casa Catán (1953). En aquella época también trabajó con Carlos Lazo y para la Oficina de Bienes Nacionales. Con José del Río Álvarez y la Comisión de la Costa de Jalisco hizo la planeación de la zona de Barra de Navidad.

Paralelamente, empezó a experimentar el concreto, como en la Escuela de Derecho en Ciudad Victoria, de la Universidad de Tamaulipas, donde se enfrentó con la masividad del material; el siguiente problema a resolver fue la textura del concreto, pero esa búsqueda ya la realizó con Abraham Zabludovsky a mediados de la década de 1960. Uno de sus primeros proyectos en conjunto —que no se realizó— fue por invitación de Agustín Yáñez, entonces secretario de Educación, para trazar la Biblioteca Nacional. Luego vendrían obras como la Unidad Habitacional Vallejo–La Patera (1970), el Colegio de México (1976), el Museo Tamayo Arte Contemporáneo (1981) —el inmueble favorito de Bilbao “por la composición espacial y su escala”— y la remodelación del Auditorio Nacional (1991).

A sus 90 años, 70 los ha dedicado a la arquitectura. Tiene edificios en las ciudades más importantes de México y del mundo. ¿Cuál es su favorito? “No tengo uno. Me interesa el último, en el que estoy volcado”, dice. A muchos de esos inmuebles icónicos, como la Universidad Pedagógica Nacional y el Museo Tamayo, ha regresado. En 2012 hizo una ampliación del museo respetando el programa diseñado en colaboración con Zabludovsky. Además, se le suele ver paseando por ahí. “Viene regularmente”, comenta Rodolfo García, jefe de museografía del museo, “recorre las exposiciones, pero no es raro mirarlo contemplar en silencio los espacios. Lo que más me gusta del recinto es que no ha envejecido. Es muy noble. Aquí luce muy bien lo que le pongas: pintura, foto, escultura, video, instalación, y también se puede vestibularmuy bien”.

La aportación de Teodoro González de León a la cultura mexicana es visible. Basta caminar por la Ciudad de México y observar el Palacio de Justicia Federal (1993), al oriente, o el edificio Reforma 222 (2007), el Conservatorio Nacional de Música (1994) o en el interior del país redescubrir la unidad habitacional en Ciudad Sahagún (1962), el Deportivo Tlalli (1972), en Tlalnepantla, o el Parque Tomas Garrido en Villahermosa. Esta huella también está presente en el extranjero, en las embajadas de México en Brasilia (1972) y Berlín (2001) y en el diseño de la Sala Mexicana del Museo Británico (1994), en Londres, en la que trabajó con Miguel Cervantes, quien curó para el Tamayo la exposición Ensamblajes y excavaciones. La obra de Teodoro González de León, 1968–1996. "Era muy impactante verlos colaborar. Se notaba que se llevaban bien, pero nunca perdían de vista el profesionalismo", recuerda García. "La muestra se montó en las salas 6, 7, 8 y 9. Miguel Cervantes tenía todo el montaje detallado en dibujos y planos, y la realidad siempre supera al plano. Era increíble ver a Teodoro salir con una sonrisa. Recuerdo mucho las paredes en gris Oxford dramatizando la obra del arquitecto". Tanto su escultura como su pintura tienen base geométrica, como anota Quezada Rueda: "es un quehacer personal de exploración del espacio y la proporción que refleja sus preocupaciones más personales. La admiro por íntima y por suya".

Siempre está al día. No para, sigue creando, dibujando, pintando, nadando a diario y, sobre todo, disfrutando del buen vino y la buena mesa. Es un bon vivant que aún tiene mucho por hacer. A pesar de su extensa obra, Teodoro González de León tiene aún antojos creativos. Le gustaría hacer un teatro, pero sabe bien que los arquitectos no eligen sus obras; es la sociedad la que les da la oportunidad, la que los abraza y reconoce.