La Ciudad de México tiene futuro: Teodoro González de León

[Entrevista] 
El arquitecto Teodoro González de León
El arquitecto Teodoro González de León (Pascual Borzelli Iglesias)

El siguiente es un fragmento de una larga conversación con el arquitecto Teodoro González de León realizada en su estudio de la colonia Condesa, en la que habla de la ciudad donde nació hace 90 años (en una casa de la colonia Juárez en la esquina de Tíber y Paseo de la Reforma) y de la que lamenta su crecimiento desordenado, el incesante número de automóviles que saturan sus calles, la ineptitud de sus gobernantes. Dice que la de México es una ciudad intensa, con mucha vida, que requiere menos estacionamientos y un mejor transporte colectivo.

González de León es alto, erguido, tiene la voz delgada pero firme; en ocasiones completa sus frases con movimientos de las manos y sonríe cuando recuerda y cuando habla de lo bien que se siente a los 90 años. 

¿Qué es para usted la arquitectura?

Para mí esto no es un oficio, es una forma de vida. Definir la arquitectura es imposible, muchos teóricos lo han intentado, pero la única definición que funciona es la que hizo Le Corbusier: “Es el juego sabio y correcto de los volúmenes bajo el sol”. Dice todo lo que es, pero es un poema. 

Usted nació en la Ciudad de México en 1926. ¿Cómo la mira actualmente?

Ha cambiado mucho. Mi impresión es que su crecimiento urbano es impredecible, entre otras cosas, por falta de continuidad en los planes; las normas cambian de un gobierno a otro. Nueva York, por ejemplo, tiene un orden bárbaro. Primero, una retícula implacable: calles y avenidas, calles y, cada determinados metros, avenidas. Las normas de Nueva York son de 1840, aproximadamente. Es una disciplina fortísima la de Nueva York; la de París es igual. Son ciudades que están hechas a base de un molde. El trabajo privado solo es desordenado, hay que ponerle topes. 

¿Tiene futuro la Ciudad de México con el crecimiento desordenado y el aumento de automóviles?

Sí tiene futuro, porque es una ciudad muy intensa. Todo el mundo que llega por primera vez se asombra con su intensidad. Usted va al Centro y es increíble. Eso la mantiene viva, por supuesto. Pero hay que darle transporte colectivo, quitar la actual ley de estacionamientos, porque se hacen estacionamientos cada vez más grandes. El último edificio de Reforma (la Torre Bancomer) tiene lugar para cientos de automóviles (para 2 mil 813, exactamente). En Nueva York, la Torre Trump tiene lugar para 15, no les dejan tener más. Aquí no pasaría nada si se suprime la ley de estacionamientos: la gente le busca, sabe acomodarse, y el gobierno estaría apremiado para hacer inversiones fuertes en el transporte colectivo.

A López Obrador se le fue todo su sexenio y no hizo nada con el transporte colectivo, hizo los segundos pisos. Mancera tampoco ha hecho nada, cerró un tiempo la Línea 12 para fregar a Marcelo (Ebrard), la volvieron a abrir y no le hicieron nada. No ha hecho ni siquiera más Metrobuses, aunque anunció el de Reforma. Inventan obras estúpidas como el segundo piso en la Avenida Chapultepec, que afortunadamente se canceló —yo contribuí a que así fuera—, porque era un proyecto infame: a una avenida ancha como Chapultepec ponerle un bodoque en medio con un centro comercial privado, ¡qué horror! ¡Qué deformación de un jefe de Gobierno! 

Falta amor de los políticos por la ciudad…

Falta que sepan tratar a la ciudad, pues es un ente muy dinámico, cambiante. Están haciendo la Constitución de la Ciudad de México cuando lo que se necesita es una coordinación general con los estados y las municipalidades que rodean a la ciudad. Una coordinación referente a la basura, el agua, el transporte. El que haga eso, salva a la ciudad. Pero van a hacer su Constitución.

Usted está muy ligado a Ciudad Universitaria. ¿Qué piensa del edificio H de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales que bloquea la vista desde el Espacio Escultórico hacia los volcanes?

Fui a ver al rector dos semanas después de que tomó el cargo. Lo conozco porque me atendió una oftalmitis; es muy amable, muy inteligente. Platicamos sobre el edificio. “Yo todavía no lo veo, pero estoy preocupado porque sé que hay mucha gente molesta”, me dijo. “¿Qué haría usted?”, me preguntó. “Tirarlo”, respondí. “¿De verdad?” “Sí, está bloqueando la vista al oriente, es un bodoque insoportable en un espacio que es sagrado, es un espacio de arte, el mejor Land Art del mundo”. “¿Está usted seguro?” “Totalmente. No se puede compensar ni con espejos ni con árboles, igual tapan la vista”.

Le pedí que me permitiera subir al noveno piso de la Torre de Rectoría. Le pregunté si desde ahí se veía el edificio de Ciencias Políticas. “No, hombre, está muy lejos”, me dijo. Fuimos, levanté la cortina de una ventana, y ahí estaba el edificio, amenazador, solo, espantoso, ocultando el Espacio Escultórico. “Mírelo, rector, mírelo”, le indiqué. “Qué barbaridad”, exclamó.

Bueno, ojalá lo tiren, es lo único que puedo decir, que las autoridades universitarias reconozcan que metieron la pata, que invirtieron mal el dinero, y se acabó. Aunque comprendo que el rector tiene otras tareas, entre ellas sacar a los invasores del Auditorio Justo Sierra, un auditorio enorme, impresionante. 

Usted también es pintor y escultor. ¿Qué son para usted la pintura y la escultura?

Otra forma de vida. Mire usted: lectura, pintura, escultura y, sobre todo, arquitectura, ahí está toda mi biografía (risas). 

¿Cómo ve a la nueva generación de arquitectos mexicanos?

Hay una generación buena, educada. Hay muchos jóvenes con gran futuro. 

Con tantas cosas como ha hecho, ¿cómo le hace para no repetirse?

Intento no repetirme, y eso hace que me sea más difícil crear nuevos proyectos. Es también más difícil porque ahora me doy cuenta de más cosas, estoy consciente de más cosas. 

¿Cómo es un día normal para usted?

Me levanto a las 8. Hago 45 minutos de gimnasia y 45 de nado, no me los perdono. Desayuno entre las 10 y las 10:30 y me vengo para la oficina, y aquí estoy hasta las siete, ocho o nueve de la noche. 

¿Cómo se siente llegar a los 90 en tan excelente forma?

Me siento bien. Es bueno cumplirlos.